PUBLICIDAD

¿Quieres recibir notificaciones de alertas?

Su sesión ha expirado

Iniciar sesión
16°
1 de Marzo,  Salta, Centro, Argentina
PUBLICIDAD

El autoritarismo sin ideologías avanza impulsado solo por el poder

Domingo, 01 de marzo de 2026 01:18
Alcanzaste el límite de notas gratuitas
inicia sesión o regístrate.
Alcanzaste el límite de notas gratuitas
Nota exclusiva debe suscribirse para poder verla

Irán es un gran problema; regional y de largo alcance. Al mismo tiempo, es un diagnóstico. La revuelta sucedida en ese país -antes de que una brutal e inimaginable represión la aplacara-, no es solamente el agotamiento de la teocracia; es el agotamiento de una forma de organizar el poder basada en la idea de que una ideología -cualquier ideología- puede subordinar a la vida.

La República Islámica está entrando en su otoño no porque bombardeen sus instalaciones militares o civiles; o porque Estados Unidos lo sancione o, incluso, la invada; sino porque su modelo de organización política y social pertenece a un mundo que no existe más: el mundo donde los Estados podían exigir sacrificio a cambio de promesas. El odio hacia Estados Unidos e Israel ya no sostiene que no haya agua, trabajo o que la moneda se siga desplomando. Occidente ya no es una tentación moral ni un demonio: es sólo un lugar donde se vive mejor.

Así, Irán es un laboratorio. En un espejo en el que deberíamos mirarnos. Lo que allí se cuece -una sopa bullente entre una ideología totalizadora, un Estado paranoico y vigilante y una población agotada-, es el mismo caldo de cultivo que podría estar redefiniendo parte del orden global contemporáneo.

Porque la pregunta del siglo XXI no es qué ideología va a triunfar. Es, en cambio, una pregunta mucho más vital y subversiva. Es si existe alguna ideología que pueda organizar y gobernar a sociedades que ya no creen en nada.

El colapso

El mundo del siglo XX estaba organizado por antagonismos ideológicos: capitalismo contra comunismo, Occidente contra Oriente, secularismo contra fe. Estos conflictos fracturaban y estructuraban la fe política. Permitían a los Estados exigir a sus pueblos lucha y sacrificios porque la derrota significaba la sumisión a esas ideologías contrarias. Hoy esos enemigos no organizan nada; algunos ni siquiera existen más. El cambio es devastador para todo régimen ideológico. Cuando el enemigo deja de existir; el sacrificio se vuelve ridículo.

Pero ocurre lo mismo con los autoritarismos seculares. Rusia, China, Cuba, Turquía, Hungría, Venezuela: todos pueden intentar controlar la información; ninguno puede eliminar el contraste. El ciudadano sabe que puede vivir mejor. Y cuando eso ocurre, la legitimidad ideológica se derrumba. "En la calle me cruzo con jóvenes que llevan camisetas con la hoz y el martillo, o con el rostro de Lenin. ¿Sabrán esos jóvenes qué es el comunismo?", se pregunta Svetlana Aleksiévich, en su "El fin de «Homo sovieticus"". Las revoluciones, hoy, sólo son eso: remeras conformistas.

Y mientras todo se vacía, los regímenes reaccionan haciendo lo único que saben hacer: más vigilancia, más represión, más promesas, más enemigos internos y externos. Pero eso no reconstruye la fe; sólo retrasa el colapso. Aumenta la ira, y reaviva totalitarismos.

El miedo

La globalización no solo conectó economías. Conectó expectativas. La revolución de las comunicaciones y la globalización -con todas las desigualdades que trajo- alimentó una revolución silenciosa: la comparabilidad. Por primera vez, las poblaciones pudieron ver en tiempo real cómo viven los "odiados otros"; pulverizando toda narrativa de pureza; de sacrificio. Incluso bajo censura y sanciones, incluso bajo represión; los iraníes pudieron ver cómo vivían otras sociedades. Y lo que vieron no fue la prometida decadencia moral sino prosperidad y libertad. Y eso destruye a cualquier teocracia.

Irán podría ser el caso más extremo de esta disonancia: una teocracia que intenta controlar los cuerpos y las almas en una era de hiper conectividad. Un régimen que exige obediencia absoluta a una población que ya no cree que obedecer tenga sentido.

Este choque no es exclusivo de Irán. Es global. Rusia ya no gobierna en nombre del socialismo; gobierna por la nostalgia del Imperio perdido. No promete comunismo ni prosperidad; promete no ser humillada. China ya no gobierna en nombre del comunismo; lo hace en nombre de la supremacía militar y tecnológica; de la supremacía china. No promete más igualdad; promete crecimiento. Turquía ya no gobierna en nombre de la democracia; lo hace en nombre de la identidad. Lo mismo que Orbán y que, antes, Maduro. Ninguno ofrece un proyecto. Sólo enemigos. Y miedo. Sin relatos organizadores todos ellos quedaron convertidos en meros administradores del miedo. "El tiempo de la esperanza ha sido sustituido por el tiempo del miedo" dice, de nuevo, Svetlana Aleksiévich, esta vez desde "De una batalla perdida".

