La rebelión puso al desnudo el autoritarismo cubano

Cuba atraviesa una crisis que amenaza con evolucionar hacia la emergencia sanitaria y alimentaria. Esa es la conclusión a la que se llega a través de los informes en torno de la protesta multitudinaria de estos días, que conmueve a un régimen como nunca había ocurrido en los 62 años transcurridos desde la revolución.

A pesar de la mitificada "medicina cubana", y de la solidez del sistema educativo, la isla sigue siendo absolutamente dependiente en materia tecnológica, carece de insumos industriales propios y ni siquiera es capaz de autoabastecerse de alimentos básicos. Las exportaciones de azúcar han declinado y el gobierno de La Habana no está en condiciones de pagar las importaciones de China o Rusia. El acuerdo político y económico desarrollado entre Fidel Castro y Hugo Chávez hace dos décadas ya no da resultado. Venezuela perdió su capacidad de exportar petróleo y pagar a precio de oro las prestaciones de médicos y enfermeros cubanos.

Las duras medidas adoptadas por Donald Trump bloquearon el ingreso de dólares de los exiliados en Florida, con lo cual la economía de la isla se resintió aún más. Además, llegó la pandemia, que cerró las puertas al turismo. El PBI cubano se derrumbó un 11% en 2020. La caída continúa este año y las perspectivas de recuperación son sombrías.

La movilización de estos días fue muy fuerte e insinúa que el declive de los populismos amenaza también al sueño castrista. Quienes se movilizan son ciudadanos comunes, muchos de ellos artistas e intelectuales, que reclaman acceso a bienes elementales, salud y calidad de vida. Y, por supuesto, libertad.

Pero para el régimen que hoy encabeza Miguel Díaz Canel, un burócrata formado en la ortodoxia del comunismo arcaico, la idea de libertad tiene un sentido diferente. Es libertad para apoyar al gobierno. La protesta se le aparece como una "maniobra del imperialismo", al que desafió con una retórica característica de la Guerra Fría, apenas antes de reconocer que la crisis económica interna es muy grave.

Por primera vez, una movilización popular levanta en Cuba una consigna que va a la médula del sistema: "Patria y Vida", que es lo contrario de "Patria o Muerte", el dogma revolucionario, que aún fascina a la difusa izquierda latinoamericana. Los manifestantes proclaman "abajo la revolución".

Mientras que el Alto Comisionado de la ONU por los Derechos Humanos y Amnesty International reclamaban por los actos de represión, la reacción del gobierno de Díaz Canel fue la típica de los autoritarismos: detenciones a granel, convocatoria a la militancia oficialista para que combata a los manifestantes, bloqueo a la información, a internet y a todas las redes sociales.

Los movimientos de izquierda niegan la extrema pobreza de muchos cubanos y simplifican el fracaso de la revolución acusando al bloqueo de los Estados Unidos. Cuba es un caso muy particular dentro de la historia de los movimientos de izquierda. La revolución creó un sistema disciplinado de pobreza compartida, sin derecho a la disidencia, que garantizó la alfabetización, pero censuró la lectura y la información, fue incapaz de generar un sistema productivo eficiente y dependió, siempre, de la Unión Soviética, del turismo, del petróleo venezolano o de las remesas que enviaban los exiliados en Miami.

Esta crisis es simultánea con el colapso de otras dos revoluciones: las de Venezuela y Nicaragua, convertidas en dictaduras decadentes, fascistas y sostenidas por el poder de las armas.

El Gobierno argentino mantiene con la isla un compromiso político e ideológico explícito. Por eso, el presidente Alberto Fernández prefirió decir que "no sabe qué pasa en Cuba". Es obvio que sí sabe qué pasa, como sabe también qué pasa en el resto de los países, solo que por razones políticas prefiere criticar a Colombia e Israel e ignorar los atropellos que cometen sus aliados.

Eso también responde a una visión anacrónica del mundo. Cuba, como Venezuela y Nicaragua son autoritarismos sin capacidad de gestión económica ni contención social. La Argentina, desde hace dos décadas, parece empeñada en imi tar ese modelo y seguir por ese ca mino.

 

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