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El escenario internacional actual, surgido tras el fin de la Guerra Fría y profundizado en el siglo XXI, se caracteriza por lo que denomino el "Desorden de Westfalia". El orden de Westfalia, establecido mediante una serie de Tratados en 1648 buscaba poner fin al conflicto religioso entre protestantes y católicos. Así, sentó las bases de la soberanía estatal y la no intervención, bajo el principio de que "cada príncipe elegiría la religión de su pueblo", instaurando las bases del Estado Nación moderno. Hoy, a cuatrocientos años, este orden se encuentra en crisis, impulsada por la globalización o la "mundialización", donde el poder del Estado parece diluirse frente a los mercados y la sociedad en red; tanto como, por la pretensión de Estados Unidos de subordinar el "[des]orden" internacional a su dominio hegemónico o pax americana, donde los Estados se subordinen a su interés nacional.
Respecto a los mercados, la politóloga inglesa, Susan Strange, advierte sobre la pérdida relativa y creciente de poder de los Estados en el contexto del "capitalismo casino": un sistema financiero internacional en permanente movimiento, donde los mercados nunca duermen, operando 24 horas a lo largo y ancho del planeta. Aquí, el poder estatal se erosiona frente a actores como empresas multinacionales y organismos internacionales, algunos con mayor peso relativo que muchos países. Cada jugador hace sus apuestas en un juego caracterizado por la inestabilidad, concentración de riqueza y desigualdad social. Y, donde la casa -el sistema financiero-, siempre gana.
Desde otra perspectiva, el sociólogo norteamericano, Immanuel Wallerstein, sostiene que el sistema - mundo que surgió hace cinco siglos con la expansión europea hacia América mantiene una lógica territorial y otra global. Mientras los Estados permanecen fragmentados, el capitalismo se extendió globalmente, de forma tal, que los gobiernos no logran controlar una economía mundial. Es que ahora es el mercado el que impone las reglas, en alianza con poderes hegemónicos.
En sintonía, el aporte teórico de Lenin -Vladimir Ilich Ulianov-, cobra actualidad al señalar al Imperialismo como la fase ulterior del capitalismo, dominada por el monopolio, el capital financiero y la lucha por recursos entre potencias. Esa obra, escrita hace más de un siglo para explicar las causas de la Primera Guerra Mundial, parece ser un preludio del mundo actual por la feroz competencia entre las grandes potencias contemporáneas que luchan por los mercados y los recursos imponiendo políticas imperialistas.
En este desorden mundial actual, sólo existe el equilibrio del terror entre las potencias con capacidad nuclear para destruir varias veces la tierra. En nuestro tiempo, la vida del planeta se encuentra ante una amenaza real y latente de desaparecer. Del denominado "club nuclear", integrado por nueve naciones, entre más de 190 países que conforman las naciones unidas, suman más de trece mil cabezas nucleares. Entre ellas se destacan, la Federación de Rusia y los Estados Unidos de América, siendo este último el único que fue capaz de utilizarla dos veces contra una población, en Hiroshima y Nagasaki.
Con ese abrumador poder, Estados Unidos desatiende los capítulos VI y VII de la Carta de las Naciones Unidas, como ocurrió en Yugoslavia (1999), Irak (2003), Siria (2017) e Irán (Operación "Martillo de Medianoche", en 2025) y Venezuela (2026). De forma similar, Rusia lo hizo con Ucrania (2022), como las acciones de Israel en Palestina. Cada uno con sus argumentos, pero todos hechos que evidencian la inestabilidad del orden de Yalta (1945) y la ineficacia del sistema de Naciones Unidas.
Solo existen dos vías legítimas para tomar medidas coercitivas: con mandato del Consejo de Seguridad o apelando a la legítima defensa tras un ataque -la cual debe ser proporcional hasta tanto Naciones Unidas tome acciones al respecto-, no operando los denominados "ataques preventivos", que desean instalar desde la OTAN y que reconvirtieron esa organización, a fines del siglo XX, como una alianza ofensiva, hecho que está prohibido por la carta de Naciones Unidas. En este frágil equilibrio estamos al vilo de un inminente ataque estadounidense a la República Islámica del Irán, quién nuevamente amenazó en responder con ataques a las bases norteamericanas en la región.
Tras la caída de la Unión Soviética, el mundo se abrió a una nueva competencia por la hegemonía mundial en un contexto de economía cada vez más interdependiente. Zbigniew Brzezinski destaca la competencia estratégica en el "Gran Tablero Mundial", con Eurasia como escenario principal y jugadores geoestratégicos como Rusia, China, Estados Unidos, Japón, la Unión Europea, Turquía e Irán.
