La "Rusa María", la mujer que cambió la noche de Salta

El 27 de septiembre pasado se cumplieron 49 años de la muerte de doña María Grynztein, una mujer que marcó a fuego y por treinta años la vida nocturna de Salta. Tuvo mucho peso político en la década del 30 y por eso podía mostrar los domingos después de misa su "mercadería" en coches de plaza descapotados alrededor de la plaza 9 de Julio.

Llegó al puerto de Buenos Aires el 19 de enero de 1922 desde Polonia, junto a su hermana Sara. Habían navegado más de 20 días en un camarote de segunda del vapor "Reina Victoria Eugenia". María tenía 25 años y Sara dos menos.

Ya en Buenos Aires, lo primero que hicieron fue buscar una pensión, y al día siguiente celebraron el cumple de María y seguramente brindaron por la nueva vida que les esperaba.

Hoy se hace muy difícil reconstruir los primeros pasos que las dos dieron en Buenos Aires. No solo por el tiempo transcurrido sino también por la cantidad de historias y leyendas que se tejieron alrededor de estas dos mujeres, en especial de María, que ni el idioma conocían. Seguro que lo aprendieron, como casi todos los inmigrantes, de a poco y mientras se ganaban la vida como podían en el Buenos Aires de entonces. Sara se puso de novia, se casó y se fue a vivir con su marido. Por su parte María, luego de varios amores pasajeros, decidió buscar fortuna en el interior de su patria adoptiva.

En Mendoza

No se sabe quien le arrimó el dato, pero en los últimos días del otoño de 1927 un tren la llevó a Mendoza. A los 30 años no era mal parecida: un metro sesenta y dos de estatura, ojos marrón oscuro, cabello castaño, tez blanca y una figura bien proporcionada. Y lo más importante: parecía una veinteañera. Fue entonces que decidió jugar su suerte. Una vieja meretriz mendocina la invitó a tomar el té varias veces. Le contó que había maneras de ganar dinero y retirarse a tiempo. Podía salir victoriosa para después iniciar una vida mejor pero con dinero, para que así nadie la señalara.

No lo pensó dos veces y cuando llegó el invierno ya tenía su cama de dos plazas, una mesa de luz, un gran espejo y una fuente con agua y desinfectante. Vestía un pulóver ajustado que realzaba su busto y pollera corta, bajo la cual asomaban sus muslos fuertes y blancos. Solía maquillarse porque "eso excita a los hombres", repetía.

A poco, consiguió que media docena de clientes la visitaran cada noche. Era necesario disponer de diez pesos para que trabajara como solo ella sabía hacerlo. Cada alba le dejaba en el cajoncito de su mesa de luz, sesenta pesos. La vieja madame pasaba entonces a retirar los treinta que le correspondían y fue por esto que María comenzó a odiarla. Una mañana -el día antes habían cobrado los empleados- pudo contar 140 pesos. Estaba agotada, le dolían los riñones, las piernas y tenía vómitos. Cuando llegó la madame por su parte, María mintió: "Hice 80 pesos", dijo. "No puede ser, aquí ninguna hizo menos de 120", protestó la señora. Discutieron y María la vio retirarse temblando de furia y creyó haber ganado, pero estaba equivocada. Minutos después regresó la vieja con un muchachón. La dejaron tirada, sangrando nariz, boca y de nuevo con vómitos. "Vayan al carajo...", les gritó en su media lengua desde el suelo, donde se lastimó los puños de tanto golpear el piso.

Por la golpiza recibida y cuando ya llevaba seis meses en Mendoza comenzó a trabajar por su cuenta hasta que la amenazaron. Fue entonces que alguien, quizá un amigo, le habló de Salta. Habían transcurrido dos años de su arribo a Mendoza cuando levantó sus tres valijas, guardó el dinero dentro de su corpiño, y se tomó las de Villadiego rumbo a Salta.

En Salta

Dicen que en 1929 llegó María a Salta. La fecha se perdió pero algún tren la trajo desde Retiro cuando aquí la pobreza era común a todas las mujeres de "vida aireada". Por entonces una muchacha bonita era la que acaparaba el interés de los hombres de aquellos años. Era la mejor: "La Cama i' bronce".

La primera amiga de María fue la Guillermina, mujer que la encauzó en el "ambiente" local. Pero antes de ello (nadie sabe cómo y ni cuándo) María se había casado con un hombre de apellido Lerner, dueño de un almacén de Córdoba y Tucumán. Los que lo conocieron decían que era un hombre bueno, honesto y tranquilo, y que encubría la vida de su esposa. Ella trabajaba en la casa lindera, ahora teñida de rubio, y coqueteaba con los mocitos locales. Al morir el marido heredó la despensa, pero ella tenía en mente otro negocio. Convenció a Guillermina que le vendiera el salón contiguo, volteó la medianera que lo separaba del antiguo almacén y allí montó el primer salón con señoritas.

Se inició con siete atractivas chicas de Córdoba, Tucumán y Mendoza. Sabía elegirlas y contaban que ella misma las examinaba físicamente, aunque no se conformaba con ello: les exigía conocer el oficio. Además, un médico de su más íntima confianza cuidaba la salud tanto de aspirantes como de pupilas. Fue por entonces que sus clientes, engañados por su acento extranjero, le agregaron un apodo a su nombre de pila, pasando a ser la "Rusa María", aunque en realidad era polaca.

