La falta de test y rastreos, las trabas para salir de la cuarentena

La cuarentena lleva 144 días y es la más larga del mundo. Fue exitosa en muchos sentidos: mantuvo el sistema médico sin saturar y le dio tiempo a ampliar su capacidad, contuvo el ritmo de los contagios y morigeró la mortalidad del virus al punto que hoy Argentina cuenta con menos de un cuarto de los muertos que tiene Chile por millón (106 vs 532) o Brasil (480).

No son logros para minimizar, pero la cuarentena no puede ser eterna y muestra signos de saturación relevantes: la economía va rumbo a perder el 12% de su PBI, la pobreza se disparó (con el consecuente deterioro para la salud de la población) y el costo psicológico de un encierro tan prologando es difícil de medir, pero evidente. Con un elemento que suma ansiedad: la ralentización de la curva estiro la llegada del famoso pico y ahora la Argentina vive con una curva ascendente de casos que parece no tener fin.

En algunos casos, el levantamiento del aislamiento social fue progresivo y dirigido; y, en otros, se da de facto y anárquicamente porque muchos no soportan más el encierro, la soledad o la desesperación de estar perdiendo su fuente de ingresos. Por eso, muchos países trabajaron fuertemente en una estrategia complementaria a la cuarentena, yendo activamente a buscar el virus y administrando los cierres para atenuar la curva de contagios sin pararlo todo. 

La cuarentena lleva 144 días y es la más larga del mundo. Fue exitosa en muchos sentidos: mantuvo el sistema médico sin saturar y le dio tiempo a ampliar su capacidad, contuvo el ritmo de los contagios y morigeró la mortalidad del virus al punto que hoy Argentina cuenta con menos de un cuarto de los muertos que tiene Chile por millón (106 vs 532) o Brasil (480).

No son logros para minimizar, pero la cuarentena no puede ser eterna y muestra signos de saturación relevantes: la economía va rumbo a perder el 12% de su PBI, la pobreza se disparó (con el consecuente deterioro para la salud de la población) y el costo psicológico de un encierro tan prologando es difícil de medir, pero evidente. Con un elemento que suma ansiedad: la ralentización de la curva estiro la llegada del famoso pico y ahora la Argentina vive con una curva ascendente de casos que parece no tener fin.

Acaso por la cuarentena más larga del mundo, la ralentización de la curva estiró la llegada del pico y ahora la Argentina convive con una curva ascendente de casos que parece no tener fin.

En algunos casos, el levantamiento del aislamiento social fue progresivo y dirigido; y, en otros, se da de facto y anárquicamente porque muchos no soportan más el encierro, la soledad o la desesperación de estar perdiendo su fuente de ingresos. Por eso, muchos países trabajaron fuertemente en una estrategia complementaria a la cuarentena, yendo activamente a buscar el virus y administrando los cierres para atenuar la curva de contagios sin pararlo todo. 

Los resultados son mixtos. Algunos países como Alemania lo hicieron desde el comienzo con bastante éxito y otros lo hicieron más a los tumbos como Chile, pero ambos consiguieron llegar al pico de contagios y entrar en la mitad descendente de la curva, al punto que este martes el nuevo ministro de Salud, Enrique País, pareció tomarse revancha de las filminas que Alberto Fernández utilizó, poniendo a Chile como mal ejemplo de manejo de la pandemia. "Otros países, que tanto nos critican, no hacen ni la mitad de los exámenes que hacemos nosotros. ¿Y que han dicho hoy? Que van a dar a conocer los fallecidos recién en un año mas", sostuvo el ministro, apoyándose en una nota de La Nación.

Alemania, por ejemplo, llegó a 5933 casos en un día en 27 de marzo y desde entonces ha ido decreciendo. Actualmente ronda los 880 casos diarios, un 160% más que hace un mes, pero sostenidamente lejos del pico de fines de marzo y comienzos de abril. Así pasó de los 284 muertos diarios a fines de abril a los fallecidos por día en promedio actual. Y actualmente con 111 fallecidos por millón.

