Cachi, la luna y el encanto de una noche de verano

Días pasados contamos en esta misma columna la experiencia vivida en 1961, cuando viajamos de Cerrillos a Cachi en un colectivo de la desaparecida empresa Marcos Rueda. Hoy contaremos cómo descubrimos ese hermoso pueblo hace 60 años: sin puente, sin luz eléctrica permanente, sin empedrado y sin hostería, pero siempre con gente buena.
Como decíamos, al mediodía de un caluroso día de enero de 1961 llegamos a Cachi a bordo de un colectivo de Marcos Rueda a poco de cruzar el río Calchaquí, ya que por entonces no había puente carretero.
Unas veinte personas esperaban su arribo sobre la vereda del hotel El Nevado que tenía una amplia arcada al frente. Algunos eran pasajeros que iban a Seclantás o a Molinos, pero la mayoría aguardaban ansiosas la llegada de los diarios de Salta: El Tribuno y El Intransigente. También esperaba un empleado de correos, que recibía la sacapostal de Salta y entregaba alguna que otra carta para Seclantás y Molinos. Entre el gentío había, a su vez, un policía que recibía y entregaba comunicaciones y trámites de la repartición. Existía, y desde hacía mucho, las comunicaciones telegráficas del Correo. Desde Chicoana ya veníamos observando a la vera del camino los postes y los cables del telégrafo. No olvidemos que en 1930, gracias al telégrafo, el país y el mundo se enteraron del terremoto que asoló a La Poma en la Navidad de ese año.
Pero volvamos a Cachi. Apenas nos apeamos del colectivo nos encaminamos a la plaza, pues nos habían aconsejado que nos alojáramos en el hotel El Inca, de doña Irene, pues daba pensión. Tomamos una pieza, almorzamos y salimos dispuestos a explorar Cachi. 

El cementerio

Nuestro primer objetivo fue el cementerio, una arcada en las alturas que es un imán para los visitantes. En lo alto del morro, lo primero que hicimos fue sentarnos bajo la recova hasta lograr recuperar el aliento. En eso estábamos cuando un cartel celeste con letras blancas nos llamó la atención. Estaba al fondo del corredor y decía que ese frontispicio había sido construido en 1948. Tiempo después visité varias veces el lugar, pero la referencia había desaparecido.
Ya repuestos del repecho, nos acercamos hasta el borde de ese mirador natural y vimos uno de los rincones más bellos del Valle Calchaquí. 
Hacia el naciente emergía el río Calchaquí discurriendo manso de norte a sur y acompañado por una arboleda de álamos, molles y sauces. Como un cordón verde viboreaba junto al río, tratando de proteger los alfares y los campos de pimentón de los posibles desmadres de las aguas.
Hacia el poniente, el sol encandilaba tanto que nos fue casi imposible admirar el imponente nevado de Cachi. Después, ingresamos al campo santo y, para nuestra sorpresa, lo encontramos muy colorido: las cruces aún lucían restos de flores y coronas de papel del Día de los Difuntos. Pero lo que más nos llamó la atención fue la cantidad de tumbas semiderruidas que dejaban ver en su interior a los difuntos resecos. Era obra de la extrema sequedad del ambiente, la que además de destruir los ataúdes hechizos de madera blanda, momificaba naturalmente los cuerpos. Ello nos impresionó mucho y, como ya caía la tarde, emprendimos el regreso alejándonos de las cruces que, por el viento, rechinaban como lamentos. Apuramos el paso y de pronto, tres perros salieron sorpresivamente de entre las tumbas, lo que nos asustó como la perdiz al cazador. 
Después caímos en cuenta que los sacrílegos canes habían estado lamiendo el cebo de las velas. Seguimos camino cuesta abajo, cruzamos el río Cachi por una pasarela peatonal e ingresamos al pueblo cuando la “sombra” comenzaba a adueñarse de todo.

