Morir en terapia intensiva

Hoy no sabemos con certeza cuándo comienza la muerte, qué es la muerte y cuándo se está muerto. 

El límite que distingue entre la vida y la muerte se desplazó poco a poco a lo largo de los siglos. Hoy se recuperan personas que hace cien o doscientos años hubieran estado clínicamente desahuciadas. 

Los avances tecnológicos nos permiten sorprendentes posibilidades de reactivación del corazón, del cerebro y, en definitiva, de la vida. 

El punto donde se establece la muerte irreversible es cada vez más tenue. Se trata no solo de la prolongación de la vida vegetativa, sino de la posibilidad de la existencia personal y consciente. Con toda seguridad, los años venideros nos permitirán tener más posibilidades de recuperar personas con problemas de salud irreversibles. 

La muerte es lo más natural que existe, lo menos escandaloso y lo más absolutamente trivial.

Se les pide a los médicos que tengan una pericia técnica de alto nivel, una actualización científica permanente y que, al mismo tiempo, sean capaces de reflexionar críticamente y conservar una perspectiva humanista sobre su propia práctica; todo esto resulta excesivo. Casi todos los médicos, sin embargo, lo logran y se destacan por ello. 

Los médicos pueden hablar de la muerte y sus adjetivos y se estremecen igual que cualquiera pero más aún ante lo inevitable. El ajetreo de la praxis, el automatismo clínico y la estandarización de las conductas hace que a diario los médicos intervengan sobre la vida de las personas sin buscar, la más de las veces, el sentido trascendente a sus acciones. El soporte vital brindado por la llamada terapia intensiva y la alta complejidad en medicina surgieron junto a la bioética en los 1970. La terapia intensiva posibilitó la cosa más tremenda que ocurrió en la medicina que ha sido inaugurar la concepción de la muerte como un diagnóstico más, que fue la muerte encefálica (1968) que es un límite convencional entre la vida y la muerte. Los signos vitales ya no significan la vida, por lo menos la vida como nosotros la concebimos, y como la concibió de alguna manera la historia de la humanidad. Hoy, podemos manejar tecnológicamente los signos y funciones vitales desde fuera, nos tenemos que plantear hasta cuándo la muerte es la muerte. La muerte intervenida es un nombre que designa la manera de llegar a la muerte tradicional y cardiorrespiratoria cuando un paciente está en estado irreversible o en estado vegetativo permanente y está internado en terapia intensiva con distintos soportes vitales.

La muerte intervenida también se llama al límite del esfuerzo terapéutico, es decir, es el fin del soporte vital directamente mediante su retiro o la abstención de su uso para permitir la llegada de la muerte que se consuma con el paro cardiaco. Cuando un enfermo hace un paro cardíaco y está en terapia intensiva, una de las principales maneras con la cual se limita el tratamiento es decir: “si se para (el corazón) reanimar”. Se trata “permitir morir”. La sociedad debe saber que es altísimo el costo moral de tener que interrumpir el imperativo tecnológico en determinada circunstancia; hoy esto forma parte de la medicina y aunque todo transcurra en el escenario médico, la sociedad debe saber y compartir la verdad. Todos deberíamos saber que si una persona enferma está en terapia intensiva no está bien, vive o sobrevive artificialmente y todo, en cualquier momento, puede terminar. 

Los familiares de los pacientes internados en terapia intensiva por lo general no internalizan estos hechos de la manera que los estamos describiendo; el uso de la medicina tecnologizada siempre es un paso crítico con amenaza de muerte

El imaginario popular dice que como se salva mucha gente, muchos quieren pasar por terapia intensiva antes de morir. Lo que deben preguntarse todos los días los miembros profesionales y técnicos que trabajan en terapia intensiva es si todo lo que se está haciendo por ese paciente debe seguir haciéndose; el médico de planta, el que hace la revista de sala todos los días, debe preguntarse con su staff todos los días si es razonable y racional seguir haciendo, hasta cuándo y hasta dónde.

Recordar que el paciente es una persona y no perder de vista que el objetivo de la medicina no es evitar la muerte sino promover el bienestar de las personas y ayudarlas a curarse y a cuidarlas, y en ocasiones y cuando no se puedan curar, y estén o puedan estar sometidos al soporte vital, ayudarlos a morir; curar o cuidar hasta bien morir. La muerte no es un conjunto de enfermedades evitables y previsibles, creer esto es inducir a pensar que la medicina va a evitar todo hasta la misma muerte, es decir, el hombre va a ser inmortal.

Cuidar y hacer digna la muerte era más fácil antes cuando no habían soportes vitales. La aparición del soporte vital generó una crisis de aplicación en el tratamiento, que es la posibilidad de sostener las funciones vitales, exactamente desde afuera. ¿Hasta cuándo? Si se toman muertes cerebrales y se les aplica toda la tecnología de hoy no sabemos si se van a morir tan rápido como hace cuarenta años. Hay un costo moral del progreso tecnológico que muchas veces no tenemos en cuenta.

La expectativa de vida hoy es treinta años mayor que hace cien años pero también hay que detenerse ante el imperativo tecnológico que manda “porque se puede, se debe”. No reanimar a todo el mundo, y detener el tratamiento en situaciones irreversibles será imprescindible para no generar cientos de estados vegetativos que son la contracara de la dignidad personal. La muerte digna no puede ser un discurso; vamos a ser menos crueles si tomamos las decisiones oportunamente y ciertamente antes de los hechos; lo ineficaz, lo teatral y lo irracional suele ser profundamente inmoral. El poder tecnológico científico aplicado en medicina sin mesura, puede poner en riesgo a la especie humana, la puede modificar, y esto ya está pasando.

 
 

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