A contramano del mundo y de la historia

La pandemia del COVID-19 y sus mutaciones evidenció aún más la crisis educativa que padecemos.

La decadencia de la educación pública en la Argentina es notoria y no hay muchas diferencias a favor con respecto a la educación privada. El nivel de conocimientos ha disminuido y está desvalorizado el estudio, el conocimiento y el esfuerzo, los egresos del sistema educativo en todos los niveles es escaso y pobre en calidad y competencias.

Cada vez hay mayores exigencias de capacitación para encontrar empleo calificado debido a la sobreabundancia de la oferta de profesionales no muy capacitados; para acceder a un buen empleo es necesario conseguir maestrías o doctorados de universidades extranjeras y dominar dos idiomas especialmente el buen inglés.

La identidad cultural nativa va mostrando un color pálido y nostálgico. La educación es una "conditio sine qua non" para el desarrollo del país.

Barranca abajo

La calidad educativa de Argentina cayó en la última década; estamos entre los últimos países del mundo, de modo que la situación es preocupante. Hay 50% de personas bajo la línea de pobreza, más de 5% en indigencia -es decir, sin alimentación suficiente-, millones de compatriotas con viviendas y hábitats muy precarios, en muchos casos sin cloacas, y un 4% hasta sin agua potable.

El aumento de la inclusión social en la educación básica es insuficiente, la graduación es baja, la calidad de lo aprendido es insatisfactoria y hemos perdido posiciones aun respecto de muchos países latinoamericanos. Las universidades estatales carecen del brillo de otrora y muestran más inclusión pero baja graduación.

En las privadas, las calidades son muy diversas y su aporte a la investigación es pobre, sobre todo en ciencias duras. Invertimos muy poco en I+D: 0,6% del PIB, contra el 1,2% de Brasil o el 4% de Corea.

El retraso o la decadencia en la educación de Argentina obligan a que el tema permanezca en debate. La Argentina reformó su ley de educación, el Gobierno aumentó el presupuesto, vinculó la asignación universal por hijos a la concurrencia a la escuela y la visita y el contralor periódico en la salud pública sin embargo se produjo un retroceso en la calidad educativa.

Déficit de relevancia

En nuestro país la educación tiene actualmente falta de relevancia social. Se ha perdido la confianza que la sociedad argentina tuvo en el pasado en la educación como factor de movilidad social; hoy se ve a la escuela como algo que está fuera de las expectativas. Es decir, se va a la escuela porque hay que ir, pero no se confía en la importancia de la educación para el progreso de las vidas de cada uno y del conjunto del país, más allá de lo que se diga en los discursos.

Educarse es una tarea compleja, que requiere esfuerzo y trabajo por parte de los chicos, esfuerzo personal que tiene que ser apoyado por los padres y guiado por los maestros.

Se ve a la educación como un trámite, como un proceso de socialización en el que se quiere que los chicos la pasen bien, que estén divertidos, entretenidos, que es el valor esencial de esta época. Que estén cuidados en una especie de guardería ilustrada, que cada vez es más guardería y menos ilustrada.

Un bien estratégico

Un país que no tenga su población educada tiene un futuro malo. Hoy la educación es claramente un factor esencial pero la preocupación no es sólo por el país sino por las personas. Los países que tienen mejores niveles educativos son los que tienen niveles más altos de desarrollo, así que no cabe duda de que hay una relación estrecha entre nivel de educación, nivel de desarrollo y calidad de vida.

Hoy, en la Argentina, hay miles de jóvenes que no estudian, no trabajan, no hacen nada.

Las naciones que lideran el crecimiento económico procuran aumentar el ingreso de jóvenes en la universidad, pero no contemplan bajar el nivel de exigencias académicas.

Por el contrario, apuntan a incrementar la matrícula universitaria a partir de un proceso de mejora de la calidad de la enseñanza secundaria, lo que permite establecer rigurosos criterios para ingresar en la universidad. De esa forma habrá más estudiantes universitarios, lo cual es positivo, pero es crucial asegurar que su incorporación a la universidad los encuentre bien preparados, ya que cantidad sin calidad no es auspiciosa.

El tiempo perdido durante la escuela secundaria cuando se estudia poco difícilmente se puede recuperar después en la universidad. El examen de ingreso a la universidad es una exigente valla por superar, que impulsa a estudiar durante todo el ciclo secundario para ingresar así bien preparado al nivel universitario. Es decir que, justamente, es el estudiante el más beneficiado.

No se entiende esta vocación legislativa (el Congreso sanciona leyes que "garantizan" el ingreso irrestricto a la universidad) de ir a contramano de la tendencia universal que busca darles una mejor preparación a los adolescentes sobre todo cuando sabemos que vivirán en un mundo difícil, cada vez más globalizado y competitivo.

Hay que centrar el objetivo de orientar mejor las elecciones de los estudiantes hacia las carreras que el país necesita e identificar áreas clave de desarrollo local junto con los gobiernos provinciales y las universidades. Cuando un joven elige una carrera universitaria lo hace por diversos motivos: interés, motivación o vocación, conocimiento de la oferta formativa y su potencial relevancia en el mercado laboral. El Estado debe orientar áreas prioritarias por región para fomentar el desarrollo.

Es necesario reorientar las elecciones de los jóvenes aunque éste es un trabajo de largo plazo, ordenar la oferta de carreras, establecer mecanismos de articulación regional, detectar necesidades de la población, atender a los problemas y demandas locales, definir objetivos económicos para cada región, crear empleo e inserción laboral para los graduados, mejorar los sistemas de becas, estimular la movilidad docente y estudiantil, y articular el sistema de ciencia y tecnología.

La transformación de los sistemas educativos es posible, pero se necesitan tiempo, paciencia, determinación, paquetes de leyes educativas y suficiente presión social para impedir que las reformas educativas se diluyan; hay que introducir evaluaciones obligatorias a los maestros y profesores y reducir el poder de los hasta ahora todopoderosos sindicatos docentes. Pese a las violentas protestas por parte de sindicatos docentes radicalizados habrá que establecer que tanto los nuevos maestros y profesores como los que están en funciones deberán someterse a un examen nacional de evaluación.

Debe haber una creciente presión popular para que se mejore la calidad educativa. La gente deberá ser cada vez más consciente de que, en la economía global de hoy, la educación es lo que hace que los países produzcan bienes más sofisticados y sean más prósperos. 

La vigencia de Sarmiento es indudable; cuando este luchador escribió en el siglo XIX que “por cada escuela que se abre se cierra una cárcel”. Y también: “Un padre pobre no puede ser responsable de la educación de sus hijos, pero la sociedad en masa tiene interés vital en asegurarse de que todos los individuos que han de venir con el tiempo a formar la nación hayan recibido en su infancia la educación necesaria y estén preparados para desempeñar las funciones sociales a las que serán llamados. El poder, la riqueza y la fuerza de una nación dependen de la capacidad industrial, moral e intelectual de los individuos que la componen. Y la educación pública no debe tener otro fin que el de aumentar estas fuerzas”.

Todavía cuenta entre nosotros la promesa centenaria de progreso social por medio de la educación, la movilidad social ascendente.

Si nos resignamos a la sociología de la posmodernidad del hedonismo, la declinación del deber y la licuación de certezas y costumbres, banalización y modelaje de nuevas subjetividades, la decadencia será irrefrenable.

 

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