En cambio en Argentina, el pico de la pandemia parece no llegar más. Pasamos de los 3193 casos en promedio un mes atrás a los 6732 casos diarios. Esto indica por un lado que la duplicación de casos requiere más de un mes, lo que es una excelente noticia, pero a la vez señala que los casos siguen subiendo y que las condiciones estadísticas para la reapertura no se condicen con la paciencia ni con la capacidad económica del país.

Los últimos datos de la consultora Synopsis revelan que el 58,5% de la población abriría la cuarentena de estar en los zapatos del presidente y que desde comienzos de mayo a la gente le preocupa más la economía que el virus.

Como estrategia, la cuarentena es defensiva. Consiste en esperar a que los casos positivos se manifiesten y los contagiados sintomáticos se acerquen al sistema de salud mientras se espera que la tasa de contagiosidad caiga lo suficiente como para permitirle al resto de la población salir de sus casas. La alternativa ofensiva consiste en ir a buscar los casos activamente, los sintomáticos y los asintomáticos. El objetivo es individualizar y aislar a estos casos, mientras el resto puede seguir haciendo su vida con normalidad, la nueva normalidad.

El planteo del ex ministro de Salud, Adolfo Rubinstein, acerca del ya no enamoramiento sino "empantanamiento" del Gobierno con la cuarentena da cuenta de este problema. Y la ausencia de varios indicadores estadísticos que podrían contrastar esta opinión no están disponibles al público, como el R0 de cada provincia para saber si es necesario volver a cerrar (incluso entre los que han abierto "de prepo"), ni los datos de letalidad y de positividad, para conocer si los testeos son suficientes.

Por ejemplo, en último boletín estadístico de la provincia de Buenos Aires había aumentado hasta el 51% la tasa de positividad en la última semana de julio, es decir más de la mitad de las pruebas diagnósticas realizadas había dado positivo, es decir algo más que 45% del promedio nacional a esa fecha (y que actualmente ya ascendió al 50,4%). Para la Organización Mundial de la Salud (OMS), esta tasa no debería superar el 13%, que sea más alto quiere decir que se está testeando poco y muchos casos positivos no son registrados por las estadísticas públicas.

Desde el Gobierno consideran que se está testeando lo suficiente. Para ahorrar tests, optó por dar por hecho que un conviviente con un caso positivo es positivo ante el primer síntoma sin hacerle el debido PCR. De esta forma, se ahorran reactivos para otros casos sospechosos. Por el contrario, el programa DetectAr que se puso en marcha en las villas de la Ciudad de Buenos Aires y luego en otros barrios consiste en dejar de esperar que los casos lleguen al sistema de salud y salir a buscarlos activamente, incluso si esto se traduce en un aumento de los casos en las estadísticas, tal y como sucedió en la Ciudad a mediados de julio.

Así se armó la primera grieta entre testear más o testear mejor. En la tierra de las falsas dicotomías, testear más y a la vez mejor parece ser una opción que pasa desapercibida. Incluso si es la estrategia que predomina en los países que ya pasaron el pico y trabajan por evitar un segundo repunte.

En Córdoba, con 2,6% de tasa de positividad  están dentro del rango de testeos recomendados y en Santa Fe, con el 9,3% también. Si en estas provincias la positividad es notoriamente inferior al promedio nacional (50,4%) es porque en otras la falta de tests es acuciante y con enormes contrastes entre provincias vecinas: mientras en Tucumán es del 2%, en Jujuy en los últimos días se acercó al 38,9%. En la Ciudad de Buenos Aires, que muestra testeos activos, de todos modos la tasa de positividad de la última semana rondaba el 42%, lo que también es indicativo de que faltan más tests según los parámetros de la OMS. Al menos cuadruplicarlos. 

Fuente: lapolíticaonline

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