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Hay abandonos que no hacen ruido. No tienen la estridencia de una pelea ni el dramatismo de una puerta que se cierra con fuerza. Son silenciosos, casi domésticos, un lunes que no vuelve, una carpeta que queda sin nombre, un guardapolvo que se guarda "por unos días" y termina guardado para siempre. La deserción en la primaria suele imaginarse como un evento repentino, un niño que "deja la escuela", pero en realidad se parece más a un proceso lento, como esas velas que se consumen sin que nadie note cuándo empezó a faltar la luz. Primero se falta una vez, después dos. Luego se pierde el ritmo. Se acumulan tareas que ya no se entienden, aparece la vergüenza, y cuando la vergüenza se instala, la escuela deja de sentirse como un lugar posible.
Hoy el sistema educativo argentino también enfrenta una caída demográfica. Por eso conviene aclarar de que haya menos chicos no significa, necesariamente, que estén dejando la escuela. La baja de matrícula puede deberse a que nacen menos niños y, a la vez, puede persistir el abandono en ciertos territorios o grupos sociales. Separar ambos fenómenos es necesario para diagnosticar bien y no tomar decisiones equivocadas con apariencia de "racionales".
El informe Presente y futuro de la cantidad de alumnos por docente y por grado de Argentinos por la Educación pone el foco en el primer fenómeno: la contracción demográfica y sus efectos sobre la organización escolar y el uso del plantel docente. Señala que hacia 2030 se proyecta una caída del 27% en la matrícula del nivel primario a nivel país (ámbito urbano), lo que implica una transformación enorme para infraestructura, secciones y cargos docentes. El informe deja dos mensajes simples:
* Se espera que lleguen menos chicos a la primaria y, si todo sigue igual, las aulas se achicarán, serán comunes los grados con 15 a 19 chicos y aumentarán los de menos de 15. Si los cargos docentes se mantienen, el promedio bajaría de 16 a 12 alumnos por docente.
* Más docentes por alumno no asegura mejores aprendizajes. Reducir aún más el tamaño del aula, en clases "medias", suele dar resultados inciertos y es caro; rinde más apostar a tutorías focalizadas y acompañamiento pedagógico para mejorar lo que pasa dentro del aula.
El documento no analiza la deserción en primaria, sino una ola demográfica que obliga a reorganizar recursos. El riesgo es confundir "menos chicos" con "problema resuelto", cuando no lo está. Al contrario, esta contracción puede ser la oportunidad para usar mejor los recursos, reducir ausentismo y prevenir el abandono.
Desde la mirada de política educativa, un error común es creer que la deserción es una decisión individual, como si fuera un capricho o una falta de voluntad. La evidencia suele mostrar otra cosa, que la deserción primaria casi nunca es un "salto", sino una pendiente.
No se puede gestionar lo que no se mide con inteligencia. Contar "deserción anual" es necesario, pero insuficiente. La política pública necesita tableros tempranos, porque el abandono no es un número final, es una trayectoria que se deteriora.
Un enfoque moderno de política educativa puede incluir:
* Detección temprana del riesgo. Alertas simples por ausentismo, repitencia y bajo desempeño, grado por grado y escuela por escuela.
* Intervenciones de bajo costo y alto impacto
- Tutorías focalizadas en lectura (la lectura es la llave de todo lo demás).
- Acompañamiento familiar cuando el problema es logístico y no pedagógico.
- Articulación con salud y desarrollo social cuando la escuela sola no alcanza.
* Escuelas con margen de maniobra. Si cada problema termina en un trámite, la escuela pierde tiempo. Las escuelas necesitan capacidad de respuesta rápida: becas de transporte, alimentación, refuerzos, equipos de orientación.
* Prioridad estratégica en primer ciclo
Los primeros años son decisivos. Si un niño no logra dominar lectura y comprensión a tiempo, el resto de la primaria se vuelve una escalera con escalones rotos.
Las estadísticas son indispensables, pero no deben anestesiarnos. Detrás de cada punto porcentual hay un niño que se va quedando sin mundo. Porque la escuela primaria no es solo un lugar para aprender cuentas y letras, es el primer gran contrato social que una comunidad ofrece. Es la promesa mínima de que alguien importa.
