Ciencia, movilidad social y educación

Si bien el premio más importante de la Asociación Química Argentina es el "Premio Dr. J.J.J.Kyle" el Día del Químico conmemora la aprobación de la tesis doctoral del primer graduado en Química de Argentina, el doctor Enrique Herrero Ducloux que, nacido en Navarra y nacionalizado argentino, cursó escuela en Santa Fe y universidad en la Facultad de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales de la UBA y defendió su tesis el 26 de noviembre de 1901, de allí la efemérides.

El Premio Kyle debe su origen al mismísimo Herrero Ducloux a quien, al momento de su jubilación, la Asociación Química anunció un banquete para celebrar su vida y sus logros, oferta que rechazó y sugirió que ese dinero se destinara a instituir un premio en honor del escocés J.J.J. Kyle, su antiguo profesor que había consolidado la formación de futuros químicos en el país, sugerencia que fue aceptada.

Español el uno, escocés el otro, ambos inmigrantes y expertos en sacrificios (nunca suficientes) en pos de educación y progreso social, el espíritu de su época tal vez pueda reflejarse en "M'hijo el dotor", obra donde los conflictos expuestos -por virulentos y reales que fueran- no logran ni disimular ni opacar el, quizá, mejor legado de la Generación del 80 en Argentina: la movilidad social basada en el mérito con ancla en la educación como garantía de una vida mejor y la expectativa de progreso ilimitado que la ignorancia se encargó de sepultar, sin remediar los problemas pendientes que habían surgido o quedado pero erradicando el futuro igualando para abajo, promoviendo el demérito, la fuga de talentos y cancelando la esperanza. Destruir a la clase media, en definitiva.

El poder de la educación merece reconocimiento universal. Cuando Isócrates languidecía ante las convulsiones de su Atenas natal en una Grecia asediada por los persas y débil ante ellos por las disputas entre las ciudades - estado, él resolvió entrar a la vida pública para devolverle la grandeza a Atenas "con el elemento privilegiado de la educación" a través de la cultura e intentando unir a los griegos para enfrentar al enemigo común. Lo hizo a través de la difusión de escritos y la discusión de ideas, labor que "hoy se conocería como la promoción de intercambio de opiniones creando entonces la esfera pública. Lo que hizo Isócrates para sacar de la postración a su ciudad fue evidenciar el contraste entre la democracia grande de Solón y Clístenes y la parodia de democracia que tenía ante sus ojos". La Libertad en general y la libertad de expresión en particular le deben mucho a Isócrates y a los ingleses que lo rescataron y lo pusieron en valor muchos siglos después.

La Educación argentina debe inclinarse ante las grandes conquistas (ferrocarriles, telégrafos, museos) y agradecer la lucha titánica que libró Domingo Faustino Sarmiento desde sus diversos cargos, pese a su temperamento volcánico y sus incorrecciones políticas. Para Sarmiento, la escuela pública era artífice del futuro de un pueblo: "hombre, pueblo, nación, estado, todo: todo está en los humildes bancos de la escuela". Y agregaba "en la postergada escuela rural, con su infraestructura humilde pero digna, allí también está la Patria".

¿Quién no coincidiría con él si la barbarie de la que hablaba pudiese superar la incorrección del prejuicio y acabase siendo la ausencia de ley, el caudillismo irreverente, el feudalismo tiránico, el pisoteo de los derechos, la inacción de los funcionarios, la intolerancia de los sectarios y la reducción del ciudadano a la bajeza del clientelismo político?

Producto de esa orgullosa y respetada por todo el mundo educación pública argentina de la primera mitad del S. XX fue Luis Federico Leloir, médico, bioquímico y farmacéutico que recibió el Premio Nobel de Química en 1970. Leloir (además de inventar la salsa golf que nunca patentó y lamentaba no haberlo hecho solo porque habría destinado esos ingresos a la investigación) se graduó en Argentina, trabajó en Inglaterra y en EEUU y regresó al país para trabajar con su mentor, amigo, director de tesis y también Premio Nobel el Dr. Bernardo Houssay, quien le propuso ser director del Instituto de Investigaciones Bioquímicas Fundación Campomar. Aceptó, lo dirigió durante 40 años y, pese a la precariedad de recursos, el desinterés por la investigación y la falta de financiamiento, allí realizó las investigaciones que le valieron el Nobel por "aclarar cómo se metabolizan los azúcares en el organismo y el mecanismo de biosíntesis del glucógeno y del almidón, polisacáridos de reserva energética de los mamíferos y plantas" (los científicos entenderán) donando más de una vez parte de sus premios al Instituto que dirigía para no detener y sostener la investigación científica.

Austero, discreto, de costumbres espartanas, educado en la sobriedad, políglota y de una conversación exquisita, era un verdadero aristócrata, lo que es un verdadero elogio si se respeta la etimología y dejan de hacerse pasar por aristócratas quienes realmente no lo son y, al menos por una vez, el resentimiento y la impostación son dejados de lado.

Porque la aristocracia era el gobierno de los mejores, y se oponía a la monarquía que era el "gobierno de uno"; esto vale tanto para "El Estado soy yo" como para la firma de DNU a diestra y siniestra, con la complicidad de quienes deberían denunciar y frenar los atropellos y, en su lugar, se hacen los desentendidos. Pero también se oponía a la oligarquía que es el gobierno de pocos: de allí tantos "baradeles" tomando escuelas de rehén, hipotecando el futuro de los niños, o "moyanos" cortando rutas y sitiando empresas que conspiran contra los propios empleados sin que nadie asegure el derecho a la educación o el derecho a circular y a trabajar. ­Y esa es la clave de su gobierno! Y de la misma manera se oponía a la demagogia, que era la tiranía de la mayoría más allá de sus legítimas facultades, contradiciendo la naturaleza de la educación que, para Sarmiento, era lo que permitía a un hombre ser libre. Nada más. Nada menos.

 

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