Ya somos 8.000 millones: ¿Y si Robert Malthus tenía razón?

“De Quincey escribe que la historia es una disciplina infinita o, a lo menos, indefinida, ya que los mismos hechos pueden combinarse, o interpretarse, de muchos modos”.

Esta cita, escrita por Jorge Luis Borges como parte del prólogo a la edición en español de “Historia de la decadencia y ruina del Imperio Romano” -un clásico entre clásicos-; sirve para remontarnos a la obra más conocida de Malthus y, quizás, poder reinterpretarla.

Robert Malthus fue uno de los primeros economistas ingleses y profesor de la cátedra de Historia Moderna y Economía Política en el East India College. Su aproximación a la disciplina -a través de la intuición y la inducción-, desentonaba por completo con la de su amigo David Ricardo, otro de los padres fundadores de la economía inglesa, alguien en extremo teórico, abstracto y apriorista. El contraste entre sus formaciones y personalidades, así como la divergencia entre sus ideas no podía ser mayor. Sin embargo, su amistad pasó a la historia por haber generado el intercambio epistolar más importante en el curso del desarrollo de la Economía Política.

Estas diferencias intelectuales y teóricas nunca estorbaron su amistad: “Como en otras polémicas, después de mucha discusión, también nosotros mantenemos nuestras propias opiniones. Empero estas discusiones no han perturbado nunca nuestra amistad. No le tendría más afecto que el que le profeso si usted hubiera estado de acuerdo con mis opiniones”, escribió David Ricardo, poco antes de su muerte. Ojalá pudiéramos mantener, hoy en día, discusiones tan acaloradas y de tan alto nivel de honestidad intelectual y de respeto como las que ellos mantuvieron a lo largo de décadas. Hay una lección en esto.

Si la disciplina económica del siglo XIX hubiera prosperado de las ideas de Robert Malthus y no de las de David Ricardo, quizás nuestro mundo sería hoy distinto. No sé si seríamos más sabios y más ricos como afirman algunos historiadores económicos, pero si, cuanto menos, distintos.

Ensayo sobre la población

El postulado básico de Malthus en su “Ensayo sobre el principio de la población”, podría ser resumido de la siguiente manera: la población crece de manera geométrica (se multiplica por un factor fijo cada determinado lapso), mientras que los alimentos crecen en forma lineal (se suma una cantidad fija en ese mismo período de tiempo). Esta teoría dio origen a un movimiento, los maltusianos, quienes veían en el crecimiento de la población “el fin del mundo”, al creer que sería imposible alimentar y proveer de agua a toda esa población. Según esta tesis, de no intervenir obstáculos represivos (guerras, pestes, etc.), el crecimiento de la población se mantendría en el límite permitido por los medios de subsistencia, sino en el hambre y la pobreza.

En el año 1804, apenas cincuenta años después de la introducción de la máquina de vapor en Inglaterra y muy poco después del comienzo de la llamada Primer Revolución Industrial, el mundo alcanzó la cifra de mil millones de personas. Le tomó a la humanidad nada menos que 250.000 años alcanzar ese hito. De ahí en más, solo pasaron 123 años para alcanzar la cifra de dos mil millones de personas en 1927; treinta y tres años para llegar a los tres mil millones en 1959; cuatro mil millones en 1974 y cinco mil millones en 1987. El 12 de octubre de 1999, nació el ser humano número seis mil millones mientras que, tan solo 12 años más tarde, nacía el bebé número siete mil millones, el 31 de octubre de 2011. Se espera que en noviembre se alcance la cifra de ocho mil millones, 9.700 millones en 2050 y 10.400 millones en 2080. Como se ve, el crecimiento poblacional es exponencial.

En eso Malthus tuvo razón. Esto, empujado por un contexto de un aumento significativo de la expectativa de vida de la población mundial y de una reducción, también significativa, de la tasa de mortalidad infantil global.

En mi opinión, hay un error importante en su tesis y que, para ser justos, era muy difícil de prever en ese momento. Es fácil verlo hoy, en retrospectiva. Malthus no previó los saltos cualitativos y cuantitativos que impuso la tecnología y que permitió evitar la catástrofe imaginada por los maltusianos; objeción que también planteó Karl Marx en “El Capital” casi 100 años más tarde.

Es verdad que, a cada desafío planteado, el hombre se las ingenió para evitar la catástrofe. Se mejoraron los rendimientos de los cultivos; se crearon medios masivos de producción y de distribución de alimentos; se crearon nuevas formas de energía; se lograron plantaciones en desiertos y, hoy, hasta se está obteniendo agua del aire o agua potable del agua de mar.

Pero ¿qué pasa si Malthus tenía razón? ¿Qué pasa si en lugar de considerar como recursos escasos solamente a los alimentos y al agua, se piensa en la biósfera como un recurso vital, escaso e irreemplazable? ¿Qué pasa cuando el hábitat es expoliado más rápido que su tasa natural de reposición? Hoy, el hombre consume una vez y media más de lo que el planeta puede producir de manera sustentable. Me parece que, desde esta perspectiva, el planteo de Malthus sigue vigente.

