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El imperativo de prepararnos para cambios probables en el planeta

El cambio climático, cualquiera sea su origen, obliga a la humanidad a planificar sistemas globales que permitan evitar efectos catastróficos frente a futuras hambrunas, sequías o inundaciones.
Domingo, 30 de noviembre de 2025 01:28
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El tema del «cambio climático debido al calentamiento global" es muy delicado y nos interpela de manera directa. En todos los continentes se están registrando graves sequías, olas de calor e incendios forestales que arrasan ecosistemas y destruyen infraestructura básica. Sólo en 2023, el 25% de la humanidad, sufrió alguna grave sequía. El 85% de ellas, ocurrieron en países de renta baja o media. En los nueve primeros meses de 2023, sólo en Estados Unidos, ardieron 948.000 hectáreas de tierra. Esos incendios forestales se vieron eclipsados ante la quema de 18,5 millones de hectáreas de bosques boreales en Canadá en tan solo seis semanas.

Se han alcanzado temperaturas récord que oscilan entre los 43 y los 50 grados centígrados en varios lugares del mundo. El Valle de la Muerte, en California, registró una temperatura de 54,4° el 9 de julio de 2021. Incluso la Antártida registró un récord mundial de 18,3° en abril de 2021. Los años comprendidos entre 2015 y 2021 fueron los más calurosos de los que se tenga registro. Este récord se batió dos años después, en julio de 2023, cuando el planeta experimentó los tres días seguidos más calurosos jamás registrados.

El Ártico, la Antártida, los glaciares y las capas de permafrost que cubrían Groenlandia, Islandia, la región báltica y las estepas rusas están descongelándose. Y, el nivel del mar, que subía a razón de tres milímetros promedio al año -lo cual no parece grave-; se aceleró a un ritmo de cinco milímetros al año en las últimas dos décadas; ritmo que continúa en aumento. Entre los años 2070 y el final del siglo se inundará gran parte de todas las costas del mundo afectando al menos al 10% de la población global. Algunos modelos sitúan este escenario algunas décadas antes.

Un estudio reciente publicado en la prestigiosa publicación "Nature", muestra que el derretimiento de la Antártida se está acelerando y que podríamos estar alcanzando un punto de no retorno en el que los efectos se potencien unos a otros, ocasionando un efecto dominó: menor cantidad de hielo alterará el albedo (*) del planeta, lo que disminuirá su capacidad de reflejar la luz del sol, provocando un mayor aumento de la temperatura promedio. A su vez, una menor cantidad de hielo alterará la temperatura media de los océanos y las corrientes marinas; afectando la capacidad de enfriamiento de los mares y, por supuesto, afectando el nivel del mar.

Hay suficiente hielo en la Antártida como para que, de derretirse por completo, el nivel del mar suba seis metros. A su vez, el nivel de oxígeno en los océanos se ha desplomado hasta en un 40 % en algunas zonas; fenómeno conocido como "acidificación de los océanos". Esto, sumado a los cambios de temperatura de las masas oceánicas y los cambios en sus corrientes, tiene consecuencias en las precipitaciones continentales de las cuales depende la agricultura global.

El 20 % de toda el agua dulce que queda en la Tierra se encuentra en los cinco Grandes Lagos interconectados de Norteamérica mientras que el Banco Mundial informa que «en los últimos cincuenta años, el agua dulce per cápita se ha reducido a la mitad". 2.600 millones de personas viven en lugares que sufren estrés hídrico alto o extremo. Para 2040, se prevé que esta cifra ascenderá a un total de 5.400 millones de personas en cincuenta y nueve países -es decir, más de la mitad de la población mundial prevista-. Hacia 2050, 3.500 millones de personas podrían sufrir de inseguridad alimentaria debida a esta falta de agua; lo que significa un aumento de 1.500 millones respecto a la cifra actual. El problema es tan grave, que sólo en la última década, el número de conflictos e incidentes violentos relacionados con el agua dulce aumentó un 270% en todo el mundo. Peor. Se estima que el 60 % de las centrales hidroeléctricas del mundo -para 2050-, estarán en cuencas fluviales con «riesgo muy alto o extremo de sufrir sequías, inundaciones o ambas".

1.100 millones de personas viven en países que no tienen los recursos necesarios para hacer frente a las amenazas ecológicas por venir; lo que provocará desplazamientos masivos de población y migraciones forzosas de aquí al año 2050. La página oficial de la ACNUR muestra que, a finales de 2024, existían 123,2 millones de personas desplazadas por la fuerza en el mundo. En números redondos, significa un aumento del 800%.