Cuando un niño abandona la primaria, el sistema no pierde solamente matrícula, pierde futuro. Pierde capital humano, pierde cohesión social, pierde la posibilidad de romper un ciclo de vulnerabilidad que luego es más caro y doloroso reparar.
La deserción primaria no es un rayo. Es una sombra que crece. Y como toda sombra, se achica con luz, presencia, acompañamiento, datos bien usados y una política pública que deje de llegar tarde. En un país que, según proyecciones demográficas, tendrá menos alumnos en primaria y deberá reorganizar recursos, la pregunta decisiva no es "¿qué hacemos con las aulas vacías?", sino "¿cómo usamos mejor el sistema para que ningún chico se apague en silencio?".
En estadísticas educativas, el abandono se entiende mejor si lo pensamos como un riesgo acumulativo. Un solo factor puede no alcanzar para empujar a un niño fuera de la escuela, pero cuando se combinan varios, pobreza, problemas de salud, sobrecarga familiar, trabajo informal de los adultos, violencia, migración, distancia, dificultades de aprendizaje no atendidas, el riesgo se dispara. La pregunta correcta no es "¿por qué abandona?", sino "¿cuántas señales previas ignoramos?".
Y ahí aparece una idea importante: la deserción tiene precursores medibles.
Ausentismo crónico (faltar muchas veces, aun sin abandonar oficialmente).
Repitencia o trayectorias con sobreedad (tener más edad que la esperada para el grado).
Bajo desempeño persistente, especialmente en lectura y comprensión.
Cambios de escuela repetidos o interrupciones por mudanzas.
Eventos familiares críticos (enfermedad, separación, pérdida de empleo).
Cuando estos indicadores se combinan, la probabilidad de abandono crece, y lo hace de manera bastante predecible. Lo que para la familia puede parecer "un mes complicado", para el sistema educativo puede ser la antesala de una salida definitiva.
En muchas historias reales, el motivo final es tan simple que da vergüenza admitirlo, no hay para el transporte, no hay útiles, no hay calzado, no hay para comer antes de salir, hay que cuidar a un hermano menor, o hay que acompañar a un adulto enfermo. El último empujón también puede ser simbólico, una maestra que no tuvo herramientas para incluir, un aula donde el niño se sintió siempre "el que no puede", o una evaluación que lo dejó expuesto. Y estos factores no solo son propios del ámbito de la escuela primaria, se dan en todos los niveles, incluso en el universitario, con en que convivo y conozco la problemática a través de investigaciones y de vivencias con mis propios alumnos y colegas.
Los sistemas educativos suelen reaccionar cuando el abandono ya ocurrió. Pero la prevención exige lo contrario, intervenir cuando todavía hay vínculo, cuando aún existe el hábito de ir, cuando todavía hay alguien que pregunta "¿mañana volvés?".
El informe de Argentinos por la Educación describe un escenario donde, de sostenerse las estructuras actuales, aumentaría la proporción de secciones pequeñas y descendería la ratio "alumnos por docente". A primera vista, podría tentarnos una conclusión rápida: "con menos alumnos por aula, mejorarán los aprendizajes y se reducirá el abandono". Ojalá fuera tan automático. La realidad es más exigente. El mismo documento señala que reducir tamaño de clases no siempre es la inversión más rentable en aulas de tamaño intermedio, y sugiere priorizar medidas más costo-efectivas, como tutorías adaptadas al nivel de aprendizaje y acompañamiento pedagógico a docentes. Esa advertencia es importante porque si el sistema "gana" margen por demografía, la pregunta no es si vamos a tener aulas un poco más chicas, sino qué vamos a hacer con el tiempo docente liberado.
Dicho sin tecnicismos, la caída de matrícula puede ser una oportunidad histórica para pasar de un sistema que corre detrás del problema a uno que lo anticipa. Y la deserción en primaria es el lugar donde esa oportunidad debería volverse política concreta.