Hoy, la necedad y la maldad van de la mano

Norbert Bilbeny, en 1993, escribió “El idiota moral”; un agudo ensayo sobre la banalidad del mal en el siglo XX. En él asegura que existe un mayor peligro ante la necedad que ante la maldad. “Ante el mal podemos al menos protestar, dejarlo al descubierto y provocar en el que lo ha causado alguna sensación de malestar. Ante la necedad, en cambio, ni la protesta ni la fuerza surten efecto. El necio deja de creer en los hechos e incluso los critica; se siente satisfecho de sí mismo, y si se le irrita pasa al ataque”.

El exministro de Salud de la Nación reapareció en el espacio público criticando al Presidente de la Nación por no haberlo defendido, denunció que había sido objeto de una “cama” y, al final, y en el colmo de su propio idiotismo moral, dijo: “Quizás cometí alguna estupidez”. De repente, los vacunatorios vip dejaron de ser una inmoralidad y una conducta en absoluto antiética por parte del ex-ministro y de sus funcionarios -entre ellos, la actual ministro, la doctora Carla Vizzotti-, y pasaron a ser una “estupidez”. 

La banalización del mal y su más pérfida naturalización.

Una estupidez es otra cosa. Lo que hizo el exministro es lisa y llanamente una inmoralidad. Un abuso del poder y un claro mal desempeño de sus labores de funcionario público. Eso como mínimo. En lo personal creo que hasta le cabe la Justicia penal si se pudiera demostrar que destinar vacunas a gente que todavía no la merecía, provocó el fallecimiento de otra gente que sí se encontraba esperando correctamente en la línea y que no la recibió. Ya nos olvidamos, pero el procurador general de la Nación, el inexplicable Carlos Zannini, se disfrazó de enfermero para recibir esa vacuna. ¿De veras es sostenible el argumento de la estupidez o estamos, en cambio, frente a un escenario de inmoralidad y, quizás, hasta de crimen permitido, avalado y escondido como tal por el poder?

Por supuesto no habrá Ley para estos personajes. Todos seguirán por la vida, impunes, sosteniendo la tesis de la “estupidez”. Porque no son estúpidos y porque disfrazar de estupidez la inmoralidad es el sello de su maldad. Porque son inmorales, porque son necios y porque, además, son malos; la peor combinación.

Argentina orilla los 120.000 fallecidos por COVID, aunque esa sea una cifra sobre la cual el gobierno se empeña en no hablar, minimizar y desviar toda la atención. Otra señal de su idiotismo moral; el sostener que si no hubiera sido por ellos la mortalidad hubiera sido el doble. No hacerse cargo de lo que pasó y redundar, con total descaro que, de no haber sido por ellos, todo hubiera sido peor. Contra fáctico indemostrable, y otro sello de la perversidad intelectual a la que apelan cada vez que no tienen ningún argumento real para explicar cualquier situación.

Todos estamos en el mismo mar

El filósofo Justin Smith nos hace razonar, -con toda justicia-, que: “Ni siquiera un Estado ideal, gobernado por el soberano más justo, estaría en perfectas condiciones de responder a un virus que no se interesa en absoluto por el bienestar de los seres humanos. Hasta los países mejor preparados y racionalmente gobernados registraron al menos algunas muertes, y sus medidas han suscitado serios problemas en materia de libertades cívicas y de vigilancia gubernamental que no van a desaparecer resuelta la crisis de la pandemia”. 

Es justo reconocer esto y tener esta cita en mente para establecer un buen punto de partida válido para cualquier análisis. Ahora bien, todos sabemos que, si bien el mundo sigue enfrentando la misma tormenta en un mar embravecido; no todos estamos a bordo de los mismos barcos.
Ni somos uno de esos países -como dice la cita- gobernados por el soberano más justo ni por el más capaz ni por el más inteligente ni el mejor intencionado, ni estamos siendo gobernados de manera sabia ni racional. No estábamos preparados al principio de la pandemia, tanto como seguimos sin estarlo hoy, casi dos años después de seguir sufriendo sus consecuencias.

La tormenta está probando ser muy fuerte, larga y nuestro barco tiene averías de toda clase y tamaño por todos lados. No parece haber ni un solo funcionario que sepa lo que hace en ningún lado, tanto como nadie hace lo que en cualquier navegación en tormenta se llama “control de daños”; la búsqueda sistemática de fallas, su inventario y su mitigación inmediata a como dé lugar. Por el contrario, el país parece estar conducido por una horda de “minions” que van por el barco rompiéndolo todo, agravando aún más sus averías riéndose mientras lo hacen.

