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Transcurrido el primer año de su segundo mandato, resulta inevitable mirar por el retrovisor y comparar al actual Donald Trump con aquel de 2017, el año de su debut en la Casa Blanca.
Si rebobinamos la cinta hasta su primera presidencia, para entender la metamorfosis del poder, encontramos a una figura con la energía caótica de un adolescente rebelde. Aquel Trump irrumpía en la capital con ínfulas de justiciero contra "la ciénaga de Washington", decidido a romper con los "corruptos" opositores, los periodistas "enemigos del pueblo" y los inmigrantes "criminales y violadores". Era el outsider ruidoso cuya retórica incendiaria en Twitter obligaba a todos, en el ámbito nacional, a tomar partido. Ladraba mucho, pero no mordía del todo.
Su rebeldía tenía objetivos relativamente convencionales dentro del conservadurismo. En su visión, Rusia y Corea del Norte eran enemigos que disuadir con esteroides presupuestarios para la maquinaria militar. Hacia el sur, su obsesión era desmantelar el legado de Obama. Se vanagloriaba de imponer "duras sanciones" a Venezuela y Cuba, apostando por la asfixia financiera antes que por la intervención directa.
En inmigración, quería un muro de cemento y acero, y llegó a ofrecer protección legal y ciudadanía para jóvenes inmigrantes indocumentados traídos de niños, los llamados "dreamers", a cambio de fondos para construirlo y de un endurecimiento general del sistema migratorio.
Aquel Trump adolescente chocaba con las instituciones. Era ruidoso, molesto, generaba polarización extrema, pero estaba contenido por los contrapesos del sistema, ya sea desde los tribunales, la prensa, agencias gubernamentales independientes o incluso su propio partido.
Hoy, con un Congreso con viento a favor y contrapesos que aprendió a sortear a fuerza de decretos, Trump ha dejado atrás al adolescente revoltoso para convertirse en un niño con poder absoluto. Lo más sorprendente es que, nueve años después, lejos de desgastarse, parece tener aún más energía para imponer su voluntad, tanto en casa como en el mundo.
De la obsesión por el muro ha pasado a una política de deportaciones agresivas, al estilo Obama, pero con un tono vengativo. En ciudades gobernadas por la oposición, agentes del ICE son parte del paisaje y del abuso, como en el caso de Renée Good, ciudadana estadounidense muerta durante un operativo migratorio que la Casa Blanca calificó como "daño colateral".
Ya no ladra; muerde
Pero donde más se evidencia la mutación es en su política exterior. Si en 2017 Rusia ocupaba el lugar central en su mapa de amenazas, hoy ha sumado a China como su principal antagonista, no solo por la rivalidad comercial, sino por la influencia global de su Nueva Ruta de la Seda. Trump justifica cada acción en esta supuesta guerra estratégica, desde los aranceles generalizados hasta su renovado empeño por anexionar Groenlandia. En su lógica, todo es parte de una cruzada geoeconómica por la supremacía, en la que ya no distingue entre aliados y rivales. Proclamó un "Día de la Liberación" comercial, impuso tasas universales que sacudieron los mercados y reactivó su ofensiva contra Europa, la OTAN y cualquier socio que cuestione su narrativa.
A diferencia del Trump de 2017, que ladraba, el de 2026 muerde. Ordenó el bombardeo de instalaciones nucleares en Irán, intervino militarmente en Venezuela para capturar a Nicolás Maduro y colocó bajo supervisión directa la producción petrolera del "nuevo chavismo". A sus socios más fieles, como Canadá y México, los ridiculiza, al proponer anexar a los canadienses como estado 51 y amenazar con incursiones armadas en territorio mexicano si no frenan el flujo de fentanilo. Todo bajo su versión personalista de la Doctrina Monroe, la bautizada "Doctrina Donroe", que redibuja el mapa hemisférico y proclama que América es para los americanos… pero bajo el mandato de Washington, como demostró al reactivar su presión sobre Panamá para expulsar inversiones chinas del Canal.
Sin reelección a la vista, Trump gobierna como si dirigiera una empresa, no un país. No le interesan los equilibrios ni la independencia de poderes, y exige subordinación. Lo ha dejado claro al embestir contra Jerome Powell y la Reserva Federal, presionando al Tesoro como si fuera una gerencia más bajo su control. No rinde cuentas a nadie, al menos hasta que las elecciones intermedias de noviembre próximo puedan marcarle algún límite. Por el momento se siente envalentonado por sus propias decisiones y reclama genuflexiones y validación constante.
En esa búsqueda obsesiva de validación, Trump raya en lo ridículo y, lo peor, es que no le importa. Hace unos días, calificó de "hermoso gesto" que María Corina Machado le compartiera su medalla del Nobel de la Paz, como si el galardón pudiera transferirse por simpatía. Y en una reciente conversación con el primer ministro de Noruega, se jactó de que ya no le interesa recibir el Nobel, porque, según él, eso lo exime de cualquier obligación de buscar la paz.
Con la psicología de un niño que todavía no ha aprendido a compartir, Trump no solo quiere todos los juguetes para él, sino que además los rebautiza con su nombre. Rediseñó la Secretaría de Defensa bajo el título de "Secretaría de Guerra", rebautizó el Golfo de México como "Golfo de América", le puso su apellido al Kennedy Center como si fuera uno más de sus edificios y mandó demoler un ala de la Casa Blanca para construir un salón de baile con su nombre. En su universo simbólico, el poder se marca, se adueña y se exhibe.
La brutal transparencia
Trump se desboca a diario en Truth Social, la red que él mismo creó tras acusar a los gigantes tecnológicos de conspirar contra su primera presidencia. Allí opina, ordena, ridiculiza y anticipa sus jugadas sin filtros. Esta verborrea constante, que muchos consideran un acto de egolatría o simple histrionismo, lo convierte, paradójicamente, en el político más transparente del momento.
A diferencia de otros líderes que se amparan en el lenguaje diplomático para disfrazar sus verdaderas intenciones, Trump las exhibe, las grita, las sobreactúa. Le da igual si lo acusan de hacer el ridículo. Incluso, circuló una imagen generada con inteligencia artificial en la que aparece plantando una bandera estadounidense en Groenlandia sobre un mapa redibujado a su antojo.
Pero esa transparencia brutal, por más que nos exaspere, nos divida o nos agote, también nos permite conocer sus verdaderos movimientos sin maquillaje. Y aunque sus métodos puedan parecer peligrosos, incluso corrosivos para la democracia, vale preguntarse si esta exposición incómoda, ruidosa y directa no es preferible a una política que, en nombre de la diplomacia, se esconde de su pueblo o solo emerge cuando hay elecciones.
Quizás lo más preocupante no sea ver lo que hace Trump, sino no ver lo que hacen los demás.