Viktor Frankl cuenta que en los campos de concentración en los que sobrevivió tres años, entre 1942 y 1945, observó y experimentó en carne propia pequeños gestos, a veces azarosos, que le daban la oportunidad de continuar con vida. Gestos sencillos que sumados a la convicción que toda vida esconde un sentido, lo salvaron del horror.

Cambiar un cigarrillo ganado por tarea extra, por una porción de pan. La mirada de alguien que te sugiere la fila derecha a la izquierda. Una charla casual con quien fuera compañero de duras tareas. La sencilla invitación a ver un cielo estrellado. Girar la mirada sobre el hombro señalando el crepúsculo, reconocer esa belleza con los pies helados, hundidos en el barro.

Pequeños gestos de locura y arrebato dentro de un régimen fatídico, sin alma. Un pequeño acto que podría haber costado la vida, pero que, a causa de tal valentía y arrojo, permitía vivir un día más en el encierro con la ilusión de ser libres en algún momento.

Actos que pensados fuera de ese contexto no tienen la fuerza y la decisión que les imprime la fatalidad, actuar como bisagra entre la vida y la muerte.

"Me atrevería a afirmar que, aun en las peores condiciones, nada en el mundo ayuda a sobrevivir como la conciencia de que la vida esconde un sentido". *

María Eugenia llevaba 23 años cautiva de su pareja cuando una noche una prima de él le llevó de regalo al hombre, como respuesta de invitación a una cena familiar, el libro "Gente tóxica", de Bernardo Stamateas. Dijo María Eugenia en el juicio que Oscar Racco le respondió a su prima: "¿Cómo me vas a traer un libro si yo no leo?", y se lo quiso devolver, la invitada insistió en dejarlo, redoblando la sugerencia de lectura. El libro terminó en manos de María Eugenia, Lucía como la llamaba Racco, para que no se supiera su verdadero nombre, privándola así también de su identidad.

La lectura del libro fue una pieza más del rompecabezas que la mujer, víctima de violencia física y psíquica a la que fue sometida más de veinte años, estaba armando cuidadosamente desde hacía tiempo, para dar con algunas respuestas y volver a hacerse algunas preguntas.

Así fue que comenzó a gestar una nueva fuga.

Una vez todo preparado, cuando digo todo preparado me refiero a su D.N.I. escondido debajo de la plantilla de la zapatilla y 640 pesos, aguardó el momento, el descuido, el gesto fuera de lo normal, la oportunidad que permite una acción. Un día, mientras ambos barrían la vereda una descompostura del hombre lo hizo correr de inmediato al interior de su casa, dejando sin llave la puerta de salida. Oportunidad que la mujer aprovechó para huir.

A su huida siguió un derrotero de actos, miedos, acciones, dolores y celebraciones. Que tiempo después culminaron con el juicio y condena de su pareja.

Esto no pasó en 1945, esto no pasó en otro país. Sucedió entre 1996 y 2019 en un barrio de clase media de la ciudad de Rosario (Santa Fe). En una casa rodeada de vecinos, que sí como en esos años cuarenta, asolados por el miedo y la amenaza, pasaron por alto muchas cosas. Pero como en aquellos años, también en medio de la fatalidad, alguien entre el azar y la osadía propició un gesto que revivió en la víctima sus deseos de libertad, tocó en algún punto una fibra intima en el verdadero sentido de su vida.

A veces las "grandes hazañas" requieren de pequeños actos de arrojo, osadía y azar para ser posibilidad y acción.

"(...) esa libertad interior, que nadie puede arrebatar, confiere a la vida intención y sentido". *

* "El hombre en busca de sentido" de Viktor Frankl

 

 

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