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Continuando con el tema del porqué de ciertos dichos comenzado la semana pasada con, por ejemplo, “meterse en camisa de once varas”, hoy ofreceré el comentario y explicación de otros con el objeto de ilustrar a mis lectores sobre su origen y motivación.
El primero -según nos informa José María Iribarren, el autor que había citado, es “meter la pata”. Según el diccionario, afirma el autor, significa “intervenir en alguna cosa con inoportunidad”, no aclarando a qué diccionario se refiere. En efecto, el DRAE no consigna exactamente tal sentido. Sin embargo, incluye la palabra “metepatas”, a la que define como “persona que mete la pata; inoportuno, indiscreto”.
De esa manera explica, indirectamente, su sentido. En cuanto a su origen, Iribarren recuerda que esa frase no está registrada ni por Covarrubias ni por Correas, los más importantes referentes sobre dichos y refranes. Sin embargo, agrega que indudablemente alude al hecho de meter la pata un animal, o también la pierna un ser humano, en un barrial o lugar sucio. Además, a título de curiosidad, añade que esa frase es un insulto para los habitantes de Sestrica, en Aragón. Ahí, para el día de San Antonio Abad, la gente hace correr a los caballos alrededor de su imagen, tratando de que metan una pata por debajo de las andas. Posiblemente, entonces, sea este uno de sus orígenes.
Esto es “de cajón”
Siguiendo al mismo autor, esta frase se aplica a que “una cosa es regular y corriente” o normal que así suceda. Miguel de Unamuno, quien residió en Buenos Aires, publicó en la revista “Caras y caretas” un artículo titulado “Juego de palabras”. En él opina que “cajón”, de ese adagio, proviene del italiano “cagione”, causa o motivo. Esta, a su vez, tiene su origen en el latino “occasionem”, por lo que concluye que la frase hecha referida significaría “de ocasión”. Sin embargo, concluye nuestro autor que cajón, en esa sentencia, significaría “frase hecha o expresión manida”. Lo cierto es que nosotros entendemos que “algo de cajón” apunta a que se da o dice con toda seguridad.
La luna de miel
La expresión muy utilizada tanto para una pareja que comienza su vida matrimonial (y que estrictamente se aplica a su viaje de bodas), como asimismo para un gobierno al que el pueblo le otorga un crédito de un determinado tiempo para que cumpla los compromisos asumidos en su campaña, al decir de Bastús en su libro “La sabiduría de las naciones”, debe su origen a un proverbio árabe: “La primera luna después del matrimonio es de miel y las que le siguen, de absinto, o amargas, como el acíbar”. Los árabes cuentan el tiempo no por meses, como es nuestra costumbre, sino por lunas, período que para ellos es de 28 días.
Costar un triunfo
Para este refrán, Iribarren ha recogido tres opiniones. La primera se la atribuye a Sbarbi, quien en su “Gran diccionario de refranes” destaca que “costar una cosa un triunfo” es “lograrla o llevarla a cabo a fuerza de trabajo, dificultades y sacrificios”.
Por su parte, Cejador, en su “Fraseología”, dice que esa frase está tomada de los juegos de naipes, referida a los triunfos relacionados con la baraja de cartas.
Por fin, Correas, en su “Vocabulario de refranes” incluye el dicho “Atravesar triunfo, buena carta”, el cual significa “Hay que apostar (atravesar) que, si lo hace, uno gana”.
Añadiría, a todo esto, que la palabra “triunfo”, en ese contexto, tiene un gran peso semántico. Para nosotros costar un triunfo conlleva el sentido de “arriesgarlo todo”, “dar la vida por algo”. Una vez logrado el propósito, la satisfacción es la mejor paga respecto de todo lo que hemos realizado y arriesgado para conseguirlo.
Algo “a tontas y a locas”
Se trata de una expresión bastante conocida y usada entre nosotros. De todos modos, es conveniente aclarar que quizá muchos chicos de las nuevas generaciones no solo no la usen, sino que tal vez ni la conozcan. A la vez, hay que considerar que estos chicos, en contacto con sus abuelos, es posible que hayan guardado en su recuerdo esas frases pronunciadas por ellos, por el valor afectivo que los impulsó a grabarlas en su memoria.
“A tontas y a locas” alude a hacer algo con desorden, sin organización alguna. Rodríguez Marín afirma que significa “desbaratadamente, sin orden ni concierto”, pero que Cervantes empleaba tal dicho para calificar como tontas y locas a las chicas que se dedicaban a lecturas sin importancia, muy superficiales.
Esta frase ha sido tomada, en ciertas ocasiones, de manera literal, tal como la dijo Cervantes. En el libro “Mil y una anécdotas”, de Asenjo y Torres del Alamo, se atribuye un chiste a Benavente quien, habiendo sido invitado a dictar una conferencia a señoras del Club Femenino en Madrid, se excusó diciendo: “Tengo poco tiempo para prepararme y no quiero hablar a tontas y a locas”.
El que se fue a Sevilla...
Tengo conciencia de que esta dicción sí que es muy conocida entre nosotros. Héctor Zimmerman en su libro “Tres mil historias...” la explica de este modo. Piensa que originalmente era: “El que se fue de Sevilla, perdió su silla”. En efecto, Alfonso de Fonseca, obispo de Sevilla y Santiago, muy metido en la política, hasta tomó las armas para defender a la reina Isabel la Católica. Un día se ausentó a Galicia para poner orden en esa diócesis. Al regresar, su sobrino, que había quedado como reemplazante, no quiso devolverle la sede obispal. Fonseca solo pudo recuperarla tras duras luchas y con el apoyo de la reina. De esta situación nació la frase en su forma original. Moraleja: quien deja algo sin protección, se arriesga a perderlo cuando vuelva.