Historias y travesuras de “El Duende de la estación” 

Cuentan los memoriosos que hace muchos años hubo en Salta un duende que fue famoso por sus travesuras. Y dada la jurisdicción de sus andanzas los lugareños lo apodaron “El duende de la Estación”. Como todos los de su calaña, era petisón, fornido, sombrero alón, con una mano de “fierro” y otra de lana y para más, calzaba unas inmensas botas de cuero. Pero había algo significativo que lo diferenciaba del resto de sus congéneres. Mientras otros vivían a la sombra de una higuera, sótanos, aljibes, campanarios, leñeras, hornos abandonados o en el subsuelo de la Legislatura, él prefería estar cerca del traqueteo ferroviario. Eso le encantaba. Le fascinaba todo lo vinculado a los trenes y quizá por eso se aquerenció en la estación de nuestra ciudad, lugar donde su fama fue muy mentada hasta los años 70 del siglo pasado. Y fueron los memoriosos del riel los que rescataron sus innumerables travesuras, algunas de las cuales vamos a contar aquí. Pero lo que los viejos ferroviarios nunca pudieron saber, es si el duende, en su largo trajín, era de La Fraternidad o de La Unión Ferroviaria. 

Otra de las incógnitas que dejó este personaje es que nunca se supo cómo llegó y cuál fue su procedencia. Y eso fue justamente lo que dio lugar a que con el tiempo se tejieran varias historias sobre su origen natal.

Como sabemos, en 1890 arribó el ferrocarril a Salta y al parecer el granuja llegó en uno de los primeros trenes y de inmediato buscó un rincón para quedarse en nuestra primitiva estación. Para unos, este sotreta procedía de alguna estación tucumana, lugar donde habría hecho sus primeras letras en el arte de encontrar cosas antes que se pierdan. Para otros, era un duende común y silvestre que, previo al tren, vivía en algún horno casero de los alrededores donde luego se erigió la estación.

Algunos ferroviarios contaban que al travieso nunca le faltó en la estación un rincón donde vivir, ya que siempre tuvo a mano las templadas calderas de las locomotoras. Para otros, su sitio preferido era la leñera, un galpón aislado para acopiar la madera que las locomotoras usaban como combustible. Según recordaban, ese depósito era el sitio que más temían los ferroviarios, ya que allí no solo podían ser sorprendidos por alguna trampa del duende, sino también por la cantidad de ratas, víboras y viborones que juntaba la madera traída del monte chaqueño. Pero al mequetrefe eso no le molestaba, por el contrario, se entretenía pues más de una vez habían encontrado a las temidas yararás anudadas como piolas y otras veces maneadas a la cola de una pobre rata. 

Travesuras

De todos modos, el sabandija siempre se las ingeniaba para inventar trapisondas y ejercitar la paciencia de los más pacíficos cristianos o no cristianos. Según mentas, a menudo sacaba de quicio al jefe de estación, a playeros, maquinistas o guardabarreras al dar salida a los trenes tocando a deshora la campana de la estación. Otro capricho que tenía era poner en marcha las locomotoras o de improviso hacerlas “pitiar” para asustar a perros o cristianos.

Por otra parte, era de asediar a quienes merodeaban las vías de la estación. Es que entraba en cólera cuando veía que la gente ignoraba el cartel “Prohibido transitar por las vías”. Para castigar a esos transeúntes, el tarambana embadurnaba las vías con grasa para que resbalen y caigan sobre los durmientes enaceitados. Pero la diablura más mentada fue cuando a dos escueleros que acostumbraban colgarse de las barreras bajas, los izó de improviso hasta las alturas al accionar la manivela cuando el guardabarrera estaba en el escusado. Años después, uno de esos izados, un respetado arquitecto salteño, solía recordar en una mesa del Bar Los Tribunales, aquella inolvidable experiencia vivida en el paso a nivel de la calle Mitre, muy cerca de su casa.

