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Volvemos a comprobar, ahora desde otro ángulo, el problema social que padece la Argentina con el predominio de una caterva opinante, donde el ruido suplanta al juicio y el rating reemplaza a la razón. La historia me certifica cuando expreso mi desdén por estas formas de "periodismo" ejecutado por poligrillos que opinan con el mismo criterio de una medusa.
íQué lejos han quedado aquellos días cuando, Bartolomé Mitré, desde "Los Debates", disputaba con Adolfo Alsina, que respondía desde "La Capital", ílos problemas de la organización nacional! ¿Dónde están las plumas como José Hernández, cuando legislador, plasmó en sus columnas los temas que serían luego las leyes de la República?
Cuando aquel 17 de octubre de 1951, Eva Perón, hizo amanecer a la televisión en este país comenzó al punto la decadencia mental de los argentinos. La "caja boba", se introdujo en los hogares como el salteador en la noche de los tiempos para robarse todo punto de criterio, de pensamiento y de debate. Allí murió el periodista y nació el formador de opinión, un sujeto que al modo de los sofistas griegos pone precio a su palabra.
Debo recordaros que hubo un tiempo -no tan lejano-, en el que el periodismo analizaba discursos, decisiones, ideas. Ese tiempo pasó. Hoy, un canal nacional puede dedicar un programa entero a analizar el cabello de los políticos. Resulta más importante hablar de qué tienen sobre el cuero cabelludo en lugar de observar si tienen algo dentro del cráneo. Para colmo, algunos son tan falsos que lo que muestran son pelucas. Ni eso conservan de natural.
El mechón, las canas, el peinado y la textura capilar como categoría de análisis político. Los simples tienden a reír frente a semejante atrocidad mental, y los palurdos consumen esta bazofia como al maná luego de caminar en el desierto. Se ha consagrado a la estupidez con el rating y a los incapaces con el voto. La nimiedad y el vacío neuronal han alcanzado niveles premium.
Se discute si el presidente se peinó o metió los dedos en un enchufe, pero no se discute cómo gobierna y menos todavía por qué gobierna. Miden el precio de la tintura, pero no el costo de la canasta familiar. Analizan el largo de unos cabellos y no lo corto que van quedando los sueldos por las decisiones económicas.
Mientras tanto, el poder agradece, porque pensar incomoda y mirar entretiene.
La democracia no cae sólo cuando un militar aveloriado tiene una visión mesiánica y toma un tanque para "salvar a la patria"; la República se degrada y languidece cuando el debate público se transforma en "chisme de peluquería", como sentencia el hombre de los pelos hirsutos. No hace falta censura cuando el propio sistema mediático elige la banalidad como línea editorial.
Analizar el cabello de los políticos es la versión posmoderna del circo romano: no necesita sangre, le alcanza con distracción. Y como todo circo, tiene público. Un público acostumbrado a consumir estupidez bien presentada, servida con tono serio y envuelta en la palabra "análisis".
Así, mientras el país se incendia -literal y simbólicamente-, la televisión nos explica si el poder se peina a la derecha o a la izquierda. Y eso, más que un síntoma cultural, es una confesión.
Cuando el periodismo deja de pensar, la política deja de ser discutida. Y cuando eso ocurre, la estupidez deja de ser un defecto para convertirse en un negocio.
En la Argentina contemporánea, ese negocio ya tiene pantalla, sponsors y línea editorial. El golpe de Estado no vino en tanques: vino despeinado, maquillado y con rating. Y se ve que nadie se ha dado cuenta.