Según la compañía internacional de reaseguros MunichRe, las pérdidas globales por desastres naturales -sólo en 2024- ascendieron a unos 320.000 millones de dólares; con el 93% de estos daños causados por catástrofes meteorológicas. Este monto es significativamente más alto que los promedios ajustados por inflación de pérdidas relacionadas con desastres naturales durante los últimos diez años. Estas cifras son un breve extracto tomado del libro "Planeta Aqua" del economista Jeremy Rifkin.

Subiendo la temperatura

En 2018, el Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático (IPCC) advirtió que, de sobrepasar los 1.5° durante un período prolongado (respecto a la temperatura promedio al inicio de la industrialización global), provocaría consecuencias graves para el planeta y que, cada fracción de grado en el aumento de temperatura empeoraría de manera significativa estos efectos. Según la NASA y acorde a datos del año pasado, la temperatura aumentó 1.62°C con respecto a la época previa a la industrialización.

Parte del mundo científico atribuye el «cambio climático» al «calentamiento global» producido por el aumento de la concentración de gases de efecto invernadero debido a la actividad humana (dióxido de carbono, metano, óxido nitroso y gases fluorados); durante los últimos 150 años. Es decir, para este grupo de científicos, el «calentamiento global» es antropogénico -producido por la actividad del hombre- y, por lo tanto, evitable o mitigable reduciendo estas emisiones. Para otro grupo de científicos, en cambio, el «calentamiento global» es parte de un ciclo geológico natural, e irreversible.

Aun entendiendo la importancia de esta distinción, pretendo dejarla de lado. Porque, una vez aceptado el hecho de que existe un «calentamiento global» -cualquiera sea su razón-; ergo, un «cambio climático» asociado; la única discusión que me parece conducente es cómo morigerar sus consecuencias y cómo prepararnos para sus efectos.

Adaptar, adaptar; adaptar

La humanidad necesita prepararse para ser capaz de vivir en un planeta más cálido. Esta adaptación implica prepararse para sequías más profundas; olas de calor prolongadas -incluso con temperaturas de bulbo húmedo más altas (con el riesgo de muerte que esto implica)-; precipitaciones extremas; inundaciones; incendios forestales frecuentes e incontrolables; y un aumento considerable del nivel del mar. Esto requerirá añadir infraestructura resiliente al clima.

La adaptación requiere planificación a largo plazo y ocurre a través de límites jurisdiccionales. Por ejemplo, los 101 municipios y nueve condados que rodean la bahía de San Francisco -en un mismo país- enfrentan la amenaza del aumento del nivel del mar. Pero si una comunidad decidiera actuar por su cuenta construyendo, por ejemplo, un dique, podría desviar las inundaciones hacia comunidades vecinas. La planificación extensa que requieren los esfuerzos coordinados también puede entrar en conflicto con los ciclos políticos de corto plazo; junto a políticos reacios a gastar capital político y dinero en proyectos que se concretarán después de que terminen sus mandatos. Imaginemos esta complejidad cuando los esfuerzos deban ser coordinados entre múltiples países.

Las zonas urbanas necesitarán centros de enfriamiento para quienes no tengan aire acondicionado; y espacios verdes para contrarrestar el "efecto isla de calor" causado por la concentración de pavimento, edificios y otras superficies que absorben y que liberan calor. En áreas rurales, la adaptación podría significar cubrir canales de riego para evitar la evaporación que podría dejar a los cultivos sin agua durante las sequías. Construir puentes más elevados permitirá que sigan funcionando cuando arrecien las inundaciones. Enterrar líneas eléctricas para protegerlas de eventos meteorológicos extremos puede garantizar que la energía continúe durante los desastres mientras se reduce el riesgo de incendio por vientos. La adaptación también puede implicar cambiar cómo y dónde vive la gente, prohibiendo, por ejemplo, reconstruir en áreas inundables o que se queman con frecuencia; o exigiendo que se eleven las viviendas o que se utilicen prácticas de construcción ignífugas. Son medidas impopulares que tienden a ser evitadas, pero, quizás, sean las únicas posibles.

Construir o reacondicionar infraestructura que sea resiliente a desastres climáticos es clave y, asegurar su resiliencia, esencial. Seguir construyendo como lo hacemos en un mundo plagado de desastres significa construir cosas destinadas a fallar. En un mundo cada vez más cálido -y hasta inhóspito-, la adaptación no es algo que podamos ignorar, sino que, por el contrario, es algo que debemos considerar como una prioridad. Debemos enfocarnos en discusiones útiles y dejar de procrastinar. "Qué despreocupado parece el mundo de su terrible destino" dijo Yukio Mishima desde "La estrella más hermosa". Ojalá no sea cierto; ojalá.

* Albedo: proporción existente entre la energía luminosa que incide en una superficie y la que se refleja.

 

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