Mate, frutas, tomate, cebolla y fe en Dios, la receta de Fabiana para no morir en las yungas

La joven estudiante de Geología de la UNSa Fabiana Cari hizo su primer racconto de una singular experiencia: estar perdida en las yungas de la quebrada de San Lorenzo durante más de 48 horas y soportar la lluvia, el frío y la oscuridad absoluta durante dos noches consecutivas hasta que, en la tarde del martes, dos rescatistas la ubicaron luchando en las aguas bravas del cauce encajonado del río Castellanos. 
Una vivencia que, dijo, la hizo reflexionar y llorar de miedo y desesperación dos noches enteras, abrigando la esperanza de salir con vida de la oscuridad de la selva.
Fabiana relató lo que pasó desde el momento mismo que se vio desorientada, extraviada y sin luz, en medio de la exuberante y húmeda vegetación. 

¿Cuándo caíste en cuenta que estabas perdida y sola?

En verdad, mis recuerdos más firmes los tengo desde el momento en que estaba descendiendo, buscando hallar a mis compañeros. De pronto me resbalo y caigo con todo el peso del cuerpo sobre mi cola, un golpe durísimo. Serían ya las seis de la tarde del domingo. 
No pude levantarme. Me arrastré hasta hallar un árbol para ponerme de pie. Había caído al fondo de una pendiente. Allí ya no se podía ver nada. Golpeada, me di cuenta de mi absoluta vulnerabilidad y de que ya no podía regresar a la senda, así que intenté caminar un trecho pero ya no veía nada.

¿Pensaste lo peor? 

Sí, pasaron varios minutos, media hora... no sé. Estaba shockeada. Sentí que no me había fracturado y decidí quedarme allí. A esa hora saqué mi celular e intenté llamar al 911, en vano.
Estaba mojada, sentía mucho frío. Grité, grité... Me cansé de gritar. Nada ni nadie. Lloré. Miraba la hora en mi celular y ya a las 21 me quedaba solo el 5 por ciento de batería. 
Abrí mi mochila e hice el inventario: cuatro bananas, una manzana, yerba, azúcar, unas galletitas, un termo con agua tibia y una bolsita con 4 tomates y 2 cebollas.
Ahí caí en cuenta de que tenía un pantalón de mi compañero y un rompeviento.

¿Qué pensaste? 

En minutos me llegaron cientos de pensamientos, mis amigos, mi familia, mi madre y lloré, lloré y lloré. Después, más racional, comencé a ver la dimensión del problema: la noche.
Así logré armar un asiento de roca al lado de un pequeño arroyito. Me cambié la ropa mojada por la de mi compañero seca y decidí hacer noche.
Comí dos bananas y armé el mate. Tomé con azúcar y me comí la mitad de las galletitas. Me sentí mejor. Traté de dormir. Mi celular solo marcaba la hora. A la madrugada se apagó. Me sentí más sola aún. 
Pensaba en los cuentos de animales, de zorros, de pumas, de insectos... No quería y no podía dormir, el miedo era todo y me decía a cada instante “no deseperes, ya viene la mañana y encontraré la salida”. 
Y la mañana llegó. A las 6.30 comenzaron los cantos de las aves, y los sonidos propios de la selva. Estaba oscuro y frío. Armé un poco de mate frío y comí galletas. Guardé las bananas y la manzana para el almuerzo y ahí pensé en hacerme una ensalada criollita con cebolla, tomate y sal, pero no lo hice.
Comencé a bajar por ese arroyito interminablemente hasta agotarme.

¿No veías la salida aún?

No. Era un lecho con una pendiente bárbara, resbalosa. Tuve que buscar un palo firme para poder caminar, tenía miedo de entrar en la espesura de la selva oscura y me mantenía sobre el curso de agua, estaba mojada de pies a cabeza. Temblaba y en parte lloraba.
Mi concentración era no caer, no golpearme. Mi temor a la vez era encontrarme con algún animal. No pensaba en nada más que descender, tenía fe en que ese curso de agua me llevaría a alguna casita o rancho.

¿Todo el lunes caminaste? 

Sí, me detuve en varios tramos a descansar, a tratar de secar mi ropa, Era imposible.
Ahí me comí las otras dos bananas y algún mate frío y dulce con agua del arroyo.
Así llegué a un río, violento y correntoso. Me asusté. Era difícil vadearlo y caminar por su lecho, muy peligroso. No quería entrar a la selva.

Y te llegó al noche de nuevo. 

Fue lo peor que me pasó. Caminé tanto, me golpeé, estaba mojada, sin fuerzas, acalambrada y otra vez me vi frente a la noche, esta vez a orillas del río, cuyo torrente produce un ruido tan fuerte que no escuchás nada más que la bravura del agua.
No sé si grité, si lloraba o si pedía ayuda.
Lo que sí recuerdo es que en varios tramos de esa interminable caminata a la orilla del agua y rodeada de cerros, en un pasaje estrecho del río, sentía voces que me llamaban.
Sentía que alguien gritaba mi nombre. Sentía la palabra Fabiana de manera interminable haciendo eco y cuando me detenía para escuchar de dónde provenía, solo el bramido del agua contra las piedras podía escuchar.
Esas voces me persiguieron día y noche. Me alentaron.
El lunes se me hizo noche. Antes de que se perdiera la luz encontré un asiento al costado del río, un hueco de piedra frío y húmedo, pero protegido.
Ya dispuesta a una noche más, saqué las cebollas y el tomate y un limocito escondido en esa bolsa. En un tupper me hice una ensalada criollita, con mucha cebolla, regadas con mi llanto desesperado porque no paraba de llorar al ver que me caía la noche, pero esta vez estaba mojada, mojada por dentro y mojada por fuera.
Comí todo, dejé solo la manzana y creo que un tomate para la mañana. 
Allí comenzó la segunda noche, fría e interminable. Los recuerdos, mi madre, mis hermanos, mis amigos...Tantas cosas pasan por tu mente... “Si me están buscando, ¿qué le dijeron a mi mamá? Mis compañeros de la UNSa estarán enterados. ¿Quién me estará buscando? ¿Vendrán por aquí?”. Fueron horas luchando para no perder la calma.
Ahí me comí todo el resto. A las ocho del martes, otra vez a bajar por el lecho del río.
Tiré un tronco para vadearlo porque estaba muy encajonado. Tardé media hora en cruzarlo porque lo hice arrastrándome. Estaba temblando, ya no caminaba bien, me costaba mantener el equilibrio. Salió el sol y mejoró mi ánimo. 
El ruido del río era ensordecerdor y ahí vi que, por sobre la selva que me cubría, pasó un helicóptero. Me quedé pensando y volvió la fe a mí, aunque sabía que no me habían visto. Me decidí a salir de allí y luché contra esos remolinos de agua, contra el frío y contra mi propia demolición psicológica y volví a escuchar voces...

¿Vos viste a los rescatistas o ellos a vos?

Ellos me vieron a mí. Yo solo sentía voces y no podía verlos hasta que sentí el silbato. Estaban lejos, pero uno de ellos se lanzó hacia donde estaba yo. Me quedé esperando, temblando y llorando de alegría. Llegaron el Tano Isola y Ernesto. No sé qué hice ni dije. Se quitaron sus prendas y me abrigaron. Luego llegaron más y más chicos y supe que había uno herido. Lo demás fue un regreso de alegría, esperando el abrazo de mi madre, jugar con mi perrita “Perla”. Deseaba acostarme y dormir y, al llegar, me encontré con la sonrisa de todos y hasta con la del gobernador. Primero le agradecí a Dios, hoy a todos, pero a todos. 
 

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