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25 de Febrero,  Salta, Centro, Argentina
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Alcohol al volante y cambio cultural

Miércoles, 25 de febrero de 2026 00:10
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En los últimos días, a partir de una nota publicada por El Tribuno sobre el debate en el Concejo Deliberante de Salta acerca del proyecto que habilita hasta 0,5 gramos de alcohol en sangre para conducir, volvió a instalarse una discusión que nuestra sociedad ya creía saldada: ¿cuál es el límite entre el consumo individual y la responsabilidad colectiva?

Se ha escuchado con insistencia el argumento de que la gastronomía pierde dinero porque los comensales no pueden consumir bebidas alcohólicas si luego deben manejar. Se plantea que el modelo actual de "alcohol cero" habría fracasado y que permitir un margen de 0,5 dinamizaría bares y restaurantes. Pero ese razonamiento observa apenas una parte del tablero. Y cuando hablamos de vidas humanas, mirar parcialmente es, como mínimo, imprudente.

Si se habilita nuevamente el consumo para quienes conducen, aunque sea dentro de un "límite", el impacto no se reducirá a una mesa más vendida o a una botella descorchada. También habrá consecuencias económicas en otros sectores. ¿Quiénes son hoy los aliados silenciosos de la noche salteña? Los taxistas, los remiseros, los conductores de aplicaciones. Son ellos quienes sostienen, en gran medida, la decisión responsable de muchos ciudadanos que eligen no manejar después de beber. Si el mensaje social cambia —si se instala la idea de que "un poco no hace daño"—, el efecto dominó será inmediato. Y quienes perderán ingresos no serán precisamente los grandes empresarios, sino trabajadores que viven del viaje corto, del traslado a la salida del restaurante, del regreso seguro a casa.

Pero más allá de la economía, está la estadística cruda. Motociclistas, automovilistas y conductores de camiones bajo los efectos del alcohol encabezan, año tras año, las cifras de siniestros viales con víctimas fatales en la Argentina. No es una afirmación ideológica; es un dato reiterado en informes oficiales y estudios de seguridad vial. El alcohol, incluso en pequeñas dosis, reduce reflejos, altera la percepción de distancia y velocidad, y genera una falsa sensación de control. El "yo manejo mejor así" ha sido el preludio de demasiadas tragedias.

Seguridad vial

La experiencia comparada demuestra que las políticas más efectivas en materia de seguridad vial son aquellas que envían mensajes claros y contundentes. "Cero es cero" no deja margen a la interpretación. No hay cálculo posible, no hay duda, no hay excusa. En cambio, el 0,5 abre la puerta a la especulación: ¿cuántas copas equivalen a eso?, ¿depende del peso?, ¿del tiempo transcurrido?, ¿del tipo de bebida? La norma se vuelve difusa, y la prevención pierde fuerza.

Además, no debemos olvidar el impacto social de cada accidente fatal. No se trata solo de una estadística que engrosa un informe anual. Es una familia que queda quebrada, una madre que no vuelve, un hijo que no regresa, un trabajador que ya no sostiene su hogar. Cada siniestro vial grave no solo enluta a una familia; enluta a la ciudad entera. Los hospitales públicos asumen costos altísimos, el sistema judicial interviene, las aseguradoras litigan, y la comunidad paga, directa o indirectamente, las consecuencias.

Se argumenta que otros países permiten 0,5. También es cierto que muchos están avanzando hacia límites más estrictos, especialmente para conductores jóvenes o profesionales. La tendencia global en seguridad vial no es flexibilizar, sino reforzar los controles y reducir la tolerancia al riesgo. En una provincia donde aún luchamos por consolidar una cultura de prevención, retroceder puede enviar una señal contradictoria.

Lo más valioso de estos últimos años ha sido el cambio cultural. La figura del "conductor designado" dejó de ser una rareza para convertirse en una práctica habitual. Grupos de amigos que acuerdan quién no beberá, familias que priorizan la seguridad, jóvenes que piden un vehículo de alquiler en lugar de arriesgarse. Ese aprendizaje social no se construyó de un día para otro. Costó campañas, controles, sanciones y, lamentablemente, también vidas.

Debate

Por eso, el debate no debería centrarse en cuánto pierde o gana un sector puntual, sino en qué modelo de convivencia queremos consolidar. Si la preocupación es la situación económica de la gastronomía, existen otras herramientas: incentivos fiscales, promoción turística, eventos culturales, horarios extendidos. La solución no puede ser relajar una política que ha contribuido a salvar vidas.

Una sociedad madura no mide el éxito de una norma por la cantidad de copas vendidas, sino por la cantidad de tragedias evitadas. Salta ha demostrado que puede aprender, que puede modificar hábitos, que puede asumir que el derecho individual termina donde comienza el riesgo para el otro.

No retrocedamos. No cambiemos el mensaje. Sigamos eligiendo designar a un conductor antes que volver a enlutar a una ciudad.

 

 

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