América Latina,  extremo Occidente

En vísperas de cumplirse el trigésimo aniversario del Tratado de Asunción, que puso en funcionamiento el Mercosur el bloque regional enfrenta el desafío de un replanteo profundo, cuyo resultado influirá decisivamente en la conformación política de América Latina y la inserción de la región en el nuevo escenario mundial.

En 1987 el historiador francés Alain Rouquié su publicó su libro "América Latina: Extremo Occidente". Hasta el descubrimiento de América, ese término era usado para caracterizar a la Península Ibérica, o sea a España y Portugal. Pero cuando Colón, que pretendía llegar a las Indias, "chocó" con América, ese acontecimiento amplió los límites de Occidente y modificó el curso de la historia mundial.

Para Rouquié, América Latina es una "realidad cultural" cuya especificidad no suele ser tenida en cuenta por la intelectualidad europea. Esa precisión tiene relevancia para analizar el posicionamiento de la región en el nuevo contexto mundial. Rouquié explica que América Latina puede ser concebida como "el Tercer Mundo de Occidente" o el "Occidente del Tercer Mundo".

La proyección política de esa identidad cultural latinoamericana está en el centro de la concepción geopolítica de Alberto Methol Ferré, un intelectual uruguayo reconocido como uno de los principales inspiradores de la visión latinoamericanista del Papa Francisco, quien en 2006 presentó en Buenos Aires su último libro, titulado precisamente "América Latina en el siglo XXI".

En la interpretación de Methol Ferré, América Latina es Iberoamérica y tiene dos vertientes fundacionales: la tradición portuguesa, encarnada por Brasil, que logró conservar su unidad, y la vertiente hispánica, víctima de un proceso de balcanización que derivó en su fragmentación política.

 

Para Methol, América Latina está compuesta por dos realidades: América del Sur, cuyo epicentro es el vínculo entre Brasil y la Argentina, y México y Centroamérica, con economías integradas con Estados Unidos. En su criterio, el punto de partida de la integración regional reside en América del Sur, lugar de intersección entre la América portuguesa y la América hispana.

Methol subraya también que "América del Sur es la zona más decisiva de América Latina. Sin Brasil no habría América Latina, solo Hispanoamérica". Destaca que, en términos prácticos, "la única frontera histórica de Brasil con Hispanoamérica es la Cuenca del Plata. Este es el sitio de encuentro y conflicto de medio milenio entre "lo luso mestizo" y "lo hispano mestizo". Solo allí está el mayor poder hispanomericano de América del Sur, la Argentina. Así, la única frontera verdaderamente bifronte, en rigor la primera gran frontera latinoamericana, es la de Brasil y la Argentina".

Sobre esa base, Methol exalta el significado del Mercosur que a su juicio "es la vía necesaria para el estado continental nuclear de América Latina", en una era histórica signada por la aparición de grandes espacios continentales (o "países continentes"), principalmente Estados Unidos, China, la Unión Europea, India y Rusia.

Guzmán Carriquiry, otro antiguo amigo de Francisco y actual embajador de Uruguay en la Santa Sede, autor del libro "La apuesta por América Latina", también presentado en Buenos Aires por Bergoglio, ensayó en enero de 2020 una actualización de la perspectiva de Methol Ferré.

Según Carriquiry, "lamentablemente, el Mercosur proyecto histórico fundamental desde una alianza brasileña argentina y chilena, único eje de conjugación y atracción y propulsión a nivel sudamericano, se ha ido empantanando". Advirtió que el bloque regional "tendrá que saber conjugar bien con la Alianza del Pacífico, que ha emprendido un camino de integración que habrá que seguir con atención".

El desafío de la convergencia

La Alianza del Pacífico, motorizada en 2012 con la explosión de crecimiento del mundo asiático, nuclea a las economías más abiertas de la región. Sus cuatro socios fundadores, México, Colombia, Perú y Chile, tienen acuerdos de libre comercio con Estados Unidos. Chile y Perú celebraron también tratados bilaterales de libre comercio con China. En ese sentido, hay un abierto contraste entre la Alianza del Pacífico y el Mercosur mucho más cerrado comercialmente. Esa cuestión motiva la demanda de apertura del bloque sudamericano planteada por sus dos socios menores, Uruguay y Paraguay, que reivindican un "regionalismo abierto".

La reducción del arancel externo común y el avance en las negociaciones con terceros países son los temas centrales de la agenda de esa reformulación del Mercosur. En esa reconfiguración, el bloque requiere asumir una dimensión política, fundamentalmente en materia de un sistema integrado de defensa y seguridad, bioceánica, lo que exige profundizar la asociación estratégica con Chile, y agroalimentaria, por las características comunes de su aparato productivo.

La convergencia entre el Mercosur y la Alianza del Pacífico constituye el camino posible de la unidad latinoamericana. Esa confluencia puede permitir que México, sin afectar sus vínculos con Estados Unidos, adquiera un mayor protagonismo en la construcción política de la región.

América Latina necesita intervenir con una voz propia en la reconfiguración del sistema de poder mundial, cuyo eje es la nueva bipolaridad entre Estados Unidos y China.

Pero, a diferencia de lo que sucedía entre Estados Unidos y la Unión Soviética en la Guerra Fría, ninguna de estas dos superpotencias lidera un bloque de países enfrentado a otro. No hay alineamientos automáticos sino entrecruzamiento de intereses. La inserción de cada país en ese escenario global estará determinada por los vínculos que sea capaz de establecer, pragmática y simultáneamente, con Estados Unidos y con China. La realidad de América del Sur exige armonizar una asociación comercial con China con una intensa cooperación con Estados Unidos en materia de seguridad hemisférica, de inversiones y de relación con la comunidad financiera internacional. Por su parte, México y América Central tienden a compatibilizar su creciente intercambio comercial con China con su integración en la economía norteamericana.
 Pero ser “Extremo Occidente” supone ser Occidente. América Latina es parte inseparable del sistema político y jurídico interamericano, que está vertebrado en torno a instituciones multilaterales como la Organización de Estados Americanos y el Banco Interamericano de Desarrollo, así como a tratados internacionales como la Carta Democrática de la OEA.
En la década del 60, en el momento de la irrupción del Movimiento de Países No Alineados, solía decirse que el “tercerismo “ de la China de Mao Zedong consistía en estar igualmente lejos de Estados Unidos y de la Unión Soviética, mientras que el “tercerismo” de la Yugoeslavia del mariscal Tito buscaba situarse igualmente cerca de ambas superpotencias. Frente a esta nueva bipolaridad entre Estados Unidos y China, podría decirse que el mundo entero tiende hoy a recrear aquella estrategia de Tito.
Brasil, México y la Argentina integran el G-20, que constituye la plataforma de gobernabilidad del sistema global. Sólo la confluencia entre el Mercosur y la Alianza del Pacífico puede otorgar a América Latina, esa “realidad cultural” del Extremo Occidente, la fortaleza necesaria para participar en el debate planteado sobre la estructura de poder y el sistema de valores de esta nueva sociedad mundial que emerge a ritmo acelerado a escala planetaria.

* Vicepresidente del Instituto de Planeamiento Estratégico
 

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