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El entierro del Viejo Carnaval en una carpa de San Agustín

Cómo era la perdida y olvidada ceremonia que se realizaba en las vísperas del Miércoles de Ceniza, que le daba la despedida al Diablo.  
Domingo, 25 de febrero de 2024 10:10

Era martes de carnaval y a la cinco de la tarde en "La Abajeña", carpa del pueblito de San Agustín, ya no entraba ni un alfiler. Esa noche, a las doce se realizaría como todos los años, el entierro del carnaval, ceremonia que doña Luisa cumplía religiosamente según la costumbre impuesta por su marido cuando en un descampado del lugar, levantó su primera carpa, allá por los años de 1940.

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Era martes de carnaval y a la cinco de la tarde en "La Abajeña", carpa del pueblito de San Agustín, ya no entraba ni un alfiler. Esa noche, a las doce se realizaría como todos los años, el entierro del carnaval, ceremonia que doña Luisa cumplía religiosamente según la costumbre impuesta por su marido cuando en un descampado del lugar, levantó su primera carpa, allá por los años de 1940.

Al anochecer de aquel día, la carpa estaba repleta de rostros blancos. Es que desde temprano la gente había participado de aquellos formidables "combates" entre hombres y mujeres y que consistían en lanzarse puñados de harina, talco o almidón. De sus cuellos colgaban retazos de coloridas serpentinas mientras que de sus cabelleras llovía generosamente papel picado.

Había pocos disfrazados, salvo uno que otro diablo escapado de la comparsa del pueblo vecino, pues San Agustín era tan pequeño por entonces -solo una esquina y cuatro rumbos- que ni comparsa tenía. Quizá por eso doña Luisa nunca dejó de parar la "La Abajeña", único lugar del poblado donde todos los años el carnaval asentaba sus reales para alegría y jolgorio de los agustineños de aquellos años.

Al fondo de la carpa y sobre una precaria tarima, los músicos repasaban viejas zambas y chacareras mientras la gente sencilla danzaba sin ostentación pero con gran entusiasmo. Así es que entre esas cabezas saltarinas se podía ver de tanto en tanto que una mano en alto lanzaba puñados de talco, harina o almidón.

Y así la fiesta siguió hasta que a la oración, músicos y bailarines hicieron un alto. El bullicio sosegó y cada cual regresó a su lugar, a su mesa, a su silla o a su cajón de cerveza, mientras se regaba la cancha con agua y pichana para asentar la tierra y de paso alejar pulgas y mosquitos. Y el descanso sirvió también para que antes del anochecer, se encendieran afuera y adentro de la carpa, los faroles y mecheros que esa noche iluminarían junto a dos potentes "Petromax", el entierro del Carnaval Viejo.

Llegada la noche, comenzó el último tramo del baile, ya que a las doce en punto en "La Abajeña" se realizaría la solemne ceremonia.

Las fondas

Mientras tanto, afuera, mirando el camino, una decena de fondas ofertaban para "componerse", sopa de gallina, empanadas fritas, humitas y tamales a calentar y vino suelto. Eran fondas de cuatro palos, techo de lienzo y tirantes que abajo cobijaban dos mesas yapadas a modo de mostrador. De cara al camino, tres o cuatro bancas para los comensales y atrás, el fogón, las ollas, la leña del cerro y un espacio para la cocinera, dueña y señora del lugar. Arriba y abajo de las mesas, damajuanas y tinajas para conservar al fresco humitas, tamales y bebidas. Del tirante delantero, estirada de palo a palo, una flameante y colorida guirnalda de papeles triangulares y en el medio, un cartel escrito a mano con el nombre bien grande de la fonda. De un esquinero y a resguardo de la lluvia, estaba el gancho donde se colgaba el farol y cuya llama no se apagaba durante las noches de carnaval. Y por supuesto, alrededor de ellas, grupos de hombres y mujeres de campo adentro, llegados de la otra banda del río Arenales, de El Huayco, Las Capillas, Sumalao o La Isla. Todos con sus orejas adornadas con ajados ramilletes de albahaca y una caja en la mano hábil para echarse las coplas decidoras. Y entre canto y canto, una sopa de gallina para aguantar el último trajín antes del Miércoles de Ceniza.

La despedida

A las doce de la noche, los músicos se llamaron a silencio y un lenguaraz desde la tarima anunció la ceremonia del entierro del carnaval. Todos esperaron de pie mientras las cajas no dejaban de retumbar en el recinto de lienzo. Fue entonces que por la puerta entró a los tropezones el Carnaval Viejo. Era un hombre con sombrero, vestido con traje oscuro, roto y desgastado y al que todos arrojaban hojas de coca, harina, papel picado y serpentina. Detrás venía una mujer sollozante, toda de negro, con un tul que le tapaba el rostro y casi a la par seis diablos astudos, vestidos enteramente de rojo, tridentes en mano pero tristes y cabizbajos. Todos caminaban rumbo al fondo de la carpa donde ya estaba listo el pozo para recibir al Carnaval Viejo. Llegado a la sepultura, ahí mismo se acomodó el hombrecito, en cuclillas y sollozando, mientras los presentes no dejaban de arrojarle puñaditos de tierra, papel picado, cigarros, coca y alcohol. Después, alguien le puso una manta negra al tiempo que un lugareño golpeando su caja, acercó a la tumba para echarle esta copla:

"El carnaval ya se ha muerto. Ya lo están por enterrar, Echenle poquita tierra, Que se vuelva a levantar".

Terminada la ceremonia faroles y mecheros se fueron apagando, mientras el sollozo de la gente, el retumbo de las cajas y las bagualas se elevaban al cielo como lamentos. Sin embargo, todos sabían que el próximo sábado y domingo, los primeros de la cuaresma, el Carnaval Chico asentaría sus reales en la misma carpa y en las mismas fondas para jolgorio de todos.

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