Tiempos de decisión, coraje y sacrificio

Cuenta la leyenda que los habitantes de Frigia (hoy Anatolia; una región de Turquía) necesitaban elegir rey, y para ello consultaron al oráculo. La respuesta fue que el nuevo soberano sería quien entrase por la Puerta del Este acompañado de un cuervo posado sobre su carro. El que cumplió las condiciones fue Gordias, un labrador que tenía por toda riqueza su carreta y sus bueyes. Una vez proclamado rey fundó la ciudad de Gordium y, en señal de agradecimiento, ofreció al templo de Zeus su carro atando la lanza y el yugo con un nudo cuyos cabos se escondían en el interior y de una manera tan complicada que nadie podía desatarlo.

Según otra profecía aquel que lograra separar el yugo de la lanza del carro sagrado de Gordias conquistaría Asia. Alejandro III de Macedonia, más conocido como Alejandro Magno, simplemente cortó el nudo de cuajo blandiendo su espada, la misma que alguna vez habría pertenecido a Aquiles.

Y la profecía se cumplió. Alejandro conquistó Asia. Comenzó su campaña con víveres y salarios para unos pocos días y, sin embargo, luego de diez años de una irrefrenable cruzada hacia el Este había conquistado todo a su paso hasta la India. Alejandro no solo cortó el nudo de un golpe de espada. En el mismo acto destruyó el mito.

La expresión "nudo gordiano" -basada en esta leyenda- se refiere a aquellos problemas que, por ser tan complejos, parecen no tener solución. Cortar el nudo gordiano significa resolver un problema de una manera tajante, sin contemplaciones y con una acción osada y decisiva. Algo que no admita vuelta atrás. Como cuando Hernán Cortés quemó sus naves eliminando toda posibilidad de volver. De allí en más, la única alternativa era adentrarse en el continente.

Nuestro nudo gordiano

"Quien no tiene el valor de pensar grandes cosas solo alcanzará cosas pequeñas". (Alejandro)

Argentina tiene solución. Es incorrecto pensar que los problemas que tenemos no pueden ser solucionados. No es fácil, pero con acciones audaces y decisivas Argentina puede salir de este pozo sin fin en el que solo seguimos cavando, hundiéndonos cada día un poco más.

Solo que cualquiera que nos prometa algo menos que décadas de "sangre, esfuerzo, sudor y lágrimas" nos está mintiendo. Populismo perverso para una sociedad que privilegia los atajos y las soluciones fáciles. Realismo mágico para una sociedad que ama la épica de las salidas fantásticas y que es resiliente a la eterna frustración a la que todas estas soluciones mágicas siempre nos han conducido. Porque ya las hemos probado todas. Y, aún así, seguimos sin aprender.

Pero no un esfuerzo declamado por muchos y ejercido por pocos. Al contrario. Debe ser un sacrificio justo y equitativo para toda la sociedad. Para sus líderes primero que a nadie.

Mucho se dice de la necesidad de efectuar "reformas estructurales". ¿Qué son estas transformaciones?, ¿de qué se tratan?

Cuando un problema deja de depender de la coyuntura se convierte en algo estructural. Por ejemplo, la pobreza en Argentina, con un piso del 40%, ya es un problema estructural y no va a cambiar radicalmente ni en su naturaleza ni en sus niveles. Podrá mejorar un poco en algún momento dado y ante condiciones muy favorables, pero ante la menor contrariedad volverá a la situación anterior o, incluso, hasta podría empeorar.

La forma de resolver esta clase de problemas es con "soluciones estructurales": soluciones transversales a todo el país.

Soluciones nada fáciles y que requieren de un consenso y un compromiso de todos los actores fundamentales de la sociedad. Que llevan mucho tiempo implementarlas y con un esfuerzo sostenido en el tiempo. Manteniendo el curso de acción siempre. Solo efectuando ajustes imperceptibles; nunca cambiando de rumbo de manera violenta. Nunca dejando de hacer lo que se venía construyendo con paciencia para ir en una dirección contraria. Abandonando nuestra eterna vocación por el avance pendular.

Donde nos lleve el viento

"No hay vientos favorables para el barco que no sabe adónde va" (Séneca).

Tenemos que preguntarnos y decidir qué sociedad queremos ser. Si queremos ser una sociedad. Esa "comunidad imaginada" propuesta por Benedict Anderson donde, sin conocernos los unos con los otros, aún así velamos por el interés y por el bienestar de todos por igual. Donde entendemos que la prosperidad de la sociedad queda limitada por la falta de bienestar de su población más desafortunada. Y que no se salvan unos a costa de otros ni nivelando todo para abajo.

Esto decidirá qué Estado queremos. Si un Estado paternalista que cuida mientras relega, empobrece, traiciona causas nobles con eufemismos perversos y deseduca a una sociedad infantilizada, o un Estado que pelee por la obligación moral de evitar que haya pobres ninguno en toda nuestra Patria. Nuestra decisión. Nuestra elección. Nuestras consecuencias.

Necesitamos una Justicia independiente y, valga la redundancia, justa.

