Hace pocos días, mientras la ciudad se llenaba de globos rojos, peluches y promesas de amor eterno, cuatro salteñas –solteras por decisión y convicción – decidieron celebrar algo más duradero, la amistad. Sin parejas a las que rendir cuentas ni citas que cumplir, optaron por una salida distinta, lejos del ruido céntrico. El destino fue un sofisticado bar-restaurante de la zona oeste, de esos que se levantan a la vera de la ahora coqueta ruta nacional 51, a la altura de San Luis, donde la noche suele mezclarse con el perfume de los cerros y el murmullo del tránsito.
La idea era romper la rutina y entregarse a unos langostinos bien servidos. Pero ante la ausencia del crustáceo en la carta, la mesa se inclinó por unas rabas doradas, un blanco seco de buena acidez y bastoncitos de pollo crocante con parmesano. El clima era distendido. Risas, anécdotas de amores pasados, promesas de viajes y planes que siempre quedan pendientes. Nada hacía presagiar que el menú tendría un ingrediente inesperado.
“Primero vimos un enorme ratón. Después nos dimos cuenta de que eran varios”, relató Faby, todavía con el recuerdo erizándole la piel. “Se desplazaban con tanta confianza que hasta pensamos que eran mascotas. Nos quedamos heladas. La mesa estaba servida y ya le habíamos entrado a un par de rabas”.
Los roedores no eran pequeños ni tímidos. Según describieron, tenían el tamaño de un pequeño conejo, cola larga y movimientos ágiles. Iban y venían por los tirantes, pasamanos y alfajías metálicas, como si ensayaran una coreo. “Uno se ha cruzado con algún ratón en la vida, pero como estos ninguno. Eran enormes. Parecían empeñados en darnos un show”, sumó otra de las comensales.
El estupor dio paso al reclamo. Al advertir al mozo, la respuesta fue tan desconcertante como la escena. Les explicó que posiblemente se habían metido por el fondo del local. Acto seguido, lejos de escandalizarse, comenzó a lanzar palazos a diestra y siniestra en un intento por espantarlos o bien de aplastarlos. El ruido, los movimientos bruscos y la carrera de los animales terminaron por arruinar cualquier la cena festiva.
La noche de los enamorados y amigos mutó en una noche de sobresalto. Entre la incredulidad y el asco, las amigas hicieron lo que cualquier generación digital haría en medio de tal desconcierto, buscaron información en ChatGPT. En sus celulares intentaron averiguar qué especie podía ser. “Por estos lares las llaman choschoras o ratones del maíz”, comentaron. Lejos de tranquilizarlas, el dato solo confirmó que no se trataba de un visitante ocasional, sino un habitante de la zona rural.
Con las rabas atragantadas y el vino a medio terminar, decidieron retirarse en un descuido de los roedores. Pagaron la cuenta –que describieron como “jugosa”– y se marcharon con la sensación de que el espectáculo estaba incluido en el precio. No hubo postre ni brindis final.
Más allá de lo anecdótico, el episodio fue formalizado en una queja. Presentaron un reclamo ante la Municipalidad capitalina, que ya le asignó número de expediente. “Entendemos que es zona suburbana y hay campos alrededor. Pero un mínimo de medidas deben tomar. Si no fuera por los ratones, todo hubiese sido maravilloso”, señalaron. En su haber, cuentan con gran cantidad de fotografías y videos de la situación.
San Valentín pasó. Las fotos de parejas sonrientes quedaron en las redes. Pero para estas cuatro amigas, la fecha será recordada por otra razón. En una ciudad que presume de su gastronomía y encanto nocturno, fueron los roedores quienes se llevaron el protagonismo. Y esa no es, precisamente, la historia que alguien quiera contar o recordar.