Cuando Angela Anahí Rangeón camina por las calles de Barcelona rumbo a la basílica, todavía hay algo que la conmueve como el primer día y no es solo la magnitud de la obra arquitectónica, ni la marea constante de turistas que levantan la vista para fotografiar sus torres. Es la certeza de que forma parte de una historia que atraviesa generaciones y fronteras.
Desde octubre de 2025, cuando alcanzó los 162,9 metros de altura, la Sagrada Familia es la iglesia más alta del mundo, por encima de la de Ulmer Münster (Alemania), que es luterana.
Salteña, criada en una tierra de profunda tradición religiosa, Angela Anahí contó a El Tribuno que nunca imaginó que coordinaría los grupos juveniles de la Sagrada Familia, uno de los templos más visitados del mundo y símbolo indiscutido de Cataluña. Sin embargo, desde hace algunos años integra el grupo de jóvenes de la basílica y, desde 2025, asumió la coordinación junto a un seminarista, un sacerdote y otro colaborador laico.
“La Sagrada es parte de la historia de Cataluña, de Barcelona, y también por su arquitecto”, cuenta. Se refiere a Antoni Gaudí, el creador del templo, a quien muchos llaman “el arquitecto de Dios”. Este 2026 se cumplirá el centenario de su fallecimiento y la Iglesia lo declaró venerable, un paso clave en su camino hacia la santidad. Para Angela Anahí, esa dimensión espiritual no es un dato anecdótico, sino que atraviesa la experiencia cotidiana del lugar.
Entrar a la basílica, dice, es comprender que nada está librado al azar. Cada columna, cada vitral, cada detalle arquitectónico tiene un significado. Gaudí solía repetir que su cliente “no tenía prisa”, en alusión a Dios, y por eso la obra se extendió durante más de un siglo. Este año, tras la colocación del último tramo estructural, el templo alcanzó su mayor altura con la culminación de la torre dedicada a Jesús, la más esperada.
En junio, el Papa León XIV encabezará una ceremonia de inauguración que marcará un nuevo capítulo en la historia del edificio.
Pero detrás de la postal monumental hay vida parroquial, y allí es donde aparece el trabajo silencioso de Anahí. Períodicamente, el grupo juvenil se reúne para jornadas de formación, oración y servicio. También existen espacios de catequesis, talleres de manualidades, encuentros bíblicos y propuestas solidarias. La basílica, más allá del turismo, funciona como una comunidad viva.
“Es muy cosmopolita”, explica. En los grupos conviven jóvenes catalanes con chicos y chicas de distintos puntos de Europa, América y Asia. Las reuniones se transforman en una mezcla de idiomas, culturas y experiencias. Según Angela Anahí, ese cruce es uno de los mayores desafíos y, al mismo tiempo, una riqueza única. “Los jóvenes se sienten vacíos, están en la búsqueda constante de Dios y eso es bonito. Me siento feliz de poder ser instrumento, de alguna manera, para que encuentren el camino que conduce hacia Él", reflexiona. En una ciudad vibrante y moderna, el anhelo espiritual sigue presente.
Su tarea no es solo organizar actividades. Implica acompañar procesos personales, escuchar inquietudes y generar espacios de confianza. “Es bonito ver a los jóvenes buscando”, insiste. En cada encuentro aparecen preguntas sobre el sentido, la fe y el futuro. En ese intercambio, casi cotidiano, la salteña encuentra también su propio crecimiento.
El destino la ubicó a Anahí en uno de los íconos arquitectónicos y religiosos más importantes del planeta. Desde allí, aporta una mirada latinoamericana y bien salteña a una comunidad profundamente internacional.
Mientras Barcelona se prepara para celebrar el centenario de Gaudí y el templo alcanza un nuevo hito estructural, Anahí sigue trabajando puertas adentro. Lejos del ruido turístico, su misión es sostener un espacio donde la fe dialogue con la juventud contemporánea.
En la basílica que Gaudí imaginó como un canto de piedra a Dios, una salteña acompaña a jóvenes de todo el mundo. En ese cruce de historias, culturas y búsquedas, la Sagrada Familia continúa escribiendo su propia historia viva.