El cerebro está de moda

En las últimas décadas, las neurociencias han tenido una expansión considerable a partir del desarrollo de las nuevas tecnologías de imágenes que, desde la perspectiva científica, generaron la posibilidad de ver el cerebro en acción.
La investigación sobre el cerebro a partir de estas tecnologías habilitó la progresiva identificación de las bases neuronales de una diversidad de estados mentales, conductas y comportamientos sociales. En este contexto, la emergencia de discursos y prácticas centradas en el cerebro excedió la esfera científica para convertirse en un fenómeno cultural de amplia magnitud que se evidencia, entre otros aspectos, en la creciente presencia de las neurociencias en los medios de comunicación y en la proliferación de disciplinas que, bajo la impronta de lo “neuro” (neuromarketing, neuroteología, neuroeducación, entre otras), construyen sus abordajes profesionales con mayor o menor intensidad. La difusión de los discursos científicos sobre el cerebro se inscribe en el fenómeno del crecimiento de la popularización de la ciencia en general. El cerebro está de moda y las neurociencias son convincentes. Cualquier cosa que uno diga suena más seria y creíble si se la adorna con lenguaje neurológico y si se añaden un par de imágenes del cerebro ya suena a verdad revelada. 
El siglo XXI está lleno de neurocomunicadores que difunden programas de entrenamiento para usar más y mejor un mayor porcentaje del cerebro, mejorar la autoestima. Se puede reconocer la existencia de un neuroboom y se observan las consecuencias problemáticas de esta moda con indeterminación de límites claros construyendo un espacio confuso. La definición de neurociencias admite sentidos múltiples e indefinidos. El científico define a las neurociencias como una rama del conocimiento que responde a preguntas ancestrales. En ambos casos, la concepción valorativa de la definición de las neurociencias colabora en dotar a las mismas de un carácter ambiguo y enigmático. Se piensa a las neurociencias como una manera de comprender a los otros y a uno mismo. De hacernos entender. De comunicarnos. Desde esta perspectiva, la neurociencia es una herramienta más en esta búsqueda ancestral de la humanidad de expresar acaso de manera rudimentaria los tintes, colores y matices de lo que sentimos y lo que pensamos, para que sea comprensible para los otros y, cómo no, para nosotros mismos. ” (Sigman, 2015). La neurociencia atraviesa todas las áreas fundamentalmente a la filosofía, al entendernos, al darnos respuestas de qué somos. Qué nos diferencia de una computadora, qué nos diferencia de un animal, qué nos diferencia de nosotros mismos. Entonces desde ese lado responde preguntas que son ancestrales. Diferentes versiones de las neurociencias cumplen o no con los criterios de legitimidad, en este acto de clasificar son los mismos científicos que logran imponerse como poseedores no sólo del capital simbólico de nombrar, ordenar y juzgar los productos del neuroboom, sino también como aquellos que están por fuera de esos criterios y no pueden ser juzgados. El arco del llamado pensamiento positivo se ha centrado en el desarrollo de las emociones como la felicidad, la alegría o el amor, el optimismo, la creatividad, la gratitud o la resiliencia. Más tardíamente tiene un antecedente en la denominada “psicología humanista” de Abraham Maslow y Carl Rogers.
En nuestras cabezas tenemos una muy poderosa computadora, no muy rápida en comparación con los estándares convencionales de hardware, pero capaz de representar la estructura de nuestro mundo mediante varios tipos de vínculos asociativos dentro de una vasta red de varios tipos de ideas. La propagación de la activación en la máquina asociativa es automática, pero nosotros tenemos cierta capacidad para controlar la búsqueda.
Algo que ocupe espacio en la memoria operativa reduce la capacidad de pensar. Pensamos también con el cuerpo, no solo con el cerebro. La creatividad es memoria asociativa que trabaja excepcionalmente bien.
La inteligencia no es solo la capacidad de razonar; es también la capacidad de encontrar material relevante en la memoria y enfocar la atención cuando se necesita. Hay que evitar el pecado de la pereza intelectual estando más alerta, intelectualmente más activos, menos dispuestos a quedarse satisfechos con respuestas superficialmente sugerentes, y ser más escépticos con las intuiciones.
Los individuos que siguen acríticamente sus intuiciones sobre opciones son también proclives a aceptar cualquier tipo de sugerencias. Son particularmente impulsivos e impacientes.
El estado de ánimo afecta de modo evidente a las operaciones del pensamiento: cuando estamos incómodos o tristes, perdemos la sintonía con nuestra intuición. Estos hallazgos refuerzan nuestro convencimiento, cada vez mayor, de que el buen humor, la intuición, la creatividad, la credulidad y la confianza favorecen el aprendizaje. En el polo opuesto, la tristeza, la cautela, el recelo, el proceder de forma analítica y el esfuerzo aumentado impiden el aprendizaje.
La gente se forma opiniones y hace elecciones que expresan directamente sus sentimientos y su tendencia básica a buscar o evitar algo, a menudo sin saber que lo hacen. Las evaluaciones emocionales de hechos, los estados somáticos y las tendencias a la búsqueda y a la evitación asociados a ellos desempeñan un papel capital como guías de las decisiones.
La perspectiva actual de las funciones del cerebro se explican por dos sistemas que modelan cómo pensamos. El sistema 1 es rápido, intuitivo y emocional, mientras que el sistema 2 es más lento, deliberativo y lógico. 
 

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