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El pueblo quiere saber

Sabado, 02 de septiembre de 2023 02:08

La coyuntura impone una perspectiva depravada y miope. Mirando entre sus intersticios, aparecen dos fuerzas que marcan el ritmo de nuestra historia inmediata: el vacío de poder y el poder de lo falso.

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La coyuntura impone una perspectiva depravada y miope. Mirando entre sus intersticios, aparecen dos fuerzas que marcan el ritmo de nuestra historia inmediata: el vacío de poder y el poder de lo falso.

Desde hace semanas que Argentina no tiene jefe de Estado. Presidente y vice no tienen domicilio conocido; han dejado al país librado a su suerte. Una renuncia informal a ejercer el cargo, desde un lugar insólito para el poder que es el silencio. Nadie habla, ni jefes ni legisladores oficialistas ni nadie. Violación flagrante al deber constitucional: Dios y la Patria lo demandarán a su tiempo, pero hoy la consecuencia es el vacío de poder.

En ese marco, lo que prima es la potencia de lo falso, eso de que la verdad no existe, sino que es algo por crearse desde las palabras. La fertilidad de la mentira se presenta desde dos extremos, ambos con ropaje revolucionario. Uno, viejo y desteñido, responsable del triste escenario, insiste en que todo lo que pasa es culpa de otro, y que el futuro será luminoso de la mano de la misma fórmula que nos trajo hasta aquí: más Estado mal gestionado. El otro propone lo mismo, pero con una fórmula opuesta e históricamente igual o más gastada: sin Estado.

Claro que ninguno explica muy bien, porque la confusión es un presupuesto de la mentira. Uno, cómo hacer para que funcione lo que no funcionó durante tantos años. El otro, para que funcione lo que no funcionó en ningún lugar del mundo. Son dos modelos que se debaten entre la Arcadia (la melancolía del Paraíso perdido de Milton) y la Utopía (el lugar que no existe, de Santo Tomás Moro).

Es cierto que es casi difícil dialogar con un creyente o con un descreído. Y aquí está el problema mayúsculo para la tercera vía argentina, que se diferencia sustancialmente de las otras (motosierras o dádivas extorsivas) porque su raíz es institucional y democrática, y propone desde hace años algo que ya poco se discute en el mundo: "Tanta competencia como sea posible, tanto Estado como sea necesario" (Schiller). Volver a poner al individuo en el centro de la escena, pero desde la ley, las instituciones y la historia.

Solo queda un camino: la verdad. Explicar lo que sería el desenlace de los dos modelos extremos. Porque la mentira tiene patas cortas, pero hay que desenmascararla. Ante una sociedad abandonada a su suerte y con falsas opciones de tangentes, solo queda plantarse en lo que los griegos llamaban la parresia, que es la valentía de decir la verdad a cualquier costo.

Ya se ven los vivos de siempre correr al calor del poder para conservar privilegios, sea buscando carguitos (que oculten sus fracasos), sea intentando proteger sus "ventajas comparativas empresariales" desde el Estado. Saben mejor que nadie que las revoluciones son el mundo de Lampedusa: que cambie todo para que no cambie nada. Están en todos los frentes, en foros empresarios, en contactos con la justicia y sigue.

El verdadero cambio es siempre desde la autenticidad, desde la verdad, la única que da esperanza fundada. Esa tiene que ser la idea para una nueva creencia argentina. Porque hay un país posible, pero no se construye desde la mentira ni la cobardía.

 

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