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15 de Enero,  Salta, Centro, Argentina
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El federalismo de la Constitución y los discursos no aparece en la realidad de la gente

Una centralización de hecho concentra el poder político y económico en el AMBA y genera una cascada de inequidades que se reproducen en las provincias vaciando de sentido el término "federal" que abunda, y con mucho énfasis, en la narrativa política.
Miércoles, 14 de enero de 2026 23:50
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Argentina se define, en su Constitución, como una república representativa y federal. En teoría, eso debería traducirse en una idea potente y simple: la Nación coordina lo común y las provincias gobiernan lo propio, de modo que el poder no quede concentrado en una sola mano ni en una sola ciudad.

Pero la pregunta que incomoda y que el interior siente en la piel es otra, ¿qué federalismo tenemos en la práctica? Porque un país puede llamarse federal y, al mismo tiempo, funcionar con reflejos unitarios, decisiones tomadas lejos, recursos que bajan con condiciones, obras que llegan como premio o castigo, y provincias que terminan gestionando escasez más que planificando desarrollo. Ese es el nudo de intriga, ¿nuestro federalismo está protegiendo al ciudadano, o lo está dejando rehén de una arquitectura que promete equilibrio, pero entrega dependencia?

Hay una idea que incomoda porque es cierta, muchas veces el destino no se define sólo por mérito, sino también por coordenadas. Bill Gates lo reconoce sin vueltas al repasar su historia, admite que fue "afortunado", que nació "en el momento correcto y en el lugar correcto", y que ese privilegio, familia, escuela, acceso temprano a computadoras, fue una ventaja estructural difícil de replicar solo con voluntad. Malcolm Gladwell, en Outliers, plantea algo parecido desde otra puerta, el éxito suele ser menos "genio individual" y más una combinación de oportunidades, contexto y condiciones que se alinean (o no) para ciertas personas.

Claro que existen excepciones, y sería injusto negar el peso de la voluntad, el talento, la persistencia, las redes, las decisiones personales y hasta el azar.

En Argentina, nacer en una capital conectada o en un pueblo lejos de todo no debería marcar destinos tan distintos, pero los marca. Cuando la oportunidad depende del código postal, escuela, conectividad, salud, empleo, Estado presente, el país se vuelve una lotería geográfica, no solo desigual, también silenciosamente injusta. Analizar en serio el federalismo, entonces, no es un debate académico, es discutir cómo se reparte, de verdad, la posibilidad de futuro.

Así como distinguimos entre democracias y sistemas autoritarios según dónde reside el poder y cómo se controla, también podemos pensar en la tensión entre federalismo y unitarismo.

En un sistema federal, el poder se reparte: hay autonomías reales, decisiones cercanas al territorio, y un equilibrio que busca evitar que un centro absorba todo. Idealmente, el federalismo es plural, negocia, compensa desigualdades y protege identidades regionales.

En un sistema unitario, el poder se concentra: el centro decide, la periferia ejecuta. Puede ser eficiente en lo administrativo, pero tiende a producir una consecuencia política: las regiones dependen y el desarrollo se vuelve "concesión", no derecho.

Si lo llevamos al plano simbólico: el federalismo se parece al ideal democrático porque distribuye poder, multiplica controles y acerca decisiones a la gente. Y el unitario se parece, sin ser lo mismo, a una lógica más vertical, donde el centro define la agenda y el resto se adapta. El punto no es demonizar un modelo y santificar el otro; el punto es detectar cuánto de federalismo real hay en nuestra vida cotidiana, sobre todo en el interior.

Hasta acá, el mapa está planteado, la Argentina se dice federal, pero muchas veces funciona como si el centro tuviera la última palabra. Y eso abre el tema que sigue de cómo se traduce esa tensión en plata, obras, coparticipación, representación y oportunidades concretas.

El mapa unitario (SUBT)

Un ejemplo cotidiano lo muestra con una crudeza que no necesita teoría, y es la conectividad aérea. Para viajar de un punto del país a otro, en demasiadas rutas sigue existiendo un "peaje invisible" llamado Buenos Aires. El esquema de vuelos está tan concentrado que, para ir del interior al interior, muchas veces hay que pasar por Aeroparque o Ezeiza, como si el país tuviera un único pasillo habilitado. Eso no es solo incómodo, es una forma práctica de desigualdad. Porque se convierte en una especie de impuesto por ser del interior. Quien vive en Buenos Aires suele acceder a más frecuencias, más competencia de precios, más alternativas horarias. Quien vive en Salta, Jujuy, Neuquén o Comodoro, en cambio, no solo paga el tramo extra, también paga tiempo, traslados, noches de hotel si no calzan las combinaciones, y el costo de "estar lejos" en un país que, paradójicamente, se define como federal.

