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Fueron siete noches ardientes, con un calor tan intenso y que no bajaba de los 38º pero aún así la pasión, la ancestralidad fue mucho más. Los 30 grupos artísticos locales demostraron que ni el inclemente verano del norte, ni las condiciones económicas que no son las mejores, pueden impedir que los jóvenes saquen a pasear, cada noche de febrero, su pasión por esta fiesta, el sincretismo entre el carnaval de los criollos y el Arete Guazú de las comunidades guaraníes que agradecen a la Madre Tierra su generosidad obsequiando a sus hijos y a manos llenas, el grano de maíz.
Grupos originarios de las diferentes comunidades que cada año se aggiornan para mostrar su arte, los que representan a las comunidades bolivianas con atuendos simplemente espectaculares y las típicas comparsas que cada año buscan un leitmotiv como las culturas incas, mayas o aztecas hacen del corso de Tartagal un espectáculo digno de ver y de disfrutar.
Las entregas de premio son las más peleadas, porque mientras unos destacan por sus danzas, otros lo hacen por sus disfraces. Cuerpos sudorosos, rostros satisfechos y miles de norteños que disfrutan jugando con nieve artificial ante el paso de cada agrupación. Cientos de emprendedores que aprovechan la fiesta del carnaval para vender sus productos y hacer una diferencia a su favor en la economía familiar.
El corso color de Tartagal merece mucho más; merece ser parte del calendario turístico, amerita presencia de las autoridades provinciales o nacionales de ese sector y la mayor difusión posible para que a pesar del intenso calor, que forma parte del diario vivir del norte agreste y ardiente, se conozca la más auténtica manifestación cultural de esta región.