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Comenzar no es necesariamente dar un paso hacia adelante. A veces es quedarse un poco más donde uno está, pero ya sin poder ocupar ese lugar del mismo modo. Hay comienzos que no se sienten como un arranque, sino como una hendidura: algo se resquebraja en la continuidad de la vida cotidiana y desde allí, todo empieza a reordenarse lentamente.
Pensemos en alguien que, durante años, sostuvo una rutina que funcionaba —trabajo, horarios, vínculos— hasta que un día descubre que ya no puede seguir haciéndolo sin un malestar creciente. Nada "externo" ha cambiado de manera drástica, pero la experiencia subjetiva sí. Ese momento, en el que una forma de vivir deja de ser soporta Comenzar no es necesariamente dar un paso hacia adelante. A veces es quedarse un poco más donde uno está, pero ya sin poder ocupar ese lugar del mismo modo. Hay comienzos que no se sienten como un arranque, sino como una hendidura: algo se resquebraja en la continuidad de la vida cotidiana y desde allí, to ble -aunque todavía no sepamos qué la reemplazará- es ya un comienzo. No hay euforia, tampoco hay claridad. Pero hay conciencia.
Jean-Bertrand Pontalis - filósofo, escritor y psicoanalista francés - pensó los comienzos desde esa zona ambigua. No como la exaltación de lo nuevo, sino como una atracción silenciosa hacia algo que todavía no tiene nombre. El amor por el comienzo no es amor por el resultado, sino por ese instante en el que la vida se vuelve nuevamente interrogante. Comenzar, en este sentido, no es avanzar con seguridad, sino aceptar que algo se ha puesto en movimiento y no conviene sofocarlo.
¿Cómo reconocer entonces el amago de un comienzo y aprovechar la ocasión?
Tal vez cuando lo conocido se vuelve rutinario y la repetición de los actos más cotidianos, en lugar de calmar, incomodan. Cuando repetir ya no tranquiliza, y se siente la fuerza de un comienzo a punto de alterar el curso de las cosas. Los comienzos - señala la filósofa Claire Marin - suelen vivirse como una pérdida de lugar: dejamos de sentirnos "en casa" en nuestra propia vida y esa desubicación, lejos de ser un fracaso, puede ser la señal más clara de que algo nuevo insiste. Aprovechar la ocasión no es precipitarse, ni anestesiar esa incomodidad.
¿Por qué cuestan los comienzos?
Porque obligan a vivir sin apoyos firmes. Exigen sostener un tiempo sin garantías, sin relatos cerrados. Comenzar molesta porque no hay aún costumbre, ni identidad estable, ni promesa inmediata de alivio. Marin describe ese esfuerzo como el precio de no retroceder hacia una forma de vida que ya no nos representa, aunque haya sido conocida.
Hay también comienzos de los que esperamos cambios: que algo se acomode, que un malestar encuentre sentido. Pero los comienzos no prometen resultados; prometen experiencia, no ofrecen soluciones inmediatas, sino la posibilidad de volver a implicarse con la propia vida de otro modo. Como si la vida aterrizara en otras tierras, abriendo la posibilidad de desplegar nuevas formas de ser y de pensar.
Mientras Marin sostiene que recomenzar no es negar lo anterior, sino desplazarse con ello, aceptando que no todo se conserva, pero tampoco todo se pierde; Pontalis entendía que todo comienzo contiene una melancolía discreta, no patológica, sino humana: la conciencia de que vivir es también dejar.
En este punto, el pensamiento budista dialoga silenciosamente con la filosofía. El budismo nombra con claridad algo que la experiencia humana conoce desde siempre: todo es impermanente. Nada permanece idéntico, nada se fija para siempre, ni siquiera aquello a lo que más nos aferramos. Desde esta perspectiva, los comienzos no son una excepción en la vida, sino su expresión más visible.
La dificultad no está en el cambio en sí, sino en la resistencia de la mente a aceptarlo. La mente busca estabilidad, repetición, control. Quiere garantías. Por eso los comienzos inquietan: nos recuerdan que no hay forma definitiva, que la identidad no es un bloque sólido, que la vida no se deja enclaustrar. Amigarse con la impermanencia no significa resignarse, sino dejar de luchar contra lo inevitable.
Para la mente, aceptar la impermanencia es un aprendizaje difícil pero liberador. Cuando deja de exigir estabilidad absoluta, el comienzo ya no se vive como amenaza, sino como continuidad transformadora. No como ruptura violenta, sino como parte del movimiento mismo de existir.
Tal vez, entonces, comenzar no sea inaugurar algo extraordinario, sino dejar de resistir un cambio que ya está ocurriendo.
Puede que hoy, justo al inicio de un nuevo año y con él otro ciclo, no se trate de proponernos grandes giros, sino de observar con honestidad qué ya no es estable, qué se ha vuelto transitorio, qué pide desplazarse. Tal vez allí -en esa aceptación lúcida de la impermanencia - podamos reconocer nuestros verdaderos comienzos.