En el mundo laboral esa injusticia se vuelve todavía más nítida. Pensemos en alguien que debe viajar por trabajo a una ciudad del país o al exterior, muchas veces tiene que pagar primero el "derecho de admisión" a Buenos Aires para recién ahí seguir viaje. El porteño, en cambio, arranca en la puerta de embarque. No es un detalle, es una diferencia estructural que afecta oportunidades. En los hechos, la distancia se transforma en un costo fijo adicional que no figura en ninguna ley, pero se cobra igual.

Y el mismo patrón se repite en otros terrenos sensibles: Salud de alta complejidad: hay provincias donde, ante ciertos diagnósticos, la derivación a centros de referencia termina siendo casi automática.

No porque falten médicos, sino porque faltan equipamientos, especialidades críticas o redes de atención integradas. El resultado es simple: el interior paga con kilómetros lo que el centro resuelve con cuadras.

Trámites y "capitalidad administrativa": muchas decisiones importantes, habilitaciones, organismos nacionales, gestiones con delegaciones limitadas, siguen teniendo un sesgo centralista. Cuando el trámite se "traba", suele destrabarse en el centro. El ciudadano del interior carga con viajes, gestores, tiempos muertos y una burocracia que, en la práctica, trata a la distancia como si fuera culpa.

Economía y financiamiento: el crédito, el capital de riesgo y los grandes mercados también tienden a concentrarse. No es lo mismo emprender donde hay bancos con competencia, redes de proveedores y clientes grandes, que hacerlo donde todo cuesta más caro por flete, escala y falta de opciones. El federalismo se vuelve un eslogan cuando el costo logístico y financiero castiga siempre al mismo lugar.

Educación y conectividad: no es solo "tener escuela". Es tener conectividad estable, formación técnica cercana, articulación con empleos reales, y posibilidades de movilidad. Cuando la distancia corta esos puentes, el talento del interior no desaparece, se va. Y esa fuga es una pérdida silenciosa para la provincia y una ganancia automática para el centro.

Lo decisivo es entender que no estamos hablando de caprichos regionales, sino de oportunidades concretas. Un país no es verdaderamente federal cuando para estudiar, atenderse, emprender, volar o simplemente progresar, la vida te empuja a "pasar por Buenos Aires" como si fuera una aduana interna. Eso, al final, no es solo un problema de transporte, es un síntoma de cómo se distribuye el poder real. Y ahí aparece la parte más delicada, porque el "peaje Buenos Aires" no se queda en Buenos Aires, se copia en cascada hacia adentro del país.

Cuando la Nación concentra, las provincias aprenden el reflejo y lo replican, la capital provincial se vuelve una "mini Buenos Aires" y el interior queda como "interior del interior". Y ahí aparece una cascada previsible.

* Primero, la distancia se transforma en un costo fijo, viajar, gestionar, acceder a salud, justicia o empleo exige tiempo y plata; no es lo mismo estar lejos que pagar por estar lejos.

* Segundo, como el Estado formal llega tarde, (trámites, habilitaciones, inspecciones, crédito, capacitación), la informalidad llega temprano, changa, intermediarios, acuerdos de palabra, mercado en gris; no por picardía, sino por necesidad.

* Tercero, se arma un pacto silencioso, formalizar se vuelve tan caro y engorroso que mucha gente queda "afuera" aunque quiera hacer las cosas bien, y termina sobreviviendo donde puede.

* Cuarto, ese modelo frena el desarrollo, menos inversión, menos productividad, menos empleo de calidad y una vida sin red, sin crédito real, sin cobertura, sin previsión, todo se decide en modo urgencia.

* Quinto, la política también se deforma, cuando faltan instituciones cercanas, crece la lógica del favor y del "contacto que destraba", y eso reemplaza ciudadanía por dependencia.

Resultado: un federalismo que se vive como embudo no solo concentra poder; también fabrica informalidad en la periferia.

Si uno repasa lo que aprendimos desde la secundaria, las guerras civiles, los nombres de unitarios y federales, la idea de "organizar la Nación", descubre que el federalismo no nació como un trámite de oficina, sino como una pelea por el sentido del poder, quién decide por quién. En los papeles ganó la fórmula federal; en la vida cotidiana, muchas veces, se cuela una lógica centralista que deja al federalismo como una palabra prolija, pero liviana.

Por eso, cuando los gobernantes se dicen federales, su obligación no es declamarlo, es demostrarlo con decisiones que cambien incentivos y acorten distancias. Señales concretas, conectar el país sin "peaje geográfico" (vuelos directos, corredores logísticos, rutas y trenes donde corresponda); ordenar un federalismo fiscal con criterios estables, transparentes y auditables (menos discrecionalidad, más reglas); descentralizar capacidades del Estado para que servicios estratégicos no se resuelvan siempre en una ventanilla lejana; y empujar desarrollo productivo regional para que la formalidad sea posible y el empleo privado crezca fuera del centro.

La tensión entre centro e interior no desaparece, se administra. Y el federalismo, al final, es eso, una ingeniería política para que el lugar donde uno nace no determine, por defecto, el tamaño de su vida.

 

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