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Borges confesaba un antiguo temor ante los espejos. No por superstición banal, sino por intuición metafísica: en ellos se duplicaba la realidad, se desdibujaba la frontera entre lo auténtico y lo reflejado. El espejo devuelve una imagen, pero no garantiza verdad. Tal vez por eso hoy, en esta época de exhibición constante, el espejo ha dejado de inquietarnos: nos fascina. Nos celebramos en él. Y acaso allí radique uno de los grandes enigmas contemporáneos.
Hace poco, Thomas L. Friedman escribió sobre Donald Trump que es "el menos norteamericano de todos". La frase no buscaba una paradoja ingeniosa, sino señalar algo más profundo: que ciertos liderazgos actuales encarnan lo contrario de los valores que dicen representar. Donde hubo comunidad, proponen fragmentación. Donde hubo responsabilidad cívica, exaltan la voluntad individual sin límites. Donde hubo instituciones, celebran el capricho personal. El personaje se convierte así en espejo de su tiempo: refleja, amplificada, una corriente que lo precede.
El fondo del problema no es un hombre, ni siquiera un movimiento político aislado. Es el clima de época. La prevalencia del individualismo radical, la sacralización del egoísmo como virtud, y la autojustificación permanente como escudo moral han penetrado gran parte de las sociedades modernas. En ese contexto emergen figuras desopilantes - y a veces peligrosas - que no disimulan su convicción de que solo importa lo que ellos desean. Los demás, sencillamente, no existen. Y si existen, pero son débiles, pobres o distintos, entonces pueden ser ignorados, utilizados o directamente pisoteados.
Basta observar cómo se abordan los grandes desafíos sociales de nuestro tiempo: la inmigración tratada como amenaza antes que como fenómeno humano; la marginalidad aceptada como paisaje inevitable; la desigualdad justificada como mérito natural; la pobreza interpretada como defecto individual. Todo ello sostenido por una indiferencia creciente frente a la responsabilidad social que toda comunidad necesita para progresar y evolucionar.
El espejo devuelve una imagen inquietante: sociedades que predican libertad mientras abandonan al vulnerable; que celebran el éxito sin preguntarse por sus condiciones; que proclaman derechos, pero olvidan deberes. Bajo banderas de acción individual y consumo ilimitado, se degrada cualquier intento de proponer conciencia social, solidaridad efectiva o responsabilidad ciudadana. Se acusa de ingenuo al que pide cooperación, y de débil al que invoca compasión. La empatía se vuelve sospechosa; el compromiso colectivo, una carga.
Así, poco a poco, se erosiona la idea misma de comunidad. Y sin comunidad no hay progreso posible, solo competencia perpetua. No una evolución hacia formas más justas de convivencia, sino una involución hacia un estado de naturaleza donde prevalece la ley del más fuerte, del más mezquino, del miserable, aunque poderoso.
Tal vez por eso Borges temía los espejos. Porque en ellos no solo se multiplica la imagen, sino también la mentira que cada época se cuenta a sí misma. Y acaso el desafío actual consista en atreverse a romper el espejo —o al menos, a mirarlo con lucidez— antes de que la imagen reflejada termine por convencernos de que no hay otra forma de vivir juntos.
"Los espejos y la cópula son abominables, porque multiplican el número de los hombres" (Jorge Luis Borges)