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Los sucesos de Venezuela podrían tener dos puntos de vista; el más simple y llano, propio de una lectura simplista, celebratoria, habitual en sectores que confunden geopolítica con consignas ideológicas que celebran la salida de Nicolás Maduro del poder, sin detenerse a considerar antecedentes y consecuencias. Y un segundo punto, donde los datos de la situación internacional mueven a pensar que podríamos estar ante un reordenamiento global organizado, una suerte de "Conferencia de Yalta" informal.
Recordemos que Yalta (1945) fue la explicitación brutal de algo que ya estaba ocurriendo. Las potencias vencedoras no inventaron el reparto del mundo: lo blanquearon. Establecieron zonas de influencia, reglas tácitas y líneas rojas. Allí se evitó que en las décadas posteriores se diera un conflicto directo entre las superpotencias.
En algo más de medio siglo las circunstancias globales cambiaron, sobre todo con la aparición en el escenario de una China que ha decidido disputar la conducción del nuevo orden global. El escenario es más bien sugerente que formal: no hay una mesa de reuniones, tampoco acuerdos explícitos, pero sí, un reacomodamiento a partir de hechos consumados.
La intervención en Venezuela, más que una operación aislada para derrocar a una narcodictadura, puede leerse como un mensaje geopolítico de Estados Unidos: "América es nuestra zona de influencia".
En este tablero, la figura de Maduro no tiene entidad, es apenas el pretexto para operar sobre tres factores explosivos: los recursos estratégicos (petróleo, minerales y la posición geográfica), la incomodidad que le producía a EE. UU., tener en el patio trasero a chinos, rusos e iraníes, y que era una plataforma narco de nivel internacional. Quien piense que a Estados Unidos le preocupaba la dictadura de Maduro y que ingresaron para liberar al pueblo venezolano, es un ingenuo.
Las grandes potencias buscan evitar un conflicto mundial porque sería suicida, pero sí, han venido probando reacciones en el frente de Ucrania, en Gaza/Medio Oriente y en el Mar del Sur de China donde la cuestión Taiwán es una olla a presión. Venezuela, se convierte en un mojón de referencia para China y Rusia por parte de Estados Unidos.
A diferencia de Yalta, hoy no existe un marco compartido de contención, no hay reglas, no hay zonas delimitadas de influencia y Estados Unidos se encuentra en un momento de crisis económica y política. El problema que enfrenta el mundo hoy con todos estos movimientos es que las grandes guerras no empiezan cuando alguien quiere una guerra, sino cuando nadie logra evitarla.
Como advertía Gramsci, en estos interregnos, "cuando lo viejo no termina de morir y lo nuevo no termina de nacer, es cuando aparecen los monstruos."
El 5 de diciembre, un documento sobre la estrategia de seguridad nacional de Estados Unidos reflota remozada la "Doctrina Monroe", y por lo tanto el hemisferio occidental es América, prioritario para los intereses estadounidenses y que debe estar libre de influencias contradictorias con esos intereses. Ahí ingresa el caso Venezuela.
No hay un Yalta oficial, pero sí -como señalan diversos análisis internacionales- un retorno al concepto de esferas de influencia como disputa real entre potencias. La intervención en Venezuela puede leerse en esa clave, especialmente a la luz de la nueva estrategia estadounidense que prioriza el hemisferio occidental. Ucrania y Taiwán son otros dos puntos calientes de esa competencia: no como territorios repartidos, sino como escenarios de choque entre intereses geoestratégicos." Si un dato faltaba para confirmar que lo de Venezuela no es una preocupación por devolver la vida democrática y el estilo americano de vida a ese país, son las declaraciones de Donald Trump: "Administraremos Venezuela hasta que se den las condiciones de un retorno a la normalidad".