El cabaret se hizo famoso y el negocio comenzó a agrandarse

Casi en un abrir y cerrar de ojos, el cabaret de la Rusa María se hizo famoso y pronto el negocio comenzó a agrandarse al amparo de la prostitución autorizada en la provincia.

Expansión

Entonces nacieron sucursales y así surgió El Globo, a ojo de buen cubero, uno de los más lujosos salones del país. Tenía un salón de espera donde se podían degustar las marcas más finas de whisky, todas importadas, pues aún no existían las nacionales.

Allí se podía entablar conversación con las chicas y hasta echarle una mano sin cargo, pero cuando una habitación se desocupaba, María muy sería tocaba las manos y en voz alta decía: "Bueno muchachos, vamos a cortarse el pelo". ¡Y se cortaban!

Al concluir la década del 30, María tenía 44 años, prestigio y un nuevo amante: Miguel, quien fue asesinado en Tucumán. Luego del duelo, se mudó y compró Armenonville, en la esquina de Tucumán y La Rioja, cerquita de "El Mendocino".

En la década del 40, época de oro del bajo fondo salteño, María, ya alejada del trabajo, se había convertido en una empresaria y era dueña de por lo menos cinco salones. Pocos hombres importantes del país que pasaban por Salta se iban sin conocer uno de sus salones.

En los años 50 se dejo cautivar por el lujo y en 1953 creó otro salón, prácticamente el último: Las Vegas. Y al fondo, erigió su casa de un lujo deslumbrante y con todo confort.

La dura resistencia que opusieron esas mujeres a la policía

Pero, como a todas las cosas de esta vida, a María Grynztein también le llegó el ocaso.

En 1962 dijo no tener parientes, ignorando a Sara, perdida en Buenos Aires, aunque no se sabe si alguna vez se volvieron a encontrar.

Al parecer su fortuna no tenía herederos, ya que su segundo esposo legítimo, don Marcos Isaías Espeche, también había fallecido.

Luego del derrocamiento del presidente Dr. Arturo Frondizi en abril de 1962, su sucesor Dr. José María Guido, designó como interventor en Salta al Ing. Pedro Félix Remy Solá, cofundador del partido Demócrata Cristiano.

Fue este interventor quien resolvió terminar con la prostitución, clausurando todas las actividades del "bajo fondo" salteño. Se dice que el gobernador no escuchó el alegato de María: "Yo cumplo una verdadera función social. ¿Qué sería de la juventud si yo no cuidara su futuro?".

Ocaso

Pero todo cayó en saco roto y, de a poco, las calles Córdoba, Tucumán y Zabala comenzaron a despoblarse. Los diarios de la época reflejan la dura resistencia que opusieron esas mujeres a la policía de entonces.

En sus calles, desnudas y portando lavatorios cargados con agua y desinfectantes, arremetían contra los "agentes del orden".

La calma regresó al bajo salteño cuando un año después, el 12 de octubre de 1963, Remy Solá debió entregar la gobernación al Dr. Ricardo Durand. Fue una calma chicha, pero María no llegó a ver el final del bajo, que nunca volvió a ser el mismo.

María enfermó a los 65 años, sufría fuertes dolores en el hígado y tenía un amante joven, Alfredo, el último.

Cuentan que la atendía con gran dedicación mientras intentaba que la mujer le transfiriera sus bienes. Una noche Alfredo cayó herido por un balazo y, moribundo, lo llevaron al hospital, donde María lo visitó.

Se hizo cargo de todos los gastos hasta que finalmente logró que médicos, enfermeras y medicinas salvaran la vida de su último amor. Pero, cuando este sanó, nunca más se acercó a ella.

En agosto de 1963 María ya pisaba los 66 años y estaba muy mal, casi vencida. Su enfermedad se agravaba día a día hasta que fue internada en el Instituto Médico de Salta. Allí, cuando los médicos intentaban una cirugía, su corazón no soportó la anestesia y falleció el 27 de septiembre de 1963.

El sepelio

A su muerte, nadie encontró nada en su casa ni en sus cuentas bancarias. Entonces, todas las chicas del bajo aportaron una noche de trabajo para comprarle un ataúd y pagar el servicio de sepelio de Casa Caffoni. Un breve cortejo acompañó sus restos hasta el cementerio israelita. Y cuando parecía que su entierro se iba a desarrollar con normalidad, surgió un inconveniente: no querían sus restos en ese campo. Luego de largas y lamentables discusiones ante el féretro, este fue llevado a pulso hasta el cementerio de la Santa Cruz, pero allí tampoco la querían. Al final, gracias a un amparo judicial pudo ser sepultada.

De sus bienes, nada se supo. Se habla de un examante que huyó a EEUU con sus joyas, gran parte de su dinero y con una de sus pupilas. También se dice de un sobrino suyo de Buenos Aires que tan rápido como llegó se fue, luego de conversar con ella. Hay muchas versiones y creencias, pero los que conocían la verdad se llamaron a silencio y el secreto se lo llevaron a la tumba.

La política

"Fue seguidora de los conservadores y en sus salones solía mezclarse el amor con la política. Hacía aportes dinerarios a su partido favorito y, una vez, con un expresidente de facto adentro, su salón más lujoso trabajó a puertas cerradas".

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