Donde la retirada de Moscú tras el colapso de su imperio abría el juego hacia una inmensa área dotada de ingentes recursos estratégicos.
En ese marco, la reconstrucción del poder fronteras hacia adentro y hacia afuera por parte de Putin con una hábil diplomacia energética en Europa y la cooperación con China frustró las pretensiones hegemónicas estadounidenses. Actualmente, la cooperación sino-rusa se fortaleció en la Organización de Cooperación de Shanghái y la Nueva Ruta de la Seda. En contra partida, Estados Unidos profundizó su avance hacia Europa del Este, ampliando la OTAN hasta las fronteras con Rusia, con los Estados Bálticos y Polonia. Situación que condujo a la actual crisis en Ucrania, causa de la pretensión de ampliar esa organización de carácter antirrusa a pesar de la negativa Moscú. Por siglos, Ucrania ha sido parte de una historia compartida. Desde la cuna de su "civilización" como la Rus de Kiev hasta la configuración del actual Estado Ucraniano con parte de territorios de Polonia, Besarabia y Rusia. Por ello, la política rusa lo considera como un espacio esencial a su seguridad, como previamente ocurrió en el 2008, con los conflictos en el Cáucaso como en Georgia.
En medio de esa lucha entre la hegemonía mundial norteamericana y un orden multipolar, al que apuestan reconfigurar potencias emergentes como Rusia, China, India, la estrategia estadounidense es recuperar Iberoamérica bajo su influencia tras décadas de haber abandonado su interés por la región. En ese plano, la creciente presencia de potencias extrahemisféricas como China o Rusia amenazan ese objetivo. De allí la intención de Donald Trump, como un gigante dormido, de restablecer la "Doctrina Monroe", que establece "América para los americanos" pero como bien señalaba Salvador Allende, esa doctrina significa "América para los norteamericanos" y que la diplomacia argentina respondió a fines del siglo XIX en la primera Conferencia Panamercana (1890), como "América para el mundo", debido a que su principal socio comercial estaba del otro lado del atlántico: Londres.
Esta doctrina, fue invocada por el jurista argentino Luis María Drago, tras el ataque europeo a Venezuela en 1902, imponiendo un límite a la intervención extranjera y la prohibición del uso de la fuerza para el cobro de deudas, consolidándose como la "Doctrina Drago". Actualmente, la amenaza a la región no viene de una potencia extra regional sino desde el propio continente, como históricamente lo hizo Washington, con algunas excepciones, como la política del "buen vecino" o la frustrada "alianza para el progreso" de John F. Kennedy, que murió antes de nacer.
De modo que el poder hegemónico de Estados Unidos en el hemisferio se consolidó a través de políticas neocoloniales, como el "Big Stick" o imperialistas como el Macartismo y el Plan Cóndor, apoyando y promoviendo dictaduras conservadoras promercados que irrumpieron gobiernos democráticos y violaron sistemáticamente los derechos humanos. La excepción fue el presidente James "Jimmy" Carter denunció estos atropellos; otros presidentes norteamericanos no sólo toleraron regímenes autoritarios y corruptos en la región, sino que incluso colaboraron con ellos con un fuerte apoyo económico y militar a pesar de las censuras, torturas, exiliados, muertos y desaparecidos.
Después de la Guerra Fría, el apoyo a presidentes corruptos y autoritarios continuó, siempre que estuvieran a favor de políticas de libre mercado. El ilegítimo y desesperado ataque a Venezuela para apropiarse de sus recursos energéticos, sus amenazas hacia otros países de la región o inclusive Europa con sus pretensiones sobre Groenlandia nos hablan de una potencia en retirada. Siendo su política interna su talón de Aquiles, que bien describe el sociólogo francés, Emanuel Todd, en su libro "La derrota de Occidente" donde señala al nihilismo como una de las principales causas de su decadencia.
Siendo, los Estados Unidos el mayor y último exponente en liderar ese espacio civilizatorio, existe internamente una fractura tal que sus propios valores como la libertad, la tolerancia, la democracia, la razón y la ciencia se ven cuestionadas. Igualmente puede verse en la fracturas sociales internas y políticas racistas que amenazan con escalar en un conflicto civil, como ya sucedió a lo largo de su historia y que a veces queda desdibujada, pero se encuentra latente. Miles de norteamericanos se manifiestan en las calles contra las políticas antiinmigrantes de un país y un continente donde todos, en algún momento a otro llegaron por el estrecho de Bering hace miles de años o por los océanos. El poder americano se basa en su pueblo y en su softpower, y no únicamente en su poder duro (hardpower), como considera Trump, quien parece estar perdido la jugada quedándose cada vez más aislados en un mundo que está cambiando.
En este complicado escenario, queda preguntarnos, ¿cuál es el rol de los países de nuestra región?