El peso de los años la desplomó, y aquellos quebrachos de color castaño rojizo que parecían invencibles cedieron luego de 8 décadas de ser testigos silenciosos del lento pero sostenido crecimiento de
Tartagal.
El estruendo sorprendió a los vecinos de la calle 20 de Febrero y Necochea en la tarde del viernes pasado, cuando fueron testigos de la caída de la estructura de lo que, por décadas, fue uno de los establecimientos madereros más grandes del norte de la provincia, el aserradero Farjat y Fontana.
Y es que la explotación maderera fue, durante muchos años y antes del inicio de la industria del gas y del petróleo y la ganadería, la principal actividad económica del norte salteño.
En las primeras décadas del siglo XX la zona contaba con una riqueza forestal impensada en nuestros tiempos. Quienes vivieron aquellas épocas recuerdan que a los obrajes como los de Farjat y Fontana, colindantes con el gran aserradero de Falcón, donde se levantó la primera fábrica de madera terciada, y el de los hermanos Langou, llegaban ejemplares de distintas especies nativas de hasta de un metro de diámetro. La naturaleza no distinguía entre montes fiscales o fincas privadas, porque en todos ellos el lapacho, el cebil, la quina y el roble se esparcían generosos.
Desplome y final
Tras la caída del galpón, Miguel Parra, secretario de Servicios Públicos de la Municipalidad, explicó que "el lugar tenía unos 80 años. Hay una escritura de venta de la familia Milanessi a una empresa de propiedad Zottos-Mimessi", lo que hace referencia a que el lugar, ubicado a pocas cuadras de la plaza San Martín está en litigio entre dos firmas.
"Si bien todo cayó, sigue siendo propiedad privada y deberán hacerse cargo. Como comuna no podemos hacer más que limpiar el espacio público", explicó el funcionario.
Lo que cayó de la estructura sobre la avenida fue por falta de mantenimiento, porque a pesar de su valor económico este predio colindante con las vías del ferrocarril estaba abandonado, se usaba como refugio de malvivientes y era foco de contaminación para todo el vecindario.
La industria maderera
Agustín Aloy y Celestino de los Ríos son los nombres que se recuerdan como los primeros madereros del norte argentino, cuando los controles de la explotación forestal estaban a cargo de la Dirección Provincial de Bosques. En Orán, la firma Chagra llegó a talar un rollo de las altas cumbres que alcanzaba los 27 metros cúbicos. El establecimiento de los hermanos Alberto y Luis Langou fue el más grande de la época, aunque los casi 8.000 metros cuadrados del aserradero vecino, Fontana y Farjat, no era menos por su extensión y su nivel de actividad.
El proceso
La fabricación de madera terciada comprendía un complejo proceso que se iniciaba con el ingreso a la planta de los rollos de maderas blandas como el cedro, el roble y el eucalipto. Mientras esas especies se destinaban a la fábrica, otras de madera dura como quina, cebil, lapacho y mora iban directo al aserradero, donde se fabricaban tirantes, parantes o varillas que se enviaban por tren hacia los grandes centros de consumo, si bien uno de los principales mercados era el propio ferrocarril, que se extendía miles de kilómetros hacia todos los rincones de la Argentina.
La fábrica contaba con grandes piletones, una inmensa caldera hidrante -operada por un jefe de caldera y un ayudante- que también proveía de electricidad a la planta y llevaba el agua de los piletones a punto de ebullición. Allí se arrojaban los grandes rollos donde se los mantenía a elevadas temperaturas durante 48 horas aproximadamente.
Pasado ese período eran retirados para obtener capas que, pegadas a presión, conformarían planchas de diferente grosor. El paso siguiente consistía en llevar las capas a la guillotina, que cortaba las dimensiones exactas que habrían de tener las planchas de terciado. El trabajo de corte era uno de los pasos más peligrosos del proceso, en el que varios operarios perdieron parte de sus dedos, ya que un mínimo descuido resultaba peligroso y el riesgo de mutilarse era constante.
Luego las láminas se llevaban al secadero, donde eran sometidas a temperaturas de 90 grados. Los encargados de ese sector, también de máxima peligrosidad, eran 10 trabajadores de gran experiencia. Una vez resecas, las placas comenzaban a encolarse hasta obtener el espesor requerido. El pegamento era colocado entre las placas que se llevaban a un prensa donde también se sometían a una temperatura superior a los 120 grados.
La parte final del proceso comprendía la operación con una cierra encuadradora que le daba la medida exacta a las placas, que podían ir de 1,20 metros a los 2,20 metros, dependiendo de los pedidos. Posteriormente tocaba el turno de una máquina ligadora para finalmente llegar al proceso de clasificación, donde se separaban las placas que estaban en condiciones de las que presentaban alguna falla. Este largo proceso concluía con el trabajo de los embaladores, que armaban paquetes de 6 o 7 láminas cada uno; una vez finalizado el embalaje, la carga era llevada hacia los vagones del ferrocarril, cuyos rieles estaban ubicados a pocos metros de la fábrica. El destino de los terciados eran las grandes ciudades y principalmente el puerto de Buenos Aires, desde donde se destinaban a diferentes fábricas o se exportaban.
"Monte, taller, aserradero y fábrica", así era el proceso y los tartagalenses de antaño seguramente no olvidan algunos hechos que sucedieron en las instalaciones de la fábrica de terciado. Un hecho recordado por años fue la trágica muerte de un niño perteneciente a una querida familia de Tartagal que cayó en los piletones donde se encontraban los rollos de madera. En su inocencia, el pequeño intentó saltar por arriba de los rollos que flotaban en el agua en ebullición, pero lamentablemente perdió el equilibrio y cayó en esa trampa mortal y perdió la vida, en un hecho que enlutó a las familias de aquel entonces.