Un aplazo difícil de levantar en dos meses

La medianoche del 12 de septiembre será recordada como el momento de una gran sorpresa. Ninguna encuesta había pronosticado , abiertamente, que Juntos por el Cambio iba a derrotar al kirchnerismo en todo el país. 
Quizá el Gobierno nacional algo sospechaba y por eso tardó tanto en difundir datos. En este momento, Cristina y su hijo sienten que se les viene la noche. Si este resultado se repite dentro de dos meses, la expresidenta perderá la mayoría en el Senado, el oficialismo retrocederá en Diputados y, sobre todo, Alberto Fernández quedará muy debilitado. 
Anoche, en un discurso muy parecido a su gobierno, Alberto prometió, a partir de hoy, empezar a “escuchar a la gente” y a hacer “todo lo que no hicimos”. Fue el único que habló; el dueño de la derrota. Pero es sabido que las urnas tendrán onda expansiva.
 Asumir que tiene que empezar a gobernar bien significa comprender que debe renunciar a la diatriba contra la oposición, a las presiones sobre los jueces y a pensar que con repartir planes crean la ilusión de que vamos por buen camino.
 Dejar de lado relatos fantásticos que solo repiten los obsecuentes. (Alberto, por cierto, no tiene seguidores propios).
Si en estos dos meses apelan a la repartija, la derrota puede ser peor. Y si los rencores internos prevalecen por sobre los intereses nacionales (como ocurre casi siempre), solo se acelerará el derrumbe. Y las consecuencias serán imprevisibles.

El voto de la bronca

En primer lugar, este resultado representa un castigo muy claro a dos años de un gobierno híbrido, que miró más hacia la oposición que hacia la realidad social, y produjo un descalabro. La cuarentena, la destrucción del empleo, el cierre de escuelas, la clausura de empresas y el incremento de la pobreza fueron un sacrificio para la gente, que vio cómo se demoraban las vacunas por negocios inconfesables, que se inventaban vacunatorios VIP, que el Procurador del Tesoro se hacía pasar por enfermero para vacunarse antes, que el presidente hacía fiestas en Olivos mientras las familias no podían velar sus muertos y que al final, el saldo son 113.000 muertos, hasta ahora. La campaña del “viví como querés” y la candidata más importante hablando de sexo y oráculos eran la señal de que se quería borrar la pandemia y el desgobierno de la memoria colectiva.
Por primera vez, el peronismo reversionado parece haber perdido su cualidad más notable: la capacidad de percibir, meticulosamente, los puntos sensibles de la sociedad. 
Minimizaron la tragedia social que el país está viviendo.
No llegaron a rastrear el estado de ánimo de un electorado que, según las estadísticas del propio Indec, incluye a más de 19 millones de pobres y a casi seis millones de indigentes.
El Gobierno es híbrido porque solo pudo llegar al poder uniendo al agua con el aceite. El cristinismo y el peronismo no se llevan bien. Cada sector sabrá por qué aceptó apoyar a dos personas que, en todo momento, pusieron de manifiesto que su preocupación central era interrumpir los procesos judiciales iniciados contra Cristina Fernández y muchos de sus funcionarios.
Ahora, más allá de los esperables cambios en el anodino gabinete de Alberto y de las medidas económicas que se intenten para tratar de torcer el rumbo de la historia, hay que considerar un dato central: la derrota de la víspera no solo pone en riesgo el control del Congreso, sino que castiga, de una manera u otra, a la mayoría de los gobernadores peronistas. Y los gobernadores peronistas, se suele decir, acompañan al cortejo hasta la puerta del cementerio, pero no entran.

 El castigo fue doble

Anoche, la ciudadanía castigó al presidente que se ensañó, en plena pandemia, con el jefe de Gobierno porteño, Horacio Rodríguez Larreta, que es el gran temor del kirchnerismo. Y el castigo no se diluyó en mil ofertas circunstanciales: oxigenó a Juntos por el Cambio.
La coalición opositora debería sacar conclusiones al respecto: Juntos por el Cambio fracasó con Mauricio Macri (entre otras cosas) porque no supo pasar de alianza electoral a coalición de gobierno. 
En general, la política, los encuestadores y los analistas están mostrando cierta flaqueza para auscultar los sentimientos y los pensamientos de la población. Se empalagan en la teoría, la comidilla, las redes sociales y la ideología. A todos les cuesta trasladar los indicadores que emergen de las estadísticas y los estudios sociales, a la percepción de la realidad. 
Cuesta imaginar cuál puede ser el camino y cuáles los instrumentos con los que intentará el Gobierno revertir estos resultados en noviembre. Ayer, tal como ocurriera el 11 de agosto de 2019, con Mauricio Macri, la gobernabilidad quedó comprometida. 
El voto castigó a un gobierno por su gestión y su conducta. Ninguna campaña podrá, por sí misma, cambiar la opinión de los votantes. Ayer, el 33% de los votos que obtenía Victoria Tolosa Paz coinciden, exactamente, con los votos del cristinismo. 
Por lo tanto, para revertir la elección, habrá que hacer todo lo contrario de lo que se hizo hasta ahora. 
Todo lo contrario. Y en dos meses va a ser difícil levantar el aplazo.
 

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