“Vivir en las montañas y luego venir a Salta a estudiar no es fácil, se necesita mucha contención”

Dotar a los jóvenes de la Quebrada del Toro de las herramientas necesarias para la vida fue una de las principales preocupaciones y ocupaciones del recordado padre Sigfrido “Chifri” Moroder. Su obra, impulsada con enorme sacrificio y representada en el primer Colegio Secundario de Montaña fue sumando voluntades a lo largo del camino y perdura en el tiempo. 

De la semilla que el joven religioso sembró a principios de este siglo y que comenzó a germinar en marzo de 2010, cuando la institución abrió por primera vez sus puertas, hoy crecen vigorosos frutos. Ya se pueden contar por decenas los chicos oriundos de pequeños pueblitos esparcidos en la inmensidad de la Quebrada, que egresaron del colegio con alguna habilidad que les permite ganarse la vida dignamente y sobre todo, formados en valores. 

Tal como lo explica Carlos Figueroa desde la Fundación Alfarcito, los ejes de la obra son el “aprender a ser, aprender a aprender y aprender a emprender”. Y para esto último es necesario formarse, tarea nada fácil para los habitantes de los alejados poblados de montaña. Los jóvenes locales necesitan de medios para poder continuar con sus estudios superiores. Ese, precisamente, es la función del programa de becas “Padre Chifri” que otorga la ONG. Este apoyo permitió que jóvenes de la Quebrada pudieran estudiar en la ciudad de Salta carreras como geología, profesorados de primaria, educación física, para chef, enfermería profesional, para integrarse a las fuerzas de seguridad, entre otras disciplinas.

 

Primera psicopedagoga de la Quebrada

María Magdalena Olmos (24) es una de ellas. Se recibió de psicopedagoga en el Instituto Superior del Milagro. Ella nació y se crió en la finca El Toro, distante a varias horas de Alfarcito. “Cuando era chica iba a la escuela del paraje Las Cuevas. Desde mi casa tenía que caminar una hora de ida y otra de vuelta todos los días. Luego ayudaba a mi mamá con los corderos, las cabritas y a cultivar la huerta donde poníamos papa, arvejas, habas”, recordó la joven profesional. “No había mucho tiempo para jugar, como lo hacen todos los niños”, dijo.
Luego de terminar la primaria ingresó al secundario en Alfarcito. Este paso representó el primer cambio grande en su vida. Desde su casita hasta Las Cuevas tenía que andar por caminos de tierra al menos seis horas, para desde allí tomar el colectivo hasta el colegio de montaña. Por esa razón, quedó interna en la institución educativa. Sólo retornaba a su pueblito en vacaciones.

 Colegio de Montaña de Alfarcito

 

“El colegio fue mi segunda casa. Conocí a mucha gente buena, los preceptores, profesores. Teníamos cuatro orientaciones: turismo, carpintería, telar y agronomía. Fue una gran experiencia”, contó María.

 

 Camino a la casa de María, en medio de las montañas

 

Iniciar estudios superiores

Luego llegó el turno de decidir qué hacer después de concluido el ciclo medio. Siempre tuvo una fuerte vocación humanista y el ejemplo del padre Chifri sumado a experiencia vivida en el colegio de Alfarcito la marcaron profundamente. María contó que muchas veces le llamaban la atención los problemas que tenían los chicos, sobre todo por influencia de cuestiones emocionales a causa de padres separados, familias disfuncionales, falta de contención.

Ella quería hacer algo para ayudarlos, tal como lo hizo el padre Chifri que unió a las 25 comunidades de los cerros y les abrió toda una perspectiva de desarrollo. Pensó entonces que quería estudiar psicología o trabajo social, pero finalmente se decidió por psicopedagogía. Sin embargo, las dos primeras carreras las considera “materia pendiente”, y si la vida le da la posibilidad continuar especializándose incursionará en alguna de ellas.

 


Con el apoyo indispensable de una beca de la Fundación, pudo cursar los años de carrera y recibirse a principios de 2021. Hoy vuelca sus conocimiento, tal como lo pensó en un principio, en la tarea de guiar, ayudar, apoyar y contener a los chicos, especialmente a los de los cerros que continúan, al igual que lo hizo ella, estudios superiores en la ciudad de Salta. 

 

 Becarios de la Fundación Alfarcito junto a miembros de la ONG

 

De los cerros a la ciudad, un cambio enorme

“El mudarme aquí también significó un paso enorme en mi vida. Tenía que valerme por mi misma. No estaba mi familia. Todo era nuevo. Tenía que manejarme sola. Cuando volvía de clases a mi cuarto no había nadie. Es por eso que busco darle a los chicos que vienen a estudiar a Salta esa contención que me hubiera gustado tener”, detalló María.
María se radicó en Campo Quijano y trabaja en la Fundación Alfarcito. También dicta clases particulares. Atiende casos con dificultades de aprendizaje, motricidad, a leer y a escribir, entre otras cosas. Vive junto a su hermana, que también bajó de las montañas para estudiar Geología, en la Universidad Nacional de Salta. 

 

 

 

“Tengo esperanzas”

En junio de este año, la joven psicopedagoga de la Quebrada del Toro se anotó en la Junta Calificadora para sumarse a la enseñanza pública. “Tengo esperanzas. Hay mucho para dar, solo espero tener la oportunidad. La vida me bendijo al poner en mi camino gente que me ayudó a salir adelante, a ser mejor. Ahora yo quiero ser quien les brinde ese apoyo a mi gente y a muchos otros”, concluyó María.


 

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