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Los episodios de violencia política ocurridos esta semana son repudiables desde todo punto de vista. Los ataques de activistas contra las caravanas que acompañaban al presidente de la Nación, Javier Milei, en Junín y Lomas de Zamora, en la provincia de Buenos Aires, y a la secretaria general de la Presidencia, Karina Milei, en Corrientes, no dejan margen para dudar de que la responsabilidad es de quienes los llevaron a cabo y de quienes los mandaron.
Muchas de las personas que se oponen al gobierno aluden a un supuesto un malestar generalizado de la sociedad. De ese modo, encubren la intencionalidad política de los agresores. En la democracia, el humor social se expresa en las urnas. Y las urnas muestran algo muy diferente a esos restos de escombros que cayeron en el techo de la camioneta que trasladaba a Milei; o de los golpes de grupos de patoteros contra los simpatizantes oficialistas.
Hace tres años, un grupo de marginales protagonizó un frustrado atentado contra la entonces vicepresidenta Cristina Kirchner. Un episodio demencial, que afortunadamente no terminó en magnicidio.
Los hechos no son comparables, aunque tienen un componente en común: el altísimo nivel de polarización y agresividad que se instaló en en los pronunciamientos políticos en lo que va del siglo. Nadie sabe a ciencia cierta quienes están detrás de los violentos. Pero la historia de nuestro país (y de América latina) acumula dolorosas experiencias que enseñan que la violencia se convierte en un espiral incontrolable.
En la democracia hay adversarios, no enemigos. Y a los adversarios se los respeta, porque son compatriotas, y porque quienes quieren participar en la vida política dentro de este sistema, deben aceptarlo.
Por más diferencias ideológicas que separen al oficialismo y la oposición, intentar derribar a un gobierno con malas artes, o con cascotazos solo demuestra que el veneno del golpismo que condicionó a la democracia argentina durante medio siglo aún está presente en sectores de la dirigencia política.
Desde hace años se habla del "discurso del odio", como la razón de los ataques tanto a Cristina Kirchner como y a Javier Milei. Es un pretexto.
El "discurso del odio" no es un patrimonio exclusivo del oficialismo o de la oposición. Es el lenguaje elegido por kirchneristas y libertarios para dirimir su pelea por el poder. Y es el peor de los lenguajes.
Vale recordar que Milei ganó anunciando que iba a hacer lo que está haciendo. Y que en las sucesivas elecciones de 2023 dejó en el camino a sus tres predecesores, que no pudieron presentarse como candidatos, y al ministro de Economía de ese momento. El mensaje de las urnas fue claro: veinte años de dispendio habían llevado al país a la recesión y la hiperinflación. La gestión del actual gobierno logró un equilibrio fiscal que hizo posible frenar una catástrofe inflacionaria. La realidad es que, la destrucción del empleo, la caída de la actividad económica y del salario, el aumento de la pobreza y el endeudamiento mantienen una tendencia creciente, con altibajos, desde 2001.
Nadie está obligado a creer que Milei va a frenar esa decadencia. Eso solo se va a lograr cuando se llegue a un acuerdo sobre políticas de Estado. Es decir, con armonía política entre el poder ejecutivo y el Congreso.
Ni la polarización ni la violencia responden a las expectativas de la inmensa mayoría de la ciudadanía, que solo espera que el país salga adelante, que haya trabajo, educación y asistencia médica para todos, y que funcionarios y legisladores cumplan con su deber.
La democracia se sostiene con espíritu democrático. La falta de transparencia, la politización extrema y las maniobras irresponsables y destructivas explican el principal sentimiento generalizado entre la ciudadanía, que es el de la desesperanza y la pérdida de confianza en el sistema.