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?El gran conflicto: la ley se ajusta al poder o el poder se ajusta a la ley?

Domingo, 13 de mayo de 2012 01:44

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Santiago Kovadloff es filósofo, formado en la Universidad de Buenos Aires de los años sesenta, que abrevó en el pensamiento de Martín Buber y Martín Heidegger.

Es poeta y cultiva una mirada estética del hombre y de la cultura. Y es un demócrata. Un pensador de la democracia.

Vino a Salta para presentar en la Ferinoa su libro “Dos miradas”, que comprende ensayos publicados en 2001 -La nueva ignorancia- y en 2004 -Sentido y riesgo de la vida cotidiana-. “Los reedité en este nuevo formato porque vi que su prosa estaba viva”, explicó.

Severo, con disciplina académica, analiza la cultura política argentina.


Su rigor parece contradecir su modo afable y su mirada humanizante. “No soy agresivo porque creo que es un abuso pretender tener toda la razón”.


La entrevista con El Tribuno giró en torno de la educación y de las tensiones entre la verdad y la conveniencia del poder; entre la ley y el proyecto político; entre democracia republicana y populismo.

Entre la aceptación del adversario como parte indispensable de la política, y la convicción de que es imposible convivir y que uno de los dos debe desaparecer.

¿Qué viene sucediendo con nuestra educación, especialmente con la universidad?

La educación siempre aparece, en las comunidades que deciden desplegarla, como respuesta a un perfil de ciudadano que se desea. Sarmiento concibió la escuela pública pensando en la educación universitaria. Desarrollar la escuela pública era crear un repertorio de valores que permitieran que los ciudadanos, hombres y mujeres, se reconocieran en el discurso y en los valores del otro.

¿Una eliminación de la hostilidad social?

La educación es el reverso de la barbarie. La barbarie es el discurso autosuficiente, asentado en el verticalismo del poder. Y el discurso de la civilización es transversal, es el de los valores compartidos. Hoy la Argentina vive una crisis educativa porque las herramientas objetivas del conocimiento han ocupado el lugar de los contenidos subjetivos del saber. Se distribuyen computadoras entre quienes no tienen formación para aprovecharlas. Se pone en manos de quienes tienen hambre herramientas que requieren un ritmo de adaptación que la desesperación del hambre no tolera.

¿Qué nos queda?

Tenemos todavía una universidad valiosa en algunos campos, especialmente en las ciencias físico-matemáticas, donde la instrumentación política del conocimiento no está sujeta a los imperativos del mandato de turno. Allí donde reinan esos imperativos se controlan los contenidos de la educación, se renuncia al interés en el conocimiento y se privilegia la necesidad de imponer una doctrina.

Una práctica poco democrática

Una de las mejores maneras de combatir al sistema democrático republicano es una educación donde la capacitación de un estudiante consiste en comprender que el poder no debe estar sujeto a la ley.

¿Cómo se compatibiliza eso con la racionalidad?

Es, simplemente, una barbaridad, que tiene vigencia en la Argentina y está ilustrada a diario en los procedimientos del Gobierno.

Como los funcionarios que tratan de imbéciles a quienes no opinan como el Gobierno.

Son síntomas de un concepto enajenado de la educación, que debe estar ordenada a un espíritu crítico y no a una subordinación partidaria.

Lo que usted describe es populismo cultural, que se remonta a bastante antes de 2003.

Entre nosotros está muy arraigada la convicción de que el poder no se comparte; por lo tanto, el que monopoliza el poder boicotea a la alternancia. El sistema republicano, federal, representativo y con división de poderes no forma parte de nuestra educación, sino de los requerimientos formales para incorporarse al poder. Pero una vez que se accede al poder, todos esos instrumentos de la democracia son puestos a su servicio, al servicio del que está en el poder. Es una patología que deriva en un régimen prebendario: monopolizo el poder y distribuyo sus efectos benéficos entre los que adhieren, y excluyo a los que no adhieren.

¿Qué pasa con los intelectuales K de Carta Abierta?

Es interesante analizar la respuesta de Carta Abierta a la derrota kirchnerista de 2009. Solo se entiende si partimos de una base: Carta Abierta piensa que estamos en una guerra, que nos enfrenta de manera irreductible. Es un planteo beligerante; por eso entiende la derrota no como la disconformidad de un sector mayoritario de la sociedad, sino como un complot de quienes estaban en condiciones de manipular la opinión pública en contra del reconocimiento de lo que consideran verdadero.

Es decir, intelectuales de izquierda que adoptan conductas y criterios propios de la ultraderecha...

Estamos ante un modo precario de razonamiento, que rehúye lo complejo y privilegia el maniqueísmo. En esta confrontación irreductible entre dos fuerzas que no pueden convivir, solo una puede quedar. Este modo de pensar se coloca fuera de la cultura democrática, porque no reconoce que quienes no representan la voz del oficialismo siguen siendo voz de una parte de la sociedad. Admitir la disidencia en el campo del reconocimiento recíproco es el ejercicio pleno de la política. Antropológica y filosóficamente, el adversario es imprescindible en un sistema democrático. En el campo de ideas populistas, el adversario es un obstáculo.

Usted proviene del pensamiento progresista del siglo XX. Hoy, lo colocan en el antiprogresismo

Hay dos ideas de progresismo. Una de ellas sostiene que la ley debe ajustarse a un proyecto de poder y que progresar significa manipularla para acumular poder. El otro concepto parte de la idea de que la conciliación del poder y la ley es indispensable para que el poder tenga legitimidad constitucional. El primero intenta transformar la Constitución para convalidar el poder; el segundo adapta el poder a la Constitución. En este último sentido me considero progresista, y, sin duda alguna, dejo de serlo si lo que hay que adaptar es la ley al poder.

Hay leyes densas, profundas, como el matrimonio igualitario, la muerte digna o la identidad de género, que se sancionaron sin debate. ¿No es superfluo legislar así?

Uno de los perfiles del kirchnerismo que yo valoro es que si bien muchas veces procede en tropel e impone sin debate leyes que merecían tratamiento meduloso, como la ley de medios; ha introducido, por otra parte, conciencia de deudas profundas del país con la modernidad. La creación del Ministerio de Ciencia y Tecnología es uno de los grandes y perdurables logros. Y no menos significativo que haya profundizado en la conciencia sobre el terrorismo de Estado para que no caiga en el olvido. Claro que la mirada sesgada con la que procede lo lleva a santificar el terrorismo sin más, y a condenar al terrorismo de Estado. Esto, fatalmente, desemboca en la intolerancia a la verdad y en la intransigencia ideológica. Así, la sociedad se ha dividido en réprobos y elegidos.

¿A la Argentina le está faltando un ideal educativo?

Creo que nos está faltando una pregunta primordial. ¿Es aún posible concebir la Constitución como un repertorio de principios que debe orientar la acción política y no como una herramienta que debe ser transformada incesantemente en función de la política? Es una cuestión liminar: educado está quien entiende que la presencia del prójimo puede inscribirse en el campo de la adversidad pero no de la hostilidad. Educado está quien se rige por el principio de la convivencia indispensable, propio de la democracia. El que entiende que el prójimo es aquel que me va a decir: “Está bien que hayas iniciado esta marcha, pero se han generado problemas que no preveías. Es necesario que te acotemos, mientras recorremos este camino en común”.

 

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