Epicuro fue un gigante de la filosofía. Proponía superar los límites de las pasiones mundanas para llegar a una instancia superadora de la turbación del alma y el cuerpo.

Sus vestigios nos llegaron tergiversados, como sinónimo de vida licenciosa.

Algunos intentan llevar hoy la idea a un límite absurdo, suerte de "tercera vía" en la discusión política. Un discurso que mezcla una intención cínica con una banalidad radical, deja entrever un interrogante más profundo, que tiene que ver con el Estado que tenemos y queremos.

El modelo argentino es el de un "Estado diplomático", inaugurado a mediados del siglo pasado: satélites mendicantes (gobernadores, sindicatos, empresarios prebendarios) giran en derredor de un partido central, que imparte una verdad distinta, basado en la legitimidad que le confiere representar la voz del pueblo. Mezcla insólita de Carl Schmitt con algo de corporativismo clásico y mercantilismo.

El que arbitra y define es un Estado que parte y reparte de manera antojadiza con referencia a una incógnita "razón de Estado". Nadie piensa en construir futuro, tan solo en distribuir lo que hay del presente.

Ese modelo funcionó durante décadas. Sirvió para justificar desvaríos institucionales y morales con el argumento de que esa racionalidad estatal era la única capaz de garantizar algo de orden en un país destinado de otro modo a la errancia. El problema es que el argumento quedó yermo: por primera vez, el modelo exitoso tiene que enfrentar la adversidad, a pesar de las ventajas naturales (la paradoja de los altos precios de las materias primas).

El rey está quedando desnudo y en un carnaval de yerros, recurre a un epicureísmo de cotillón.

Es notable cómo las banderas de las que se ha ido adueñando en los últimos años fueron perdiendo densidad conceptual: empezó con los derechos humanos (como si fuera una exclusividad sin pasado), pasó al voto de menores de 16, al matrimonio igualitario, lo no binario, y ya en el borde del precipicio, recurre a apropiarse de un acto vital, cual monopolio de un partido. Solo queda el cannabis.

En el fondo revela impotencia. Sin recursos para dilapidar no hay nada, ni varitas mágicas ni ábrete sésamos. Tan solo ideas anacrónicas que intentan instalar desde el Estado "anticonductas" propias de la rebeldía vacua y malentendida, no de un gobierno: una sociedad civil que supera al Estado, una suerte de comunismo utópico tergiversado, de la mano de un maná tan básico como la propuesta de la procacidad sexual.

En medio del pesimismo, los argentinos no dejamos de tener una oportunidad. Tal vez sea el momento de que entendamos de una vez por todas algunas cuestiones básicas para crecer y estar mejor. Que la Verdad, como el futuro, no es patrimonio de nadie; tampoco el Estado. Que la incompetencia no es un mérito, sino la raíz de todos los males. Y que solo se supera con trabajo y educación. Entre civilización y barbarie, es tiempo de elegir la civilización como gran mito movilizador.

 

 

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