Qatar, un modelo de pragmatismo

Ahora que ya nadie en el mundo ignora la existencia ni el esplendor económico de Qatar, la dinastía gobernante en el pequeño emirato árabe busca capitalizar políticamente la gigantesca vidriera internacional que le otorga la realización del Campeonato Mundial de Fútbol para avanzar en su ambiciosa estrategia de posicionamiento en el escenario global, cuya premisa fundamental es ganar amigos y socios en todas partes mediante la radicación de inversiones en el exterior o la suscripción de acuerdos comerciales bilaterales con países a menudo enfrentados entre sí, como Irán e Israel, y especialmente con las dos grandes superpotencias que disputan la supremacía planetaria, Estados Unidos y China.

Qatar es un país singularmente extraño que sobresale por su extraordinaria prosperidad. Con un ingreso anual de 60.000 dólares por habitante, lidera el ranking internacional en esa materia. Su población de 2.900.000 personas está integrada por 550.000 cataríes nativos y 2.350.000 inmigrantes de las más disímiles nacionalidades, encabezados por 690.000 de origen indio. En otros términos, en Qatar viven más indios que cataríes. Esa particularidad está acompañada por una correlativa desigualdad social entre la pequeña minoría nativa y la inmensa mayoría de extranjeros. El Banco Mundial dice que su economía tiene el ritmo más rápido de crecimiento después de la pandemia a escala global. Su producto bruto interno aumentará este año un 4,9%, en 2023 un 4,5% y en 2024 un 4,4%.

El secreto de ese enorme poderío económico reside en que Qatar es el principal exportador mundial de gas natural licuado. Hasta 1939, fecha del descubrimiento de petróleo, era un desierto semihabitado que hasta la primera guerra mundial había sido parte del Imperio Otomano y luego quedó bajo el mandato británico hasta 1970, fecha de su independencia. Pero el punto de inflexión ocurrió en 1971 cuando la compañía Shell puso en explotación en la costa nororiental el yacimiento de gas natural más grande del mundo, que más tarde pasó a compartirse con Irán porque sus 9.700 kilómetros cuadrados de superficie abarca las aguas territoriales de los dos países.

En una primera etapa la explotación de esas inmensas riquezas estuvo en manos de un consorcio de empresas estadounidenses y europeas, pero en la década del 70 comenzó un paulatino proceso de nacionalización. Los antiguos concesionarios pasaron a tener contratos de servicios con operaciones supervisadas por Qatar Petroleum (hoy Qatar Energy), la compañía petrolera estatal.

Las ganancias derivadas de la explotación petrolífera fueron canalizadas en el Fondo Qatar Investment Authority (QIA), un fondo soberano que maneja hoy inversiones por 450.000 millones de dólares, diversificadas en obras de infraestructura dentro del país pero fundamentalmente en el exterior. QIA es propietario del 15% de las acciones de la Bolsa de Londres y parte de la famosa tienda Harrods, del paquete accionario de Iberia y de British Airways, de los bancos Barclays y Credit Suisse, de los lujosos hoteles Ritz y The Savoy, de las famosas joyerías Tiffany y del Empire State, el emblemático rascacielos de Nueva York. La operación de mayor impacto mediático fue en 2011 la adquisición del Paris Saint Germain (PSG).

La economía qatarí es manejada con mano de hierro por la Casa Real, encabezada por el jeque Tamin bin Hamad Al Thani. Su padre, el jeque Hamad, abdicó en 2013 pero ejerce todavía una notable influencia en las decisiones. Hamad había ascendido al trono en 1995 como resultado de un golpe de estado contra su padre, Jalifa bin Hamad al Thani, a quien comunicó telefónicamente su destitución. El sistema constitucional es una monarquía absoluta. El emir gobierna con la colaboración de un Consejo Asesor de 45 miembros, de los cuales treinta son elegidos por el voto popular de la minoría nativa, aproximadamente el 20% de la población total, y los quince restantes son designados directamente por el soberano.

El fatalismo geográfico une el destino de Qatar, que forma parte del Islam sunita, con su vecino Irán, sede mundial de los musulmanes chiitas. El hecho de compartir los yacimientos de gas más grandes del mundo hace que la prosperidad económica de ambos países los obligase a un esfuerzo de pragmatismo, que generó conflictos entre Qatar y Arabia Saudita y las demás monarquías petroleras que integran el Consejo de Cooperación del Golfo (CCG), firmemente alineadas contra el régimen de Teherán.

David Roberts, un reputado analista internacional británico, explica que la necesidad de garantizar su seguridad es la fuerza motora de la política exterior qatarí, pero que modificó la estrategia para lograrlo. Antes trataba de "esconderse para evitar cualquier tipo de problemas". Thani, en cambio, pretende "contar con el mayor número posible de aliados internacionales para que, en caso de que efectivamente algo le pasara a Qatar, la gente no se quedase rascando la cabeza y pensando: ¿existe un país cuyo nombre empieza con Q?". Con esa visión, para contrapesar esa sociedad económica con Irán, Qatar estableció una alianza militar con Estados Unidos. La cooperación entre Washington y Doha comenzó en 1990 

con la guerra del Golfo, cuando el emirato se sumó a la coalición que expulsó de Kuwait a las fuerzas iraquíes lideradas por Saddam Hussein. La expresión emblemática de esa entente fue la construcción de la enorme base militar estadounidense Al Udeid. El actual emir fortaleció esos vínculos cuando ofreció a Doha como sede de las negociaciones entre EEUU y los talibanes para poner fin a la guerra de Afganistán. A tal efecto, los talibanes abrieron en 2013 una oficina de enlace en la capital qatarí.

Esa estrategia de apaciguamiento con Washington se profundizó durante el gobierno de Donald Trump. El emirato secundó los esfuerzos de la Casa Blanca para estrechar las relaciones entre las monarquía del Golfo e Israel, precisamente con el objetivo de contener la expansión de Irán en Medio Oriente. El campeonato mundial de fútbol sirvió como excusa para la realización de los primeros vuelos directos entre Tel Aviv y Doha. Otra demostración del pragmatismo político qatarí es el flamante acuerdo celebrado con China para la exportación de gas natural licuado. Ambas partes destacaron que el convenio estipula una duración de 27 años, el plazo más largo convenido hasta ahora entre dos países para el abastecimiento de combustibles. Una sutileza adicional, que permite que esa iniciativa no colisione con los intereses estadounidenses, es que el abastecimiento de gas de Qatar disminuirá la dependencia china de la importación de gas desde Rusia.

Thani comprendió también que un pequeño estado como Qatar tenía que generar un "softpower" (poder blando) que le posibilitara ejercer una influencia política regional que estuviese más allá de su poderío militar. De allí la importancia estratégica atribuida y los recursos asignados a la creación de Al Jazeera, el principal canal de noticias del mundo árabe, diseñado a imagen y semejanza de la CNN, que alcanzó inclusive una notable penetración en el mundo occidental.

Esa estrategia explica la dimensión de los esfuerzos desplegados por el emirato para conseguir que por 22 votos contra 14 a favor de Estados Unidos, el Consejo Directivo de la FIFA eligiese a Qatar como sede del mundial 2022. El famoso "FIFAgate", que reveló corrupción en los máximos estamentos directivos del fútbol internacional, fue producto de una exitosa "política de Estado". Después de semejante logro, para usar las palabras de Roberts, nadie en el mundo tendrá que preguntarse si existe un país cuyo nombre empieza con Q.

 

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