Tren alzado

Otro resonante caso fue cuando de madrugada el muy canalla se trepó a la cabina de la locomotora de un tren mixto (pasajero y carga) que estaba a punto de partir a Tartagal. Subió cuando vio que el maquinista por un trámite previo se alejaba. De un brinco y sin que nadie lo viera, tomó los comandos, accionó una palanca y patinando, la máquina salió a todo vapor rumbo a General Güemes. Dicen que a gran velocidad lo vieron trasponer el paso a nivel de la calle Mitre hasta perderse en la oscuridad llevando tras de sí una docena de vagones, muchos repletos de pasajeros. A gran velocidad pasó por Chachapoyas y después se encaminó a Mojotoro, donde luego de trasponer el túnel abandonó la formación en pleno campo. Ante esto, los ferroviarios no sabían qué hacer. Al principio pensaron que el tren se había alzado pero luego dedujeron que era imposible, ya que ningún tren se alza cuesta arriba. Finalmente concluyeron que solo podía ser obra del mequetrefe que conocía cómo conducir una locomotora pues llevaba años observando. 

Un pionero

Otro de los gustos que se daba “El Duende de la estación” era que habitualmente se escondía en los trenes que a diario corrían por el Valle de Lerma. Se dice que en reiteradas oportunidades hizo de las suyas por Campo Quijano, Rosario de Lerma y Cerrillos. Le gustaba meterse en los corrales que el ferrocarril tenía en cada estación y travesear a los pobres animales que luego iban a ser llevados a Chile. De noche los molestaba para hacerlos mugir a deshora y así desvelar al vecindario. Y para eso les tiraba los rabos u orejas o los hincaba con un palo en sus partes más pudendas.

Otras veces era de subirse a los trenes que por aquellos años iban a Alemanía. Cada tanto se bajaba a dañinear en las estaciones intermedias de La Merced, El Carril, Coronel Moldes o Talapampa. Ahí también hacía iniquidades, especialmente cuando el tren regresaba a Salta con cargas de vino de Cafayate. Además de alzarse unas trancas que había que tratarlas de usted, desparramaba el vino por todo el vagón.

Y fue justamente en un viaje de Alemanía que el sotreta logró hacer rodar una bordalesa de vino hasta que esta se cayó en un barranco cerca de Ampascachi. Al golpearse la barrica, derramó su contenido formando un charco de casi 200 litros de un fragante vino. Y quizá, atraídos por esos aromas, los animales del lugar comenzaron a acercarse para beber de la charca mientras el sotreta observaba chocho el desenlace de aquella libación. Así fue que de a poco se reunieron cerdos, caballos, vacunos y hasta algunas aves del campo y de corral. Y de pronto el alcohol hizo su trabajo en la conducta de los animales. El caballo, ya medio chispeadito, le dio una feroz patada a un toro que también ya mostraba señas de malhumor. Y el chancho hizo lo suyo cuando se puso a pelear con un burro, y el toro con el chivo hasta que finalmente a la amable e improvisada libación le siguió una descomunal trifulca animalesca que concluyó cuando los contendientes no pudieron seguir en pie, ni aún los de cuatro y cinco patas. 

Desaparición del duende

Y así, de travesura en travesura, pasaron los años hasta que un día “El Duende de la estación” fue echado de menos. Y así, como tan misteriosamente había aparecido a fines del siglo XIX, del mismo modo se hizo repelús allá por los 70. No se sabe si fue coincidencia o qué, pero lo cierto es que el granuja dejó de molestar cuando las locomotoras a vapor fueron raleadas y enviadas para su desguace total y definitivo a Altos Hornos Zapla. Algunos creen que se fue en el interior de una de esas locomotoras que primero se amontonaron en Metán y luego se trasladaron a Zapla. Y por supuesto, no faltan los que creen que el mequetrefe decidió correr la misma y trágica suerte de esas poderosas locomotoras y fundir su etéreo cuerpo con al acero de los juguetes que más amaba. Pero como el Duende es eterno -según duendólogos lugareños-, seguro que ahora andará por ahí reconvertido en vaya saber qué catramina o machinato, porque es hijito pa    ra inventar cosas molestosas. 

 
 

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