Lo que ofende no son las palabras, sino la visión centralista de país

Los dichos del presidente Alberto Fernández acerca del origen de los pueblos mexicano y brasileño causaron un revuelo mediático que acaparó la atención de la opinión pública en las últimas horas. “Los mexicanos salieron de los indios, los brasileros salieron de la selva pero nosotros los argentinos llegamos de los barcos, y eran barcos que venían de Europa, y así construimos nuestra sociedad”, enfatizó el mandatario durante una conferencia conjunta con su par español, Pedro Sánchez, en la Casa Rosada.

Sus dichos generaron un verdadero escándalo, focalizado principalmente en la reacción que pudieran tener sus palabras en los pueblos a los que hizo referencia. Pero muy pocos centraron el análisis en el verdadero trasfondo de tal afirmación o al menos a lo que nosotros respecta, ya que no todos los argentinos llegamos de los barcos señor presidente. Aún antes de los primeros colonizadores había gente, pueblos, civilizaciones por estas latitudes que a pesar de ser diezmadas a lo largo de toda la historia, sobrevivieron y sobreviven. Aún antes de producirse las grandes corrientes migratorias europeas, en el actual territorio nacional había ya una “sociedad” constituida.

Y no es cuestión de hacer leña del árbol caído o tomar estas desafortunadas oraciones pronunciadas por Alberto Fernández con fines políticos, ya que de ser así sería mezquino e improductivo. Sino que se trata de develar la verdadera visión, en este caso explícita, que desde Buenos Aires se tiene del país y del interior. Es subestimar la importancia de los pueblos originarios en la construcción del país, es relegar a un segundo plano el protagonismo de las corrientes migratorias de nuestros países hermanos, como Chile, Bolivia, Paraguay, Uruguay, entre tantos otros. Es esconder debajo de la alfombra a los afrodescendientes y su importante rol en la historia nacional.

Lo ofensivo es que se desconozca que más allá de los italianos y españoles llegados al puerto de Buenos Aires, existen wichis, guaraníes, kollas, mapuches y sus descendientes, y un sinnúmero de etnias que viven en el norte, sur, este y oeste de nuestro territorio.

A pesar de que sabemos en las provincias que la cosmovisión del arco político argentino se focaliza en Europa y EE.UU., y que está completamente convencido de que constituye el único cimiento que sostiene a la Argentina, muy pocas veces quedó tan evidenciada como hoy.

Tal vez sea hora de una reflexión, de afinar la mirada para ver que la fuerza productiva del país es motorizada por los “cabecitas negras” en los campos y en las fábricas. Que el trabajo de las comunidades locales y su realidad plagada de carencias, financia el lujo  y el bienestar de las grandes ciudades. Que en el interior somos orgullosos de ser nativos y no apelamos constantemente a nuestros ancestros para explicar nuestro origen, a pesar que por nuestras venas también corra algo de sangre extranjera. Que el país se construyó con europeos, asiáticos, árabes, indios, mestizos y negros. Solo así podremos construir un país un tanto más equitativo. El exabrupto presidencial puede ser un buen punto de partida para pensar desde el poder una Argentina distinta.

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