 Sin justicia es imposible pensar en una República. Sin justicia la democracia es un ropaje vacío y otro eufemismo hecho a la medida de plutócratas y expoliadores seculares que se disfrazan de demócratas para perseguir sus propósitos venales. Sin justicia es imposible pensar en un país. Sin justicia solo nos queda por delante este “no-país” sin futuro. 
“Todos los problemas son problemas de educación”, dijo Sarmiento alguna vez. Se hace necesario reformular la educación. Los contenidos, los educadores y las entidades educativas. Se hace impostergable ofrecer una educación para el siglo XXI impartida por profesionales de la educación del siglo XXI. No contenidos del siglo XIX dados por docentes del siglo pasado representados por sindicalistas deseosos por volver a una oscuridad medieval.
El nivel de inversión actual es menor al 9% del PBI, cuando debiera ser mayor al 20% como mínimo. Sin inversiones no hay empleo genuino y hace imposible pensar en cualquier hipótesis creíble de crecimiento o de disminución del desempleo. Sin empleo genuino solo nos esperan mayores niveles de pobreza, de indigencia y de informalidad. Para atraer inversiones y generar empleo genuino debemos cambiar las leyes laborales que tenemos, que pretenden proteger el puesto laboral de un trabajo del siglo XIX, pero que no protegen al trabajador y que, al contrario, precarizan todavía más el trabajo que imaginan defender. 
El principio de continuidad del Estado impone honrar las deudas contraídas. Tenemos que arribar a un plan económico que muestre hacia dónde vamos, cómo vamos a crecer, cómo vamos a hacer frente a las deudas contraídas y a las nuevas por contraer. Porque no nos engañemos. La única manera de crecer, hoy, es endeudándonos más e invirtiendo ese dinero en el desarrollo de industrias competitivas propias del nuevo siglo. 
Argentina podría dejar de ser la tierra prometida destinada a convertirse en el granero del mundo. Al contrario, nuestra extensión hoy es una condena y no una bendición. Hoy se cosechan cultivos hidropónicos en galpones en ciudades hiperpobladas administradas solo con inteligencias artificiales, obteniendo rendimientos un 30% más altos que los nuestros y usando un 90% menos de agua potable que nosotros. Hoy se imprime carne con impresoras 3D o se cultiva “carne artificial” en laboratorios, ya con propósitos comerciales. Hay una revolución copernicana en marcha de la cual poco o nada sabemos. Y que preferimos ignorar. 
Debemos exportar absolutamente todo lo que tengamos para exportar. En esta etapa debemos decidir si preferimos oponernos, por ejemplo, a la minería a cielo abierto priorizando la protección del medio ambiente pero manteniendo ocho millones de chicos pobres, o si preferimos priorizar a estos chicos que viven al margen de la sociedad. Las dos cosas juntas tal vez no podamos hacer. La eterna historia de la sábana corta que nos obliga al ejercicio de ponernos de acuerdo en qué maximizar o qué minimizar eligiendo de los males, el menor. 
Estamos en una posición por haber procrastinado tanto la toma de decisiones en momentos oportunos donde sólo podemos elegir entre subóptimos con la esperanza de maximizar los beneficios al final del camino. No ahora ni hoy. Mañana. Si es que tomamos decisiones inteligentes hoy. No mañana. 
Debemos invertir en infraestructura básica de todo tipo. Debemos unir el país con rutas, trenes, vías fluviales, puertos y canales. Bajar el costo logístico. Sin desatender la instalación de infraestructura requerida para favorecer el desarrollo social. Debemos autoabastecernos, por ejemplo, de energía. Un país sin acceso a energía barata y en grandes cantidades ya era un país inviable durante la primera y la segunda revolución industriales. Vamos por la cuarta. Quizás hasta la quinta. El mundo no se va a detener a esperarnos.
Hay que reformular el sistema tributario argentino. Así como el sistema previsional, el penitenciario, el de la salud, de la seguridad y el de bienestar social. Apenas algunas entre muchas otras ‘reformas estructurales” necesarias. 
Pero, en uno de los momentos más críticos y decisivos de la historia del país no se habla de nada de esto.

Somos lo que elegimos 

Las elecciones que tomamos nos definen más que los errores que cometemos. Lo que elegimos no hacer también. Nuestras elecciones hablan por nosotros como personas y como sociedad. Si optamos por no hacer todo lo que hay que hacer por privilegiar soluciones cómodas, fáciles o rápidas, eso nos define también. Si este fuera el caso, y como dijo Publio Ciro, entonces “no culpes al mar de nuestro segundo naufragio”.
No estamos condenados al éxito. Eso nunca fue una verdad antes como no es verdad hoy tampoco. Menos cuando no hacemos todo lo necesario por obtenerlo. Sin reformas serias, dolorosas, complejas y necesarias el éxito no será nunca una realidad. 
La elección es solo nuestra. Las consecuencias también. Blandamos ahora la espada de Alejandro y cortemos el nudo gordiano. Puede suceder que si no lo hacemos ahora mañana pueda ser muy tarde. 
 

 

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