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16 de Febrero,  Salta, Centro, Argentina
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Therians: cuando actuar distinto se vuelve motivo de ataque

El fenómeno adolescente visible en diferentes espacios públicos del país, se inscribe en la larga historia de tribus urbanas que desafiaron moldes tradicionales. Lo novedoso no es la moda de disfrazarse de animales, sino la intolerancia con la que algunos reaccionan frente a ella.
Lunes, 16 de febrero de 2026 10:34
Therians

En las plazas de Salta, como en tantas otras ciudades del país, empiezan a verse escenas que a algunos les resultan desconcertantes. Chicos, en su mayoría adolescentes, que corren en cuatro patas, que usan colas de peluche, orejas de zorro o máscaras de lobo, que maúllan, ladran o aúllan como parte de un juego compartido. Se llaman a sí mismos therians. Y, como casi todo lo que irrumpe sin pedir permiso en el paisaje cotidiano, generan curiosidad, desconcierto y también rechazo.

Ahora bien, lo verdaderamente llamativo no es que existan adolescentes que jueguen a ser animales. Lo sorprendente y preocupante es la violencia con la que algunos adultos reaccionan frente a ese fenómeno. En redes sociales y también cara a cara, no faltan quienes los tratan de “enfermos”, “degenerados” o “anormales”, y hasta sugieren que deberían ser agredidos, verbal o físicamente. Como si el simple hecho de moverse distinto, vestirse distinto o expresarse distinto fuera una provocación intolerable.

Pero si uno mira la historia reciente con un poco de memoria, esa que suele faltar cuando juzgamos a las nuevas generaciones, advierte que no estamos ante nada nuevo. Las tribus urbanas no nacieron ayer ni con TikTok. El movimiento hippie de los años 60 fue perseguido, encarcelado y golpeado por llevar el pelo largo, usar ropa colorida y predicar la paz y el amor libre. Después llegaron los punks, los heavies, los góticos y los dark. Cada uno, en su momento, fue señalado como amenaza moral, como síntoma de decadencia, como “peligro” para la juventud.

Más acá en el tiempo, los otaku, fanáticos del anime, el manga y el cosplay, también fueron blanco de burlas y estigmatización. Lo mismo los gamers, los traperos, los k-popers, las e-girls y e-boys. Siempre hay una nueva etiqueta para nombrar aquello que el mundo adulto no termina de comprender.

Intereses, estética y códigos propios

Las tribus urbanas, en definitiva, son agrupaciones de jóvenes que comparten intereses, estéticas y códigos propios. Funcionan como refugios afectivos y como espacios donde construir identidad en una etapa particularmente frágil de la vida, la adolescencia. Ofrecen pertenencia en un mundo que muchas veces expulsa en vez de integrar. Tienen “uniformes”, jergas, rituales y lugares de encuentro. Antes eran plazas, recitales o centros comerciales. Hoy también son foros, servidores de Discord y algoritmos que conectan afinidades a escala global.

El fenómeno therian se inscribe en esa lógica. Es, en gran medida, una moda atravesada por el consumo masivo y amplificada por las redes sociales. Una “neo-tribu” líquida, que mezcla juego, estética y una narrativa identitaria que para muchos adultos puede sonar extravagante. Pero extravagancia no es sinónimo de delito, ni de patología, ni mucho menos de justificación para el maltrato.

Lejos de asustarnos, quizá convendría preguntarnos por qué nos incomoda tanto. ¿Qué nos molesta más: que un adolescente corra en cuatro patas o que no responda a los moldes tradicionales de éxito, competencia y productividad que el mundo adulto impone? ¿Es el disfraz lo que inquieta o la libertad de ensayar otras formas de ser?

Toda tribu urbana, en mayor o menor medida, es una forma de resistencia simbólica. Un modo de decir “no encajo en lo que esperan de mí”. La música estridente del punk, la oscuridad estética de los góticos, la espiritualidad hippie o la fantasía otaku fueron y son maneras de marcar distancia con un modelo adulto percibido como rígido, hipócrita o distante.

En ese sentido, el therianismo también puede leerse como una metáfora, como  la búsqueda de un vínculo más instintivo, más natural y menos reglado.

Claro que también hay que analizar contra qué se rebelan. ¿Qué del mundo adulto termina generando estas expresiones? ¿La hiperexposición digital? ¿La soledad en hogares donde los tiempos no alcanzan? No alcanza con reírse o escandalizarse. También hace falta escuchar.

Eso no implica idealizar ni romantizar cada moda juvenil. Como todo fenómeno social, merece un análisis crítico. Pero el análisis no puede reemplazarse por el insulto ni por la violencia. Cuando un adulto propone agredir a un adolescente por su forma de vestirse o jugar, el problema deja de ser la tribu urbana y pasa a ser la intolerancia.

Tal vez dentro de unos años los therians sean apenas un recuerdo curioso, como lo fueron los flequillos emo o los pantalones oxford. Las modas pasan. Lo que queda es la forma en que como sociedad respondemos frente a lo distinto.

En tiempos donde tanto se habla de inclusión, diversidad y respeto, convendría empezar por las plazas de los barrios. Porque si no somos capaces de tolerar que un grupo de chicos juegue a ser animales sin convertirlos en blanco de odio, la pregunta no es qué les pasa a ellos, sino qué nos está pasando a nosotros.

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