Capitalistas y aventureros

La economía "política". Durante muchos años, la economía se denominaba economía "política", hasta que Alfred Marshall, probablemente el economista más completo e influyente hasta Keynes, pasó a llamarla simplemente "economics", o sea, economía, que es como actualmente se denomina.

El adjetivo "política", contrariamente a lo que podría creerse, no se aplica porque el uso de esta frase (vale decir, economía política en vez de economía) hiciera referencia a que la Economía "política" tiene proyecciones hacia la política en tanto la economía a secas sería más neutral.

En realidad, ambas son sinónimos y por ahorro de palabras se impuso la actual "economía", toda vez que el adjetivo "política" hacía referencia a la "polis", o sea, a la ciudad y no a la política en el sentido popular del término.

En el capitalismo

Como es ampliamente sabido, la economía del capitalismo se basa en la búsqueda de óptimos por parte de los sujetos de una economía, de modo que los empresarios procuran hacer máximos sus beneficios (claramente, no se esforzarían porque sean mínimos), los consumidores hacer máxima la satisfacción que les otorga el consumo (con la misma reflexión de que nadie se conforma con menos) y los trabajadores se esfuerzan por equilibrar su tiempo libre con el que les exige trabajar para obtener su salario.

En las primeras etapas del capitalismo, los trabajadores no estaban organizados para lograr altos salarios, si bien el que conseguían era evidentemente lo suficientemente atractivo para desplazarlos desde las áreas rurales hacia las ciudades.

Simétricamente, los empresarios, aún obteniendo buenos beneficios gracias a que los salarios eran relativamente reducidos, procuraban no obstante capturar nuevos mercados más allá de las fronteras de sus economías ante la gran productividad que le otorgaban los adelantos tecnológicos (inicialmente, el vapor en los telares y luego en los ferrocarriles y los buques de ultramar).

Se inició así la conquista de mercados adicionales incorporando a otras economías, en algunos casos de manera voluntaria y complementaria (como la Argentina) y, en otros, bajo el esquema colonial.

Mientras Gran Bretaña fue la economía dominante ("Britain rules the waves", Gran Bretaña domina los mares) este esquema no fue especialmente conflictivo, ya que, aun con obvias reglas que favorecían a la metrópoli, las colonias consiguieron importantes progresos económicos e institucionales, como lo reconocía el propio Marx en el caso de la India.

Sin embargo, en tanto otras potencias, como Francia y Alemania principalmente, lograban equipararse tecnológicamente, necesitaban también nuevos mercados (colonias), y la disputa por ellas se transformó en guerras, algunas focalizadas (la Guerra de los Boers, por ejemplo) y otras abiertas y globales, como la Gran Guerra 1914-

1918 e incluso la propia Segunda Guerra Mundial, entre 1939 y 1945.

Claramente, los vencedores de esta última guerra no podían ignorar las causas que la habían provocado, y con mucho acierto advirtieron que debía procurarse un nuevo orden económico mundial, el cual se cristalizó en los acuerdos de Bretton Woods (una ciudad de Estados Unidos) en 1944, con nuevos instrumentos de carácter internacional (principalmente, el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial), los que, como se dijo desde estas líneas, lograron reconfigurar el esquema basado en la existencia de colonias, transformándolas en nuevas naciones independientes en forma bastante pacífica en general, si bien hubo excepciones, como el caso de Argelia, el Congo y Vietnam, principal aunque no únicamente.

El nuevo orden, sin duda muy imperfecto y con algunas dificultades que, entre otras, tienen que ver con nuevos desafíos como la creciente brecha de desigualdad y las cuestiones ambientales (si bien la lista es más extensa claramente), consiguió el fin de las guerras gigantescas, como las dos guerras mundiales del siglo XX y el florecimiento de nuevas economías muy vigorosas especialmente en Asia, lo que seguramente no es poco.

Adicionalmente, la economía de mercado demostró ser categóricamente más sólida que cualquiera de los experimentos alternativos ensayados, especialmente los de inspiración marxista, con lo que, ya bien entrado el siglo XXI, la economía de mercado domina la casi totalidad de las economías del planeta.

Economía "política" y populismo

Marx, tal vez por no haber tenido el tiempo suficiente, o bien, por los oportunos silencios de los profetas, no dijo nada sobre cómo habría de ser la Economía "política" del socialismo, con lo que los gobernantes del primer experimento de socialismo "real" en la antigua Unión Soviética debieron improvisar las "leyes" del socialismo, las que duraron relativamente poco tiempo (además de que nunca funcionaron bien) en la propia Unión Soviética que colapsó política y económicamente junto a sus satélites de Europa del Este, a la vez que el otro experimento, el de China, duró unos años menos, si bien en términos políticos se mantiene hasta hora y, en ambos casos, con un saldo de varias decenas de millones de muertos por purgas y otros asesinatos varios.

Sin embargo, las ideas de "izquierda" se mantienen en la actualidad de la mano de algunos engendros "socialistas".

 Así ocurre en Cuba, Nicaragua y Venezuela, cuyos regímenes rechazan la economía de mercado y se desenvuelven (muy mal) por andariveles propios.
¿En qué se basan las economías populistas? Claramente, no disponen de ningún libreto o principio rector, del tipo de la búsqueda de óptimos que caracteriza a las economías de mercado, simplemente porque, a diferencia de las economías de socialismo “real” que contaban con sus propios diseños (aunque claramente equivocados), las economías populistas no tienen ningún rumbo, como no sea una colección variopinta de relatos en los que no creen ni sus dirigentes, pero en cambio sí cuentan con poderosos mecanismos de represión para mantenerse en el poder. Obviamente, si las economías de mercado cosechan algunos problemas, las economías populistas “solo” consiguen resultados desastrosos, traducidos en inflaciones siderales, aumentos de la pobreza, estancamiento económico y desempleo (cualquier parecido con la Argentina es pura coincidencia, por supuesto). 
Sin duda, hablar de economía populista es peor que insistir con lo de economía “política” porque estas economías son inexistentes en términos de sus fundamentos, lo que impide cualquier tipo de diseño de política económica, y es por demás obvio que los reclamos que se le hagan a la economía de mercado son infinitamente más fáciles de corregir que los inexistentes, o peor, calamitosos resultados que el populismo proclame, con eslóganes refritados sobre las tortuosidades del “imperio”, el “neoliberalismo” y otros “monstruos” que podrían incluir a los hombres (y mujeres) lobo, los zombis y similares.
Por último, queda por analizar otra economía que ejerció un poderoso impacto en el siglo XX, que es la economía “política” del fascismo, la cual tuvo, además, una importante proyección sobre la Argentina, con efectos que se prolongan hasta la actualidad, habiendo mutado el experimento fascista en el populismo que impera endémicamente en nuestro país. De esto nos ocuparemos en una próxima nota.

 * Eduardo Antonelli es autor de varios trabajos académicos. Fue docente e investigador de la UNSa y diputado provincial (mc) UCR.

 

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