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Lo ocurrido en las últimas horas en La Merced no fue una sorpresa. No lo fue para los vecinos, que cada año se preparan con resignación para lo inevitable, ni tampoco debería haberlo sido para las autoridades municipales. Sin embargo, una vez más, la comunidad terminó lamentando pérdidas evitables frente a un fenómeno que se repite con alarmante regularidad y que, lejos de ser excepcional, ya forma parte del calendario del abandono.
Las inundaciones que afectan a La Merced tienen un patrón claro y conocido: el agua desciende desde las zonas más altas del oeste, particularmente desde Rosario de Lerma, y avanza con violencia hacia los sectores más bajos del valle. Es allí donde el impacto es siempre mayor, donde se destruyen viviendas, se arruinan pertenencias y se profundiza la sensación de desamparo. Nada de esto es nuevo. Todo está diagnosticado. Todo ha sido advertido. Y, aun así, nada se resuelve.
Frente a este escenario reiterado, la respuesta del Estado municipal ha sido, año tras año, la misma: inacción. El intendente de La Merced, Javier Wayar, conoce el problema en detalle. Lo conoce porque ocurre siempre en los mismos lugares, por las mismas causas y con las mismas consecuencias. Sin embargo, su gestión ha demostrado una pasividad alarmante frente al daño que no solo es sistemático, sino perfectamente previsible.
El letargo oficial queda expuesto cada vez que las aguas vuelven a bajar por el mismo cauce y provocan las mismas escenas de angustia. Nada parece conmover a la conducción municipal. Nada parece alterar una rutina de abandono que se repite sin sobresaltos. La única "solución" que la gestión de Wayar parece reconocer frente a las inundaciones es la colocación de un "puente móvil peatonal", un parche tan precario como insuficiente, pensado más para la foto que para enfrentar un problema estructural.
Las imágenes de ayer fueron elocuentes y difíciles de ignorar: una correntada feroz transformó las calles de La Merced en un río desbordado, con un caudal casi apocalíptico. El miedo se apoderó de la población y la improvisada respuesta oficial volvió a demostrar su inutilidad. El puente móvil no sirvió de nada frente a la fuerza del agua ni frente a la magnitud del abandono.
Este estado de indolencia se replica en el otro extremo del Valle de Lerma. En La Caldera, pocas horas antes, los vecinos también se vieron desbordados por el avance del río homónimo, en otra postal repetida de indiferencia e insensibilidad ante un problema crónico.
Allí, el intendente Diego Sumbay optó por el camino más cómodo: deslindar responsabilidades. Apuntó a la falta de recursos y a gestiones anteriores para explicar el desastre ocurrido, luego de que las aguas del río La Caldera ingresaran a barrios del sur de la localidad.
Sumbay fue incluso más lejos y atribuyó la situación a la mala planificación urbana heredada, con loteos se habilitaron sin infraestructura.
El argumento, sin embargo, se desmorona ante un dato irrefutable: tanto Sumbay como Wayar asumieron sus cargos en diciembre de 2019. Llevan más de seis años al frente de sus municipios y transitan la mitad de su segunda gestión. Tiempo más que suficiente para gestionar alguna solución. Tiempo de sobra para haber dejado atrás las excusas y asumido la responsabilidad del cargo.
Lo ocurrido ayer en La Merced y el fin de semana en La Caldera fue un desastre anunciado. Los vecinos no reclaman privilegios ni favores. Reclaman algo mucho más básico y legítimo: una solución definitiva a un problema que ya les costó demasiado esfuerzo, demasiadas pérdidas y una paciencia que se agota frente a la indiferencia sistemática del poder local.