Era la libertad,  estúpido

Hay conceptos tan insondables que si uno los piensa sabe qué son, pero si le preguntan no saben cómo expresar una respuesta. Eso es la libertad, una fibra consustanciada y definitoria de la civilización occidental. Y eso es también el liberalismo, como su expresión cabal en el pensamiento filosófico, que puede resumirse como tolerancia y es mucho más que oferta y demanda.

Su desarrollo histórico es largo, aunque modernamente tiene dos manifestaciones: el ordoliberalismo alemán, que sintetizó una recreación del Estado (luego del nazismo) a partir del estado de derecho: "Tanta competencia como sea posible, y planificación en la medida justa y necesaria" (Karl Schiller). La otra vertiente es el neoliberalismo americano, que pone al individuo y a la empresa en el centro del tejido social. De allí nacen las malas derivaciones y los hijos y entenados. El orden jurídico argentino es liberal, por definición constitucional. Experiencias para el olvido abundan, con un foco estrictamente económico, que dieron lugar a críticas acerbas y falsas dicotomías entre libertad individual y voluntad general. En definitiva, achicamiento de la libertad y espaciamiento del radio de acción estatal.

La pandemia justificó, desde la emergencia, un avance inusitado y novedoso contra la libertad individual: desde el trabajo hasta la educación. A cambio del encierro absurdo se ofreció un pase de magia: la dádiva milagrosa (i.e. emisión monetaria) del Estado. Es notable cómo algunos se siguen cuestionando el resultado de las elecciones primarias y hasta sostienen que otro es posible.

Para ser claros, lo que se suprimió es la libertad más nuclear. A todos, pero en especial a los más necesitados. Si se presta atención, los esquemas populistas históricamente funcionaron repartiendo (incluso lo imposible) pero siempre dejando intacta una opción: elegir entre trabajar o cobrar un plan. El accionar del gobierno eliminó esta vez ese núcleo más íntimo, cambió con torpeza los términos del contrato: pagó por resignar todas las opciones, hasta las más elementales y con ello la potencia del ser y su dignidad. Esto, y no las estadísticas mentirosas de arúspices del siglo XXI, es lo que explica lo que pasó, con énfasis entre los jóvenes y los más pobres.

Lo más extraño del asunto es la reacción gubernamental, luego del espectáculo de su interna esquizoide. Cuando ya queda tan solo tierra arrasada, cuando se asfixió la economía, cuando transcurrió un año sin educación para nuestros hijos, cuando nos aislamos del mundo, se insiste con el repetido truco de más papelitos de colores, costo que pagaremos (en no mucho tiempo) absolutamente todos. Problema bien planteado, problema resuelto. Lo contrario es garantía de fracaso, y del más rotundo.

Pero hay esperanza, el sueño del hombre despierto. Que nuestra sociedad haya puesto en cuestión el paradigma populista es el único avance de los últimos tiempos. Caer en la cuenta, tomar conciencia de que no es asunto de varitas mágicas ni ábrete sésamos, sino de trabajo y esfuerzo, resguardando el más preciado de los bienes que tiene una persona: la libertad.

 

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