“Tras la Revolución de Mayo se sabía que el imperio ya no estaba, pero no cómo sería el futuro” 

La historia nacional, como narración, suele estar muy presente entre los argentinos. Sin embargo, cuesta mucho imaginar las guerras de la independencia y los intentos de institucionalización que se llevaron a cabo desde entonces.
La creación de instituciones, que se van sucediendo desde 1810, la búsqueda de un gobierno común y la aspiración a convertir en Estado las Provincias Unidas en el territorio que había sido el Virreinato del Río de la Plata, fueron fracasando y entre 1820 y 1952 fue necesario esperar un gobierno nacional. Es el tiempo de los caudillos provinciales.
“Las definiciones territoriales e institucionales demoraron mucho, pero la creación de la idea y el sentimiento de Nación requirió un proceso más complejo. Pasó mucho tiempo antes de que los salteños, cordobeses y de cualquier región se identificaran como argentinos”, explica el historiador Luis Alberto Romero.
Graduado en la Universidad de Buenos Aires, ocupa un lugar muy destacado la vida académica del país. 
 Romero es hijo y heredero de otro historiador de enorme prestigio, José Luis Romero. Se ha desempeñado como docente e investigador en las principales universidades del país, de Latinoamérica y en España, Francia y Estados Unidos. 
Los sueños y el heroísmo de aquel 25 de mayo de 1810 y de las guerras de la independencia, y el entusiasmo que trasuntan los recuerdos de 1910, cuando el país exportaba alimentos y traía operarios de todo el mundo, ¿cómo se vinculan con la sensación de frustración que atraviesa hoy a nuestro país? ¿Vivimos un período de descomposición? Ese fue el tema de la entrevista de Luis Alberto Romero con El Tribuno.

     - Estamos en épocas de bicentenarios. 1910 quedó asociado con una celebración llena de satisfacción (al menos entre las elites). 1916, con el primer presidente elegido por el voto universal. ¿Vivimos una época de pesimismo y decepción?
-    Tengo esa misma sensación, pero no con referencia a la historia, sino a la Argentina. Si comparamos nuestro presente con lo que lo imaginamos que fue esa época esplendorosa del centenario, el saldo es deprimente. Pero digo “nos imaginamos”, porque la perspectiva de entonces era diferente de la nuestra y porque en esos años proliferaron las opiniones y la literatura, que remarcaban todo lo que nos faltaba para ser un país. No es lo mismo pensar el pasado a distancia que pensarlo en el fragor del presente. Y numerosos ensayos ya son un clásico, escritos por quienes pensaban que en 1910 estaba todo mal.

-    ¿Se cumplieron los malos augurios? ¿Tenían fundamento?

-    ¡Lo que confirmaron es que siempre se puede estar peor! Bueno, abordándolo seriamente, muchos de esos augurios tenían que ver con la heterogeneidad de la sociedad argentinas, con diferencias étnicas y de origen, a la que veían como un obstáculo para construir una Nación. La impronta de “la Nación que no tenemos” fue muy importante en el primer centenario de la Revolución de Mayo. Hoy tenemos una heterogeneidad es muy grande, pero no me parece que sea un problema que nos angustie.

-    En general, en la vida cotidiana, imaginamos la Argentina de 1810 y 1820 como la experimentamos hoy. ¿Cómo estructuraría usted las diferencias?
-    Evidentemente, entre 1810 y 1820 la Argentina tal como la conocemos no se había construido aún. La idea misma de Argentina no se había conformado. Los habitantes de los estados hispanoamericanos sabían que se había derrumbado un imperio, que se vivía una etapa de profunda transición, que muy difícilmente aquel imperio se reconstruiría. De una manera borrosa comenzaban a vislumbrar o imaginar lo que vendría, pero ni siquiera el mapa estaba diseñado, ni lo estaría por mucho tiempo. Nada estaba definido en cuanto a lo territorial ni en cuanto a la conformación de los Estados. Los intentos de formar un Estado sobre la base del Virreinato del Río de la Plata, es decir, las Provincias Unidas, fracasaron estrepitosamente. En 1820, el Directorio desaparece y no volverá a regir una autoridad estatal central hasta 1852, y hasta 1861, cuando se incorpora Buenos Aires. 

-    ¿Y en cuanto a la idea de Nación?
-    Es un proceso más complejo. Pasó mucho tiempo antes de que los salteños, cordobeses y de cualquier región dejaran de identificarse con su provincia sino como argentinos. En 1910, cuando preocupaba la heterogeneidad, mucha gente se preguntaba cómo con todo lo que había demorado en lograrse la identidad argentina se podía sostener ahora con la llegada de innumerables extranjeros de diversos orígenes.

-    ¿La compilación del folclore impulsado por el Estado buscó construir la identidad?

-    No solo el Estado. Hay iniciativas, como las de Andrés Chazarreta, que fueron vigorosas. En 1915, Leopoldo Lugones escribió que en el pueblo tradicional del norte estaba el alma argentina. Esa búsqueda de la identidad fue conflictiva. El tema del “ser nacional” nace en 1890 y sigue vigente en la agenda hasta los 70, por lo menos. Está a la base del nacionalismo, pero también del patriotismo. 