La noche cacheña

Descansados salimos a la puerta del hotel El Inca y recién ahí nos dimos cuenta de que no había alumbrado público, aunque sí domiciliario. En ese momento un empleado municipal estaba colgando en cada arcada de la plaza una lámpara Petromax a gas de kerosene recién encendida a puro bombeo. Esos arcos de piedra tenían un gancho de hierro donde se colgaban los artefactos. 
Pese a esa luz, el paseo estaba bastante concurrido, pues el buen tiempo colaboraba para el encuentro de los vecinos. Nos llamaron la atención los molinetes, similares a los del ferrocarril, colocados en cada ingreso a la plaza por la pirca perimetral. 
Después no enteramos que era para impedir que los burros que bajaban de los cerros en la noche ingresaran a la plaza y se comieran todo el jardín. Según decían, los molinetes habían frenado a estos orejudos, pero aún así más de una vez en los amaneceres aparecía uno que otro, acorralado en la plaza.
Esa noche debíamos regresar a cenar al hotel antes de las 21, pues a esa hora se cortaba la electricidad. Pero pese a las precauciones, cenamos a media luz, rato con una bombilla eléctrica, rato con velas. Nuestra sobremesa fue en la plaza. Ya había poca gente y a medianoche las Petromax se retiraban. Creimos que todo quedaría en penumbra y en la más negra de las oscuridades. 
Lo que ignorábamos era que en noche de luna el pueblo no queda a oscuras. Luego de que retiraron las lámparas una claridad platinada inundó la plaza, las casas, las calles, los árboles y los cerros. Era la luna que no había llegado sola, sino que había traído consigo el silencio. Ahora se podía escuchar el río, los ladridos de un perro lejano y el murmullo de algunos cacheños que en sus veredas disfrutaban la noche. 
Pero Cachi tenía algo más para ofrecer: el cielo. Si bien la luminosidad lunar impedía observar el firmamento en plenitud, la cantidad de estrellas nos asombró. Nunca antes habíamos visto un cielo nocturno como ése, que no solo mostraba una nítida oscuridad, sino millones de estrellas que parecían estar ahicito nomás. 
Y había yapa: la luna mostraba lo que el sol nos había impedido ver: el nevado de Cachi en toda su magnitud. Sus nieves eternas ahora se veían con nitidez y la cadena nevada parecía un témpano de plata. Mientras caminábamos con Jorge “Quirquincho” Solá rumbo al hotel, coincidimos en que ir Cachi había sido la mejor idea que se nos había ocurrido.

Las ruinas

A la mañana siguiente nos levantamos temprano. Era nuestro segundo y último día en Cachi. De manera que nos dedicamos a caminar por el pueblito, que por entonces tenía menos de 500 habitantes y dos hoteles. Tomando la calle del hotel El Inca al sur, llegamos hasta un morro donde se veía una construcción entre árboles y yuyos. Como pensamos que estábamos ante una posible ruina, resolvimos trepar y ver lo que había. Gran desilusión, pues no eran ruinas diaguitas como habíamos imaginado, sino un edificio a medio construir que había sido atacado por la maleza. 

Un viejo cartel decía: “Hostería de Turismo”. Averiguando supimos que esa construcción se había iniciado en 1953, pero que luego de 1955 había sido abandonada, al igual que el hospital regional de Cachi. De verdad, esa mañana sentimos que habíamos perdido la mitad del día por ir ingenuamente tras las huellas y supuestas ruinas de los diaguitas. Años después, el denominado Plan Cachi posibilitó entre otras, la finalización de esa obra que hoy es la Hostería del ACA. 

Por la tarde fuimos al río y después matamos el tiempo en la plaza luego de intentar vanamente de conocer la iglesia. Un policía que estaba en la puerta de la comisaría nos dijo que estaban sin párroco y que un sacerdote de Salta iba una vez por mes.

Por entonces la comisaría ocupaba el extremo sur del actual edificio que hoy aloja al Museo Arqueológico y, quizás por eso, los policías estaban al tanto de las cosas de los curas. Y así fue que en un banco de la plaza, el agente Toconás nos contó que los misachiqueros se habían quejado malamente ante los curas de Salta porque el último párroco les cobraba mucha plata por procesión, ya sea la media vuelta o a vuelta entera. “¿Cómo es eso?”, preguntamos sorprendidos y el milico se largó: “Miren, ¿ven que la plaza está dividida por dos? Bueno, si la procesión daba toda la vuelta, era un precio. Y si solo era por la mitad, un poquito menos. Y con las misas lo mismo, daba misas a media yunta, yunta o yunta y media, según sea con un cura celebrante, con dos o con tres. Capazmente que por eso lo han echao”, concluyó el agente. Y debe ser cierto nomás ya que años después, uno de los patriarcas del pueblo, ‘El Negro’ Humberto Oliver, confirmó la versión del agente Toconás. 

Esa noche nos fuimos a dormir encantados con Cachi y al día siguiente don Marcos Rueda nos trajo de vuelta a Cerrillos. De nuevo, estábamos más contentos que opa en sulky, como solía decir nuestro inolvidable profesor de Historia, don “Cuchi” Leguizamón. 
 

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