La Divina Comedia y la visión poética

El lenguaje simbólico y metafórico de Dante Alighieri, en especial en La Divina Comedia, ha dado origen a las interpretaciones más diversas. "La selva oscura", "los animales míticos", el número 3 y su múltiplo 9 (3 libros, 33 cantos en cada uno, composición en tercetos, 9 círculos infernales, 9 colinas del Purgatorio, 9 cielos concéntricos), la gruta de Gerión, alcanzan la magnitud de "visión", esto es contemplación total, sin mediaciones lógicas y sin trabazones lingüísticas.

El poeta, inmerso en su Florencia natal, ciudad desgarrada por las guerras civiles, advierte la luz de la poesía por donde se filtran la historia, los deseos humanos y lo divino.

Imaginemos a Dante en su gabinete invadido por las latitudes y el tiempo de la leyenda y la realidad, construyendo un mundo verbal de monstruos y ángeles, en la monumental arquitectura de su poema inmortal.

La historia antigua y medieval irrumpen en el Infierno, situado luego del Limbo (lugar de los grandes de la era pre-cristiana: Homero, Horacio, Ovidio, Virgilio, Lucano, Platón, Aristóteles, junto a los bíblicos Adán, Noé, Moisés, y de los niños sin bautizar).

El viaje ultramundano comienza la noche del Jueves Santo de 1300.

Extraviado en una selva oscura, donde el poeta es acosado por tres feroces y simbólicas fieras: una pantera, un león y una loba, encuentra a quien será su guía: el gran Virgilio.

Detrás de él, el florentino llegará a la puerta infernal, atravesará el vestíbulo de los cobardes, esos que son rechazados a la vez por el cielo y por las fuerzas del mal y podrá atravesar el río Aqueronte en la barca de Caronte que transporta a las almas.

 

El barquero intenta expulsar a Dante porque es un "ánima viva". Virgilio intercede, pues afirma que quien lo determina todo, o sea Dios, quiere que el poeta esté allí (salvoconducto de la poesía).

Dante arriba así al mundo de las sombras y ante sus ojos surgen las regiones a las que ya había descendido Eneas, el troyano hijo de Anquises y Venus que dará origen al linaje de Rómulo y Remo, fundadores de Roma, mítica historia narrada por Virgilio en la célebre Eneida, donde el maestro mantuano describe el camino de Eneas y los suyos hacia el Lacio, la tierra elegida para proseguir la estirpe de Troya.

El Infierno es el espacio donde se sitúa a los pecadores, y en el cual sucumben papas, reyes, nobles, poetas, sumidos en la perdición, en la maleza que han tejido los acontecimientos y las desviadas voluntades.

La condición humana con sus pasiones y su soberbia surge en cada uno de los círculos infernales, en los cuales el castigo se cierne pavoroso.

En el círculo de la lujuria, Francesca y Paolo Malatesta, los desdichados amantes, son arrastrados por un vendaval que los acerca y aleja, símbolo de la pasión; en el círculo donde se castiga a los golosos, el Can Cerbero vigila a los desdichados que deben comer estiércol. O sea, el "contrapaso dantesco" que implica un castigo adecuado al pecado cometido: los lujuriosos sufrirán el embate de un viento como es el viento de la pasión que los perdió, los que devoran sin pausa y sin medida deberán ingerir horribles materias... Los avaros y pródigos empujan pesadas piedras, los violentos aparecen hundidos en un río de sangre, el Flegetonte, custodiados por el Minotauro y asaetados por centauros; los traidores yacen congelados en una laguna de hielo.

La arquitectura de la Comedia se constituye sobre la concepción aristotélica de los vicios, o sea, los actos de incontinencia, bestialidad y malicia. Los primeros se purgan en el "alto infierno", mientras que los segundos y terceros en el "bajo infierno", en círculos cada vez más profundos, hasta el último, el que corresponde a la traición donde, en la misma boca de Lucifer, se encuentran los máximos traidores de la humanidad: Bruto, Casio y Judas.

Los lamentos de los condenados, en medio del fuego, en nauseabundas lagunas, en medio de los muros de Dite, o en el hielo donde se castiga la traición, marcan la travesía por el inframundo y las tinieblas.

Luego de resbalar por las horrendas escamas y espinas de Belcebú, Dante y Virgilio contemplarán las estrellas, el lucero de la tarde que anuncia las colinas del Purgatorio. Lugar de serenidad y esperanza, el Purgatorio anticipa la visión del Paraíso Terrenal, donde el poeta puede contemplar las figuras que pueblan el Edén. Ve a Matilde que recoge flores junto a una fuente. Es el lugar del Leteo, el río cuyas aguas permiten el olvido.

En el Paraíso Terrenal aparece la dulce Beatriz para guiar al poeta por las escalinatas de los nueve Cielos. Virgilio desaparece y deja su lugar a la hermosa y pura mujer-ángel, pues el romano no puede acceder al Paraíso ni al Empíreo, pues no es cristiano.

No es cristiano, aunque se lo considere un alma sublime, un elegido por Dios, ya que había anunciado la venida de Cristo en la célebre Égloga IV. Además los comentaristas de La Divina Comedia consideran que Virgilio representa la razón. Pero la razón no alcanza para llegar a la Verdad, a la Causa Primera y entonces aparece Beatriz, quien simboliza la fe y la virtud y cumplirá el papel sublime que ya “il dolce stil nuovo” le había otorgado (en especial en la Vita Nuova). 
Beatriz amonesta a Dante por sus pecados y ante el arrepentimiento del poeta lo acompaña por los cielos. En este último periplo pueden leerse los conocimientos astrológicos de la época, pues el poeta atraviesa los espacios de los planetas que giran en torno de la tierra (concepción geocéntrica del universo). Este ascenso del alma se entiende como la posibilidad de la elevación a través de la gracia y la fe. Dante sube entre las columnas de ángeles, entre los santos y mártires hacia la visión definitiva: Dios. Contempla la Rosa Mística y escucha la música celestial. Beatriz se aleja para ocupar su lugar en la Rosa y rezar. San Bernardo será el último guía del florentino que ha llegado al Móvil Primero de acuerdo con los postulados de la escolástica medieval. 
La Luz eterna lo ciega, lo obnubila, las palabras no alcanzan y en los últimos tercetos del Canto XXXIII del Paraíso comprende que esa instancia única e intransferible golpea su alma, su mente, una instancia que no puede ser dicha porque ni siquiera la fantasía (y la fantasía poética) puede abarcarla. Es el momento de la visión. 
Y entonces se puede advertir que ese lugar primordial está ocupado por el amor, el verdadero motor del universo: 
Con mis alas tan alto no volaba,
cuando repercutir sentí en la mente
un fulgor que su anhelo condensaba:
ya mi alta fantasía fue impotente;
mas cual rueda que gira por sus huellas,
el mío su querer movió igualmente,
el amor que al sol mueve y las estrellas.

 (Ángel Estrada Editores. Traducción de Bartolomé Mitre). 

 

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