-    ¿Se construyó un país unitario o un país federal? ¿Ambas definiciones, creo, admiten matices?
 - Desde el plano institucional, es federal porque así lo dice la Constitución. Lo que cambió fue el país. En 1852 había 14 provincias no tan diferentes con respecto a Buenos Aires pero después de esa fecha comienza el crecimiento del Litoral. Y la actividad y la población se fueron concentrando allí. Y allí se fueron instalando las grandes empresas. La frase “Dios está en todas partes pero atiende en Buenos Aires” no es culpa de Buenos Aires. Que la sede de gobierno esté aquí no significa que seamos un país unitario. De hecho, todas las provincias tienen tres senadores. Ese es un contrapeso al unitarismo. Probablemente yo diga esto cómodamente sentado en Buenos Aires, y desde Salta se lo experimente de otra manera.
 
-    Las provincias del NOA y el NEA, desde hace años, intentan convertir al Norte Grande en un contrapeso. Por ahora no parecen tener éxito

-    El desarrollo tecnológico ha permitido que los cereales y oleaginosas genéticamente modificados, y que son la principal base de la exportación del país hoy, se expandan por todo el país. Además, el modelo de economía fundado en las grandes industrias ya no depende en la misma medida de la cercanía del puerto. La base de la descentralización está. 

-    ¿Qué nos falta?

-    Un Estado menos opresivo, que deje hacer. Un Estado que sea capaz de liberar la actividad y de reformular la presión impositiva.

-    ¿Un Estado más enfocado en la producción que en la distribución?

-    Esa es una cuestión problemática. El Estado gasta mucho, y gran parte, en subsidios. Y gran parte de esos subsidios están destinados a las provincias, para que estas nombren empleados y paguen sueldos. No quiero simplificar demasiado, pero a un gobernador le resulta más simple gestionar recursos y ampliar la coparticipación negociando con el poder central que gobernando de tal modo que la provincia pueda producir más y que Rentas pueda recaudar más. Porque los votos que lo van a mantener en el poder son de esos empleados públicos.

- El siglo XX tiene varias bisagras. Le propongo, 1912, con la Ley Sáenz Peña; 1930, con el golpe de Estado de Uriburu; desde 1945, una fuerte transformación social, con inestabilidad democrática y finalmente, un baño de sangre, y 1983, con el aparente fin del golpismo. ¿Es válido un esquema de este tipo?

-    Ese es un esquema muy útil para pensar la vida política. El proceso histórico tiene una trama de muchos hilos, y no todos se cortan juntos. Además de la política, y de los cambios de gobierno, el hilo de la economía, de la sociedad y de las ideas, y no es fácil hilvanarlos. Por ejemplo, para los cambios sociales, 1912 no es significativo. El proceso social se extiende desde los primeros años del siglo XX hasta 1945, y allí se aceleró, pero en eso no incide tampoco el golpe de 1930.

 -    ¿Cómo impactan las nuevas formas de pobreza, las nuevas demandas sociales y la polarización de la políticas, donde el discursos tienden a dividir a los buenos de los malos?

-    Son distintas preguntas, con respuestas un poco distintas. Si nos preguntamos cuándo apareció la pobreza en la Argentina. Existen datos ciertos de que en 1973 y 74 la pobreza era mínima y la desocupación bajísima. Esos indicadores fueron creciendo con signo negativo hasta que, en 1989, la hiperinflación se manifestó con toda se amplitud y virulencia. Creo que la ruptura económica se produce con el gobierno de la dictadura, con una apertura que desguarneció a muchos sectores y dio juego libre a los flujos financieros. Y mucha gente se quedó arruinada. Distintas políticas, para un lado y para el otro, fueron agravando la situación del número de los arruinados y desocupados. Creo que Alfonsín no se dio cuenta de que se necesitaban otros cambios, además de la democracia. En los 70, la economía cambió de sentido y en esa época empieza la decadencia.

-    ¿El Rodrigazo (junio de 1975) y el discurso de José Alfredo Martínez de Hoz (2 de abril de 1976) son mojones de esa crisis? 

-    Muchos economistas consideran que Celestino Rodrigo representaba ese plan económico, que no pudo cuajar por la resistencia de los sindicatos. Y que luego los militares lo llevaron adelante a su manera. Silenciando a los sindicatos.

-    ¿Se sancionan derechos, pero no se crean las condiciones para que puedan ser ejercidos?

-    Se habla mucho de “ampliación de derechos”. Hay un fenómeno difícil de expresar por esa combinación de ideas que suenan muy agradables pero que esconden algo muy duro, muy intransigente, renuente al diálogo, condición de la democracia. “Estos son mis derechos; los aceptás o lo aceptás”, Y cada uno lucha por aspiraciones limitadas, particulares. Es imposible combinar todas las cosas como para que puedan funcionar juntas. Es que la ley pesa poco y nada en la Argentina. Cuanto más leyes se sancionan, menos se las respeta. La ley se cumple “de a ratos”. Como decía Carlos Nino, “un país al margen de la ley”.
 

 

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