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No es normal nada de esto que pasa

En apenas 12 semanas de gobierno, la concentración de las decisiones, la intolerancia al disenso y la prescindencia de los límites institucionales crea las condiciones para una grave crisis política, social y de seguridad.
Martes, 27 de febrero de 2024 20:42

Mientras transcurren los primeros meses del gobierno de Javier Milei, empezamos a notar comportamientos, acciones y tácticas políticas que amenazan la convivencia democrática por más disputada que sea. Es normal dentro de un esquema republicano de separación de poderes el control cruzado entre estos. El poder legislativo desea, el ejecutivo implementa y el judicial garantiza legalidad.

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Mientras transcurren los primeros meses del gobierno de Javier Milei, empezamos a notar comportamientos, acciones y tácticas políticas que amenazan la convivencia democrática por más disputada que sea. Es normal dentro de un esquema republicano de separación de poderes el control cruzado entre estos. El poder legislativo desea, el ejecutivo implementa y el judicial garantiza legalidad.

Son normales dentro del sistema de partidos los contrapuntos políticos en torno a ideas de legislación y propio motu ejecutivo. Hasta es normal que el poder legislativo y ejecutivo eleve críticas al judicial dentro del respeto de la norma y aceptando veredictos.

Es normal que líderes políticos interpelen al ciudadano con pasión y énfasis para dar a conocer una postura y contrastar con otros espacios. Es normal la disputa política parlamentaria, donde en Argentina es recurrente la hipérbole. Es normal que la protesta cívica se manifieste en libertad para dejar en claro posturas democráticas en contra de alguna medida. Es normal que el ejecutivo decida sobre el poder fáctico de la maquinaria del Estado y ponga en marcha una política alineada con una visión de gobierno previamente refrendada en una elección. Son normales los cambios de la planta permanente y política de las instituciones del Estado. Los cambios de gabinete, de las secretarias, y de los entes dependientes del ejecutivo.

Todo esto es normal dentro de un régimen de convivencia democrática. Es más, cuando la confrontación ocurre en un marco de respeto y cuidadosamente, marcando diferencias con la altura que le corresponde, esa diferencia enriquece. Aportar una visión nueva desde la crítica hace que el producto final del debate sea mucho mejor, incluya y sea resultado de consensos organizados donde no hay ganadores y perdedores; hay estadistas.

Romper la convivencia

Cuando se rompen estas condiciones de disenso político, lo que ocurre después no es productivo, no es deseado, no contribuye a mejorar las condiciones del país. Cuando el actor político principal que confronta desde la división, la violencia y el dogma es el presidente, la cosa no es normal.

No es normal presidir un país desde las redes sociales. No es normal combatir el disenso del mundo del arte como forma de aleccionar desde el poder. No es normal construir capital político desde el insulto. No es normal exigir resultados legislativos sin negociar abiertamente, y con reglas claras, consensos de Estado. No es normal sanear la economía desde una recesión inducida para después utilizar mediciones de pobreza para justificar más medidas de austeridad. No es normal celebrar eficiencias del Estado sin impartir recursos en educación, salud, previsión social y ciencia y tecnología. No es normal cerrar instituciones del Estado, algunas creadas para dar efecto al derecho internacional público, para demostrar la practica el anarcocapitalismo.

En este punto, la eliminación del INADI va en contra de las obligaciones de la Argentina en la Convención Internacional sobre la Eliminación de todas las Formas de Discriminación Racial de 1965. Amén de los marcos legales, la desregulación de las instituciones del Estado debe hacerse desde el plano estratégico y no meramente financiero. El Estado, aunque el presidente piense lo contrario, es más importante que el mito económico de la teoría del derrame. No es normal presidir un país asechando al disenso para así deconstruir lo que funciona. No es normal pretender gobernar sin hacer política. Hacer política es acordar consensos, en donde el dogma no tiene lugar preferencial sino es parte del debate. No es normal, tampoco, publicar 33 páginas de críticas sin una autocrítica de, por lo menos, la misma longitud. Tampoco es normal presidir un partido político desde el exterior.

Acudimos entonces a un escenario de nueva- normalidad entendida como riesgos latentes a la convivencia democrática. Puede salir muy mal el experimento del disenso violento como modus vivendi para revalidar una marca de acción personalista que se asemeja a querer ser "trending topic" que a ser lo que exige la Constitución. Recordemos el Articulo 99(1) y (2) de la Constitución donde el presidente "es el jefe supremo de la Nación, jefe del gobierno y responsable político de la administración general del país" y "expide las instrucciones y reglamentos que sean necesarios para la ejecución de las leyes de la Nación, cuidando de no alterar su espíritu con excepciones reglamentarias" (énfasis propio).

En otras palabras, la anormalidad de desacoplar el espíritu del Estado argentino en dos meses de gobierno roza lo inconstitucional. Justamente por eso no llama la atención la manera descuidada en la redacción y negociación de la fallida ley ómnibus. Una misma suerte le deparara al DNU 70/2023.

Miremos al mundo

El mundo ya nos dio lecciones y ejemplos de los riesgos a la convivencia democrática cuando la marca personal en la ex-twitter X sumado al dogma antiestatal es más importante que las atribuciones que pide el contexto político republicano. Los ejemplos de la desregulación a favor de lo puramente privado como antídoto al "gasto" y en búsqueda de la "eficiencia" también ya fracaso en el mundo. Repasando: Trump, Bolsonaro, Orban, Bukele, Abascal, Meloni, Le Pen, Wilders, Duterte, y una generación de partidos políticos que en vez de debatir la fuente de los graves problemas de inequidad, ineficiencia y desacople entre las expectativas ciudadanas y los servicios públicos, eligen la banalización de temas de batalla cultural para asaltar los procesos y convivencia democrática.

Quizás hoy todavía no tomamos dimensión de los eventos increíbles que vivimos, pero Trump asaltó el Capitolio por perder una elección y Bolsonaro lo copió en Brasil. El quiebre total de la convivencia democrática empieza con un tweet, sigue con una declaración radial insultante, con un discurso a espaldas del congreso, y termina mal. Siempre termina mal.

No es normal ni aceptable que la clase dirigencial y política actúe muy por debajo de lo que la investidura demanda.

Normalizar la conducta entendiéndolo como marketing político o alimentación de un branding de provocateur es sumamente riesgoso por dos razones. Primero, normalizar la tensión continua lleva a más tensión. Y segundo, abre un cisma entre la población a una polarización extrema, peor que la pasada grieta, donde la idea política es personal al punto de defender lo indefendible por fanatismo y no por evaluación de méritos. Cuando perdamos el dialogo a favor de la polarización, habremos entrado en un espiral que atenta contra la convivencia democrática.

De ahí a una grave crisis institucional, social y de seguridad no hay tantos pasos. No es normal gobernar pensando que la Argentina es un programa nocturno de televisión. Gobernar, dentro de lo normal, es lo opuesto.

* El autor es Codirector Droit Consultores

 

 

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