Viejas postales

Abro mi libro de recetas, entre sus páginas hay papeles sueltos con más recetas, indicaciones, recortes de diarios.

No encuentro lo que busco. Cierro el recetario. Pienso donde la pude haber guardado; no es cualquier receta, es esa que solo hacemos para fin de año. ¿Dónde? ¿Dónde está? ¿Acaso la escribí alguna vez? La duda me asalta con cierta seguridad. No, nunca la pasé al papel.

Con mi brazo en alto intento acomodar el libro en los anaqueles más altos de la biblioteca, donde mi pequeña hija aún no llega; en ese momento suena el timbre, me sobresalto, suelto el libro que mientras cae libera los papeles sueltos entre sus hojas. A pesar del caos, atiendo con rapidez. Es el cartero, me entrega un sobre del banco. El intercambio es sencillo pero premonitorio. Como si el timbre, la caída del libro, los papeles sueltos estuvieran enlazados a la frase de su despedida: solo lo bancos mandan cartas últimamente. Cierro la puerta y regreso de la mano de esa secuencia: el timbre, mi mano soltando el libro, el libro cayendo, los papeles desordenados, yo saliendo apurada, el cartero, su frase, yo cerrando la puerta, los papeles en el suelo y entre los papeles ¿postales?

Dos postales viejas, viejas en serio, de esas que tienen fotos en sepia o blanco y negro y se les pintaban en colores las flores, las bocas a las mujeres y las corbatas a los hombres. Son de mi abuela, pero ¿Cómo llega ron hasta el recetario?

Me siento en el piso, las tomo en mis manos, las veo de frente y de reverso, sonrío. Me alegra encontrar ese recuerdo. Son tres postales enviadas para estas fiestas pero entre 1927 y 1932. Saludos de fin de año que la madre de mi madre recibió de sus hermanas.

 

¿Cuándo dejamos de saludar con tanta anticipación? Los días necesarios para que una carta cruzara la provincia, atravesara el océano.

El mismo teléfono que nos trajo inmediatez, nos quitó el tiempo de preparación y espera. Los teléfonos inteligentes que nos ofrecen enviar y reenviar la misma tarjeta de fin de año a uno y otro grupo para seguir diciendo, desde navidad hasta pasado el 31: felicidades; nos privaron del tiempo dedicado a escribir una postal exclusiva para un destinatario.

¿Dónde quedó ese delicado tiempo invertido en ir hasta la librería, elegir la postal, el sobre, los papeles perfumados de las cartas? Para enviar con anticipación un mensaje, pensado y escrito para alguien. ­Qué hicimos con ese tiempo! Nos debería estar sobrando ­y siempre nos falta!

Ese tiempo especial que me sorprende esta mañana entre el ajetreo del almuerzo y la búsqueda sin éxito de una receta que nunca me ocupé en pasar al papel. Un tiempo entre las corridas de fin de año, un tiempo que es un momento en una secuencia indudablemente inalterable: el timbre, mi mano soltando el libro, el libro cayendo, los papeles desordenados, yo saliendo apurada, el cartero, su frase, yo cerrando la puerta, los papeles en el suelo y entre los papeles postales, las postales con un mensaje: que el año 1932 los ilumine con rayos de felicidad. Entonces busco mi teléfono, llamo a mi hermana ¿Me pasás la receta del vitel toné, ese que se hace en casa? ¿No te la pasé el año pasado? Si, pasámela de nuevo y la anoto. Busco lápiz y papel -no es papel perfumado-. Dictame. Escribo. Nos saludamos. Y solo ahí veo en el reverso de mi nueva receta un dibujo de mi hija, lo completo con una frase "que el sol del 2021 te ilumine siempre con rayos de felicidad". La guardo en el libro de recetas junto a las postales y los papeles sueltos; quizás algún día en una secuencia inalterable, el libro caiga, los papeles se desordenen y entre los papeles un mensaje de mamá.

 

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