La responsabilidad social

El Gobierno pidió a sus funcionarios que veranearan en el país, porque “cuidar los dólares es un acto de responsabilidad social”. 
Ya todos sabemos dónde veranearon la titular del Anses, Luana Volnovich y su novio, Martín Rodríguez, el segundo al mando en dicho organismo.
En cualquier lugar racional, las dos personas a cargo de una de las instituciones más grandes e importantes del país no podrían ser pareja: “conflicto de intereses”, le dicen. 

En cualquier lugar racional. Acá mientras ella festejaba en sus redes sociales que varios jubilados y jubiladas podían por fin veranear en Las Termas, y él proclamaba las ventajas del uso de plazas y parques públicos; ambos fueron fotografiados de vacaciones en el Caribe. 

Otro exintendente y ahora ministro, que hizo jurar la bandera a chicos de siete años invocando su nombre -es tan frágil nuestra memoria que tendemos a olvidar estos hechos tan aberrantes-; el gobernador de una de las provincias más pobres y olvidadas del país o el secretario de Seguridad de la Provincia más insegura del país; todos ellos fueron fotografiados veraneando en el exterior. Nuevamente; idiotismo moral. 

Aún cuando todos estos funcionarios tengan todo el derecho del mundo de veranear donde puedan pagar -siempre y cuando sea de su propio bolsillo-; es inmoral hacerlo cuando el país atraviesa la crisis por la que pasa, cuando tenemos casi 120.000 fallecidos por COVID; cuando la pobreza es cercana al 50% y el desempleo orilla el mismo guarismo; cuando la inflación es cercana al 50% interanual; cuando hay cientos de miles de familias sin luz ni agua apenas la temperatura sube por encima de los 30º; o cuando el presidente les prohíbe hacerlo.

Otra vez, todos los funcionarios olvidan la máxima del César: “La mujer del César no solo debe ser casta y pura; además debe parecerlo”. Ninguno de ellos es casto y puro. Lo más grave es que ni siquiera se preocupan por parecerlo.

 Un pésimo ejemplo

Es claro. El Presidente carece de autoridad moral. Carece de credibilidad y, él también, padece de idiotismo moral. ¿O ya nos olvidamos de la fiesta vip en Olivos que ofreció a “su querida Fabiola” a quien luego inculpó, en el colmo de la falta de hombría? 

Ahora, en otra muestra de desaprensión reciente ha dicho que “frenar la inflación depende de todos”, negando la realidad y trasladándonos a nosotros, los ciudadanos de a pie, su responsabilidad. No es cierto señor Presidente; no depende de nosotros. Así como tampoco es correcto achacar la culpa de la inflación a “cuestiones psicológicas” como afirmó con total analfabetismo económico y total falta de empatía social.

La inflación es su responsabilidad señor Presidente. Suya y de sus funcionarios. De nadie más. Del desquicio que es nuestra balanza comercial producto de los cupos, cepos y aranceles; de un déficit fiscal populista, perverso y dañino; de la emisión monetaria descontrolada; de la negociación ideologizada y equivocada de la deuda con el FMI, la cual es apenas el 10% de la deuda total del país-; del índice de endeudamiento por el cual el total de nuestra deuda externa alcanza el valor de un PBI completo; de la caída del PBI per cápita que alcanzó el 16% entre los años 2001 y 2021; de la falta de inversiones y del hecho, real, que su gobierno sigue expulsando cerebros, capitales, empresas y toda aquel que busque tener un futuro mejor. Usted es el responsable de todo este descalabro señor Presidente. No nosotros. Y tampoco es nuestra responsabilidad arreglar su descalabro.

Nuestra responsabilidad se acaba en el voto. Usted y su gobierno tienen la obligación de responder a ese compromiso. 
Se puede perdonar la ignorancia; hasta Jesús dijo: “Padre perdónalos, porque no saben lo que hacen”. Pero son imperdonables la necedad y el mal cuando son hechos a propósito; con intención. Más imperdonable todavía es la apatía moral de los seres inteligentes que, o se pliegan a esta maldad, o se inclinan ante ella. O les resulta indiferente.
Toda sociedad tiene la elite que se merece. Es hora de asumirlo. Todo país tiene el gobierno que se merece; corolario ineludible a la afirmación anterior.

 

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