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Hay violencias que no hacen ruido. No dejan hematomas ni estampan fechas en los calendarios oficiales. No ocupan tribunales ni generan marchas. Son violencias lentas, administrativas, prolijas. Se ejercen por omisión. La más cruel de todas es el olvido.
Cuando terminó la Guerra de las Malvinas - esa mezcla de heroísmo juvenil y delirio senil del poder - los soldados volvieron. No volvieron a la Patria: volvieron a sus casas. Y la casa, a veces, no estaba preparada para recibirlos. El Estado tampoco.
La escena fue discreta, casi doméstica. No hubo multitudes aguardando en las estaciones ni discursos encendidos bajo balcones históricos. Hubo madres abrazando en silencio, padres que no sabían qué preguntar, novias que ya no reconocían la mirada del muchacho que había partido meses antes. Y hubo, sobre todo, un país que decidió mirar hacia otro lado. La derrota era un espejo incómodo. Y los que regresaban lo sostenían con el cuerpo.
Durante años, la consigna tácita fue callar. Como si el silencio pudiera corregir la historia. Como si esconder a los combatientes fuese una forma de clausurar el error político que los había enviado. Los veteranos no eran invitados a narrar; eran invitados a olvidar. La guerra debía quedar reducida a una página incómoda, a una fecha escolar sin carne.
Se habla de derechos humanos como si fueran patrimonio exclusivo de los grandes crímenes, pero también son algo más elemental: el derecho a no ser borrado. El derecho a que el sacrificio no se convierta en trámite administrativo. El derecho a que la memoria no sea selectiva.
En la Argentina aprendimos, a fuerza de horror, que la desaparición forzada es la negación radical de la persona. Comprendimos - tarde y dolorosamente - que nadie puede ser arrancado del mundo común sin que ese mundo se desgarre. Pero hay otras desapariciones más sutiles: la del héroe que se vuelve estorbo, la del combatiente que pasa a ser estadística, la del hombre que regresa y ya no encaja en ningún relato.
No se los desapareció en centros clandestinos. Se los desapareció en la conversación pública.
Muchos cargaron con el peso invisible de una guerra que el poder político había utilizado como último recurso de legitimación. Pagaron con juventud lo que otros habían decidido con cálculo. Y al volver, en lugar de reconocimiento, encontraron sospecha; en lugar de contención, indiferencia. La violencia no estaba ya en el campo de batalla, sino en la intemperie civil.
El olvido no es neutral. Es una decisión política del tiempo.
Olvidar es jerarquizar. Es elegir qué dolores merecen monumento y cuáles apenas una pensión discutida en despachos fríos. Es administrar la memoria como si fuese presupuesto. Y cuando una sociedad administra la memoria con mezquindad, termina administrando también la dignidad.
Los derechos humanos no son una bandera de ocasión ni un patrimonio ideológico. Son un límite. Un límite al poder, pero también a nuestras propias simpatías. Exigen coherencia incluso cuando el rostro del olvidado no coincide con nuestra comodidad moral.
El derecho del veterano
Defender los derechos humanos implica, también, defender el derecho del veterano a no ser reducido a efeméride; el derecho del sobreviviente a no cargar en soledad con lo que fue una decisión colectiva; el derecho a que la Nación asuma que su historia no termina cuando se apagan los titulares. Porque la guerra terminó en junio de 1982. Pero el regreso comenzó entonces. Y aún no ha concluido.
Cada vez que un veterano debe explicar quién es para ser atendido, cada vez que su palabra es escuchada con condescendencia, cada vez que su dolor es relativizado porque "ya pasó", se ejerce una violencia silenciosa. No la del fusil, sino la del desinterés. No la del enemigo externo, sino la de la comunidad que no quiere recordar lo que le incomoda.
El olvido es una forma de expulsión. Y toda expulsión es una herida en el pacto republicano.
Una Nación puede sobrevivir a una derrota militar. Puede reconstruir su economía, rehacer su prestigio internacional, incluso revisar críticamente sus errores. Lo que no puede hacer sin degradarse es abandonar a quienes llevaron su bandera cuando la historia los convocó, aun bajo decisiones equivocadas.
La dignidad no depende del acierto estratégico. Depende del reconocimiento humano.
Si los derechos humanos significan algo - más allá de las consignas, más allá de los usos partidarios - significan esto: que nadie puede ser arrojado al olvido sin que se empobrezca la comunidad entera.
Una Nación que recuerda a sus muertos pero olvida a sus vivos no ha entendido todavía qué significa la palabra dignidad. Y aquel que reconoce a un Veterano como a un Combatiente de la Causa, es un puño que levanta la dignidad, y se convierte en un defensor del derecho humano y de la propia dignidad.