Durante casi un siglo, el mundo se organizó alrededor de sistemas de fe política. El comunismo prometía igualdad. El liberalismo prometía progreso.

El nacionalismo prometía grandeza y destino. El islamismo político prometía pureza. Todas las narrativas ofrecían una compensación simbólica a cambio de una disciplina; de un rigor estructural. Exigían sacrificios porque otorgaban sentido. Y las sociedades soportaban sacrificios porque se entendían parte de lucha; parte de la historia.

Hoy la ecuación se ha roto y el sentido de historicidad ha desaparecido. Cuando una mujer iraní se quita el velo; no está eligiendo la cultura occidental. Está eligiéndose a sí misma. Cuando un ruso evade el servicio militar, no está abrazando la democracia; está eligiendo no morir por una fantasía imperial absurda propia de un megalómano desquiciado. Cuando un sirio cruza la frontera arriesgando la vida de su familia, está eligiendo vivir mejor. Y la elección es un fenómeno global imparable. Todos dicen lo mismo: no quiero ser carne de cañón de una narrativa que no es mía.

Las poblaciones ya no están dispuestas a seguir sufriendo por ideas abstractas. Menos ante la carencia de resultados. No quieren más promesas. Quieren estabilidad, consumo, movilidad, previsibilidad. Quieren futuro. Quieren "vivir bien". Como dicen hoy los iraníes: "zendegi-e normal"; "una vida normal". Un deseo que atraviesa culturas, razas, edades, religiones y regímenes. Se trata de deseo subversivo; que se transforma en el enemigo natural de cualquier sistema que pretenda estructurar la vida bajo una lógica distinta.

Y lo que emerge no es una era de libertad. Es una era de cinismo. Como los Estados no creen en sus propias narrativas, las usan como herramienta. El nacionalismo, la religión, la libertad, la identidad; se convierten en instrumentos de propaganda; de control; nunca son aspiraciones genuinas. Tampoco son creencias colectivas ordenadoras. Los Estados se volvieron cínicos; se transformaron en regímenes que no creen en su sistema político pero que lo usan; que no creen en la Revolución pero que la invocan; que no creen en el sacrificio pero que lo exigen. Este es el verdadero peligro del siglo XXI: no la fe fanática, sino la fe vacía. Y tantos líderes cínicos.

El siglo XXI no estará dominado por dictaduras carismáticas ni por democracias vibrantes sino por regímenes híbridos que mezclarán elecciones controladas con represión selectiva; manipulación y propaganda con crecimiento económico esporádico y concentrado; valores y aspiraciones con mentiras. Sistemas de consignas empuñadas como espadas redentoras mezclados con política de cloacas. Estados -y regímenes- que no saben ni conocen a quienes gobiernan –ni qué piensan o sienten estos–; pero que se aferrarán al poder a cualquier costo.

Es paradójico y contraintuitivo pero una sociedad cínica se vuelve crédula. Cede ante cualquier forma de verdad aparente. Así, habrá una deriva natural hacia los autoritarismos fascistoides. El mundo que viene no será más libre; será uno en el que imperará la fuerza y las mentiras. Y este es el verdadero conflicto del siglo XXI.

Antes, los Estados podían controlar la información. Hoy solo pueden intentar ahogarla. Las redes; las VPN (red privada virtual) (*) ; las diásporas y los mercados globales hacen imposible el aislamiento cambiando la naturaleza del poder. Los regímenes imponen una realidad paralela pero la gente sabe que hay otras formas de vida. "La vida está en otra parte", dijo Milan Kundera. Y esta idea erosiona incluso a los sistemas más brutales. Por esto, el verdadero peligro del orden global que emerge no es el caos. Es la vulgaridad autoritaria. Estados sin sueños, pero con muchas cámaras, mucha policía y enemigos imaginarios. Y una promesa mediocre: evitar el colapso. Y élites depredadoras que se adueñan de todo.

Los Estados dejarán de ser percibidos como proyectos colectivos para funcionar como jaulas. No prometerán emancipación, grandeza, ni prosperidad. Sólo garantizarán orden; control y protección frente a amenazas imaginadas. Los Estados renunciarán a resolver los problemas reales porque no tienen los conocimientos ni los planes; tampoco el interés ni las ganas.

La gran revolución del siglo XXI no será ideológica; será existencial. Porque las personas no quieren utopías; sólo quieren una vida que funcione. Y esto es subversivo. Más cuando esto desnuda el vacío de los Estados que, hoy, ni siquiera son capaces de gestionar sus propias mentiras mientras la vida se erosiona y se rompe. La demanda más subversiva del siglo XXI será vivir. Vivir bien. Vivir mejor. Vivir. No ser héroe. No ser mártir. No ser soldado de una causa. Esto no es ideología; es humanidad. Y, el clamor por "más humanidad", es lo único a lo que estos regímenes paranoicos y totalitarios no saben cómo contestar sin mostrar su inaudita falta de humanidad.

(*) Una Red Privada Virtual es un servicio que cifra una conexión a internet y oculta la dirección

 

PUBLICIDAD
PUBLICIDAD