Esos raros telefonitos nuevos

Tomemos un ejemplo que parece trivial pero que no lo es. Un smartphone.

Si hacemos la cuenta de los recursos necesarios para su producción (chips, baterías, plástico y, más importante, las “tierras raras” extraídas de zonas de absoluta anarquía ecológica); la cantidad de recursos eléctricos consumidos cada día durante toda su vida útil y; una vez descartado por un modelo nuevo mejor, la poca reciclabilidad que tienen; el impacto ambiental que produce fabricar, utilizar y descartar un teléfono inteligente asusta.

Sin embargo, el 80% de este impacto ambiental proviene de su fabricación. 

Son necesarios, en promedio, 70 kilogramos de materias primas, provenientes de los cuatro rincones del mundo, para fabricar un smartphone de 160 gramos. ¡Un telefonito de apenas 160 gramos necesitó 70 kilos de materias primas! Y, entre los años 2011 a 2021 se vendieron 13.570 millones de unidades a nivel global. Eso significa casi un billón de kilos de materias primas en una década. Y no existe nada que se parezca a un smartphone ecológico; eso es, hoy, un oxímoron.
No somos conscientes del daño que le estamos produciendo a la biósfera; y que podría ser irreversible. No es solamente las toneladas y toneladas de dióxido de carbono, metano, nitrógeno e infinidad de otras substancias que hemos liberado a la atmósfera desde 1750 hasta hoy; elementos acusados de ser responsables del calentamiento global y, ergo, del cambio climático. O de los niveles de acidificación y desoxigenación que se están verificando en los océanos; o de la cantidad de recursos naturales que estamos extrayendo a escalas irrecuperables. O la extinción masiva de especies que estamos provocando.

El efecto rebote

Una de las más famosas paradojas dentro del campo de la economía ecológica es la llamada “Paradoja de Jevons”, también conocida como “efecto rebote”. Planteada por el economista y filósofo inglés William Jevons, expone que, a una mayor eficiencia en el uso de un recurso, más crecerá su demanda. En su obra, de 1865, titulada “La cuestión del carbón”, Jevons observó que el consumo del carbón se elevó en Inglaterra después de la introducción de la máquina de vapor que mejoraba en gran medida la eficiencia del primer diseño de Newcomen. La máquina de vapor multiplicó tantas veces la potencia de las máquinas existentes que la tecnología se hizo global y transversal a toda la industria y, aunque la cantidad de carbón necesaria para cada aplicación concreta disminuyera, hizo que aumentara el consumo total de carbón. La tecnología exacerbada nos podría llevar por este mismo camino. Con todos sus beneficios, existe un lado oscuro que no estamos midiendo ni considerando.

Una angustia existencial

A Malthus lo angustiaba ver el crecimiento demográfico exponencial y entender que no existirían los alimentos y el agua necesarios para alimentar a toda esa población. Las nuevas generaciones - sin conocer a Malthus, y sin saberlo - son neomaltusianas en su forma de entender el planeta.

Les angustia ver como seguimos produciendo cosas de manera no sustentable; como seguimos extrayendo recursos naturales de la Tierra a una velocidad muy por encima de su tasa de reposición natural; o cómo seguimos lanzando a la atmósfera 46.000 millones de toneladas por año de dióxido de carbono (CO2), metano, óxido nitroso y gases fluorados (HFC, PFC, SF6). Y la curva es creciente y la tasa de liberación no decrece; a pesar del Acuerdo de Paris y de todos los compromisos internacionales firmados a la fecha. Desde el primer acuerdo sobre emisiones a la fecha, se han incrementado las emisiones en más de un 60%.

La des - fosilización de la economía global es un camino que debe ser emprendido, pero con el acuerdo y el compromiso de todos los países. Bajar las emisiones en 2050 no depende de la buena voluntad de algunos países que, incurriendo por un lado en costos extraordinarios para la renovación de su infraestructura energética, se vean obligados a subsidiar la falta de compromiso de otros países por el otro. Y no hay gobierno supranacional que regule la biósfera ni pueda ejercer un control cuasi estatal sobre ella; entendida como bien común de la humanidad. Quizás el más importante bien común en la historia de la civilización.

Coda

Es cierto que aún no se ha logrado todavía consenso mundial sobre los alcances del cambio climático o sobre sus consecuencias. Tampoco se ha probado - más allá de toda duda -, que el cambio climático sea consecuencia directa de la actividad del hombre sobre el planeta o si se trata, en cambio, de un ciclo natural. Tampoco hay consenso sobre si, cuando el problema sea en verdad dramático no se contará con tecnología capaz de revertir el proceso: Marx 2.0.

“Épocas hubo en que se leían las páginas de Plinio en busca de precisiones; hoy las leemos en busca de maravillas”; otra vez Jorge Luis Borges. Quizás sea hora de releer a Malthus; no buscando precisiones sino buscando sabiduría; ya que dudo que podamos encontrar las maravillas que solían deleitar a Borges.

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