Meritocracia o jibarización

Los jíbaros son un pueblo primitivo del Amazonas, del cual sólo quedan hoy algunos cientos de sobrevivientes. También se los llamó “cazadores de cabezas” porque tenían la costumbre de cortar las cabezas de sus vencidos, reduciéndolas después al tamaño de un puño y fabricando con ellas collares que exhibían como prueba de fiereza. El propósito de la reducción de las cabezas no era destruir al espíritu sino esclavizarlo; ellos creían que el espíritu continuaba viviendo dentro de la cabeza, pero al reducirlas trabajaban en beneficio del vencedor. Negar la importancia del esfuerzo para merecer el mérito y lograr que los mejores, la vapuleada meritocracia, nos gobiernen y ocupen las funciones más importantes de nuestra república es conducir a los argentinos a la jibarización, a achicar nuestras cabezas, nuestro entendimiento y a empobrecer a la sociedad toda. Todo es igual! Nada es mejor! Lo mismo un burro que un gran profesor!
Todos tenemos conciencia de que la educación argentina está en crisis, que estamos sitiados por la pobreza y el debilitamiento de los vínculos, que no se puede cumplir hoy a duras penas con la misión de transmitir valores y conocimiento, que se vive en medio de muchas familias en crisis, que vivimos bombardeados por experiencias mediáticas empobrecedoras. Desde Aristóteles se sabe que la demagogia es una tentación de la democracia porque, así como los cortesanos que adulaban al rey aspiraban a alimentar a veces con éxito sus peores instintos, también se ha visto hasta el cansancio la corrosiva actuación de políticos demagógicos que adulan, con las peores intenciones, al pueblo.


La sociedad actual en su inmensa mayoría se presenta como frívola, acomodaticia y ramplona, adocenada, instalada en el servilismo y en la contracultura, abotargada y hedonista, egoísta y preocupada sólo por el bienestar material, de ser insensible al dolor, de los miles de muertos por el tráfico, por el terrorismo o por la enfermedad. De insensibilidad ante el sufrimiento ajeno, apenas mitigado por la falsa caridad, transformándola en ocupación a veces lucrativa de las ONG, o de la Seguridad Social, o de la Ley de Dependencia, de Violencia de Género, hay corrupción en el nivel más alto jamás alcanzado, y donde los corruptos son modelos a seguir por el resto de los que no tienen oportunidad de serlo.
Somos presa del famoseo, donde por lo general los famosos objetos del deseo brillan de forma especial por sus defectos y por la incapacidad de esforzarse lo más mínimo, salvo para pavonearse como pavos reales.
Hay crispación de ping-pong diario y permanente entre el Gobierno y la oposición, sin llegar jamás a ningún lado, a la vez que de profunda escisión entre izquierdas y derechas.
Se miente en el día a día, no se respeta el medio ambiente, la ciencia o la cultura, y poco se valora ningún esfuerzo que no suponga dinero.
 Carpe diem! Tenemos miedo de arriesgar en la aventura de la vida. Nadie quiere ser empresario, todos funcionarios. Honor y reconocimiento, son hoy palabras vacías. ¿El mérito no significa nada para las nuevas generaciones? El mérito se adquiere en la educación, que desgraciadamente, ley tras ley, ha ido de fracaso en fracaso, perdiéndose el respeto no ya a los maestros y profesores, sino a la propia cultura y a la ciencia. Parece que nadie necesita aprender si una máquina como el ordenador y algún que otro buscador, nos resuelve el problema inmediato. Es cierto que Internet nos ha llevado a una sociedad de la información en un mundo globalizado de tales magnitudes que resulta a veces incomprensible, pero siempre conviene poseer un adecuado entrenamiento para poder establecer una crítica. Ante la globalización, la única solución es la revolución del ciudadano, individuo, frente a lo social, para poder sentirse libre en un mundo urbano, lleno de millones de seres. Debe, pues, buscar en sí mismo la razón de su existir como ser único e irrepetible, libre de elegir. Pero para ello, el conjunto de los ciudadanos debe volver a regenerar en toda la sociedad el mérito y el valor de la ciencia, la cultura y la civilización, que nuestros mayores nos legaron, y para ello hay que luchar, que denunciar. Es hora de proclamar con voz firme la importancia de los valores y del mérito para la sociedad